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  • Inma Shara: "La música ayuda a afrontar de forma positiva las situaciones dramáticas"

    Texto Javier Marrodán [Com 89] y Chus Cantalapiedra [Com 02] Fotografía Manuel Castells [Com 89]

    Habla de sí misma y de su trabajo con el mismo entusiasmo con el que maneja la batuta. Apenas tenía doce años cuando  vio “de forma clara” que la música debía formar parte de su vida. Ha trabajado con orquestas de todo el mundo y mantiene intacta la pasión de sus comienzos, quizá porque está convencida de que la música es el arte con “mayor capacidad para emocionar de verdad”. El pasado diciembre dirigió en Pamplona a la Orquesta Sinfónica Nacional Checa, en un concierto organizado con motivo del cincuentenario de la Clínica Universidad de Navarra.


    ¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a la música?

    La música es un proceso, como la convivencia. Comencé a apreciarla con cuatro años: todavía no era muy consciente, pero sí tenía claro que la música me hacía muy feliz. Tengo que agradecer mucho a mi familia el hecho de que me dieran la posibilidad de tener contacto con todas las artes. La música fue la que encajó más con mi personalidad, fui descubriendo que le daba sentido a mi vida. A los once o doce años, ya de manera más meditada —con lo que se puede meditar a esa edad—, entendí que la música debía formar parte de mi vida, y no solamente de mi educación. Ya entonces me vi como directora de orquesta.

    ¿Por qué como directora?

    Un profesor descubrió que tenía capacidades para ejercer. Fue un proceso inconsciente, no es algo que decidas de un día para otro. Lo que sí tuve claro desde pequeña es que la música es absolutamente gratificante. Para mí se ha convertido, no ya en una profesión, sino en una forma de vivir, en una forma de expresarme, de sentir. Es casi una obsesión. Hoy no concibo la vida sin la música. Creo que hasta cuando observo la naturaleza estoy escuchando música.

    ¿Disfruta con cualquier música?

    Me gusta la música en general, pero me inclino más hacia lo clásico. Es algo que me ocurre en todos los ámbitos, también en la arquitectura o en la pintura. Quizá sea una deformación profesional… El pop o el rock no me han interesado, tampoco cuando era más joven. He tenido una infancia muy feliz, pero siempre muy centrada en hacer realidad lo que al principio sólo era un sueño. Nunca he ido a un concierto de rock, y tampoco me he identificado con las grandes masas… No sé, supongo que son opciones que nos da la vida. Lo que sí tengo claro es que, si la música ayuda a la alegría de vivir, a la alegría de compartir y a la convivencia humana, cualquier manifestación es idónea y válida. No me gustan en cambio las composiciones que exaltan al ser humano con música negativa o con textos provocativos. Entiendo que la música es un modo de transmitir la belleza. Quizá sea esa la mejor definición de la música: es la belleza que nace del interior, una expresión de la alegría de vivir.

    Se dice que los buenos libros hacen mejores a sus lectores. ¿Ocurre lo mismo con la música?

    La música debería ser una asignatura esencial de la educación. La música clásica estimula la creatividad y desarrolla la sensibilidad. Tiene muchos valores añadidos, y no sólo desde el punto de vista lúdico, también desde el pedagógico o el educativo. Creo que la música es una de las mejores herramientas para alcanzar el equilibrio personal y la paz interior. Vivaldi, por ejemplo, proporciona una serenidad increíble. La música despierta la esperanza, la ilusión de vivir. Incluso cuando sus acordes transmiten tristeza nunca son dolorosos, no se trata de una tristeza real: es más la nostalgia de algo que se ha perdido. La música despoja al ser humano de su aspecto más racional y despierta en él los sentimientos, que son los que de verdad movilizan a las personas. La música es capaz de conseguir que los seres humanos realmente se miren a los ojos: en ese momento no piensan, sólo sienten. El trabajo en una orquesta produce una complicidad muy gratificante. Y si además se obtiene el aplauso del público, hay una sensación de orgullo compartida: sientes entonces que has hecho bien tu trabajo, que has logrado una comunicación auténtica en medio de una sociedad que con frecuencia se queda únicamente en lo cuantitativo.

    La música es un lenguaje que permite expresar cosas que no se pueden decir de otro modo…

    Hace poco, después de un concierto, se me acercó un matrimonio ya mayor. Enseguida descubrí que eran dos personas que llevaban toda una vida juntos. Él estaba un poco emocionado, y ella me explicó que estaba bastante enfermo. “Es de las últimas cosas que él ha sentido”, me dijo, refiriéndose al concierto. Eso era justamente lo que le había emocionado. Y entonces piensas: “¡Qué grande es la música!”. Por eso insisto tanto en la importancia que tiene la música para los niños. Les ayuda a desarrollar la inteligencia emocional, estimula sus capacidades artísticas, su formación, proporciona solidez a sus valores… Hoy asistimos a una gran crisis de valores: parece que todo es válido. Es algo que me da pena. Sólo se habla de los derechos. Y sin embargo, ahí está ese mundo tan importante de la educación, de la sensibilidad, de la afectividad…

    ¿Conmueve la música más que otras artes?

    Creo que sí. La música es una terapia para la vida, una medicina. Algunos estudios revelan que es muy útil para enfermedades como el alzheimer, o para el desarrollo del feto. Para mí, la música es la mejor definición de la utopía, pero de la buena utopía. Lo tiene todo. Y sí, es el arte con mayor capacidad para emocionar de verdad.

    Hoy hay miles de personas acuciadas por la necesidad o por la incertidumbre. ¿Qué música les recomendaría?

    Lo difícil no es escoger entre Vivaldi, Bach, Rachmaninoff, Mahler o Beethoven. Se trata de descubrir que la música puede ser una esperanza, un motor, un alimento para el espíritu, para el alma. Cuando uno escucha música, tiene más capacidad para afrontar positivamente las situaciones dramáticas. La crisis que estamos padeciendo se ha desencadenado porque vivimos en un mundo muy materialista, muy especulativo, muy cuantitativo. Hay muy poca colaboración y mucha competitividad. Se ha perdido la capacidad de escuchar. 

    En la carta que Juan Pablo II escribió a los artistas en 1999 se puede leer: “Quien percibe en sí mismo esta especie de destello divino, que es la vocación artística, advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar el talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de toda la humanidad”. ¿Encuentra sentido a estas líneas?

    Muchísimo. Esa carta es para mí un manual espiritual y artístico, y un texto de referencia. San Agustín decía que “quien ora cantando ora dos veces”. Eso es un reconocimiento a la música, a lo que supone la música. Hay muchas manifestaciones de espiritualidad que han sido posibles gracias a la herramienta de la música. La Misa de Gloria de Puccini es espectacular. La Misa de la Coronación de Mozart es una maravilla. La música está mucho más presente en nuestras vidas de lo que pensamos.

    En otras disciplinas artísticas, incluso en el cine, ha habido autores que han afirmado que el arte es un camino para llegar a Dios. En la música, por lo que usted cuenta, el camino es todavía más directo.

    Sí, es verdad. La música proporciona al ser humano un bienestar indescriptible. Cuando canta, uno se siente más cerca de Dios: se está comunicando con Él a través de la música. Por eso la música está presente desde la Prehistoria, desde los rituales más primitivos. Ha sido un modo de comunicarse con el más allá y de acercarse a la felicidad. Y sin embargo… A veces, cuando escucho o dirijo una gran sinfonía, me entra la pena de pensar que el ser humano es capaz de componer esa maravilla y que, a la vez, vive en una sociedad capaz de todo lo contrario. El ser humano es contradictorio. Cuando dirijo, tengo la sensación de que ese es mi camino más directo para estar con Dios. Por eso he dicho siempre que la música es en el fondo un código de circulación ética, de buen comportamiento, de referentes.

    ¿Le ha ayudado la música a conocerse mejor a sí misma?

    Cuando yo dirijo la Cuarta Sinfonía de Brahms, en el fondo me estoy proyectando a través de ella. Es como si a través de esos pentagramas uno pudiera ir desnudando su alma, como si se manifestara a través de la música. También ocurre que al cabo de cuatro o cinco años vuelvo a dirigir la Cuarta de Brahms y me proyecto de un modo diferente, ni mejor ni peor, sino distinto. Por eso hay tantas versiones de una misma sinfonía. Ahí es justamente donde está la magia. Cuando yo dirigo una obra de Mahler, esa obra es mía y de Mahler, y eso es maravilloso. Siento que es mía porque me proyecto a través de ella, porque la fantasía mental que yo tengo de la obra la hago llegar al público a través de la orquesta, la convierto en realidad, acústicamente hablando. Soy muy agradecida con las orquestas porque consiguen hacer real lo que llevo dentro, porque me permiten sentir una sinfonía como yo la concibo, como la he estudiado, como la he analizado, como me he proyectado a través de ella.

    Usted ha dirigido conciertos homenaje a las víctimas del terrorismo…

    Hay que ser tolerante con todo menos con la intolerancia, especialmente si se trata de la vida humana. Los artistas tenemos una responsabilidad y un compromiso. Uno tiene que ser coherente consigo mismo y defender aquello que cree que es la esencia de la vida.

    En el País Vasco ha habido una polémica reciente a raíz de unas declaraciones del escritor Fernando Aramburu, que vino a decir que, durante muchos años, en el caso vasco, la literatura no ha estado a la altura de los acontecimientos. A su juicio, los escritores tendrían que haberse implicado más para denunciar lo que estaba ocurriendo.

    Yo no diría eso de los escritores; me parece que es la sociedad la que no ha estado a la altura de las circunstancias. Hay cosas que no se pueden tolerar. Estamos hablando del derecho a la vida humana, de personas que han sido asesinadas por tener una opinión diferente…  Nunca tendría que haber ocurrido todo esto. Para mí fue un honor poner al servicio de la sociedad no sólo mi persona, sino también la música. Como decía antes, la música es una herramienta de reflexión, de solidaridad y de compromiso. He querido ayudar con ella a las víctimas, a las familias, a todas las personas que se han quedado sin padre o sin hermanos… Lo que ha pasado es inconcebible.

    La música también puede expresar el dolor de un modo elocuente…

    Sí, también. La música es una definición de la vida, de cómo se desarrolla el ser humano. Uno escucha la Patética de Tchaikovski y entiende cómo se encontraba su autor y cómo entendía la vida cuando la compuso. La música se proyecta en función de cómo se siente el artista. Puede incluso conducir a alguien a un dolor real, tiene esa capacidad de que la gente se mire a los ojos y se emocione. Sin pensar, porque el corazón no piensa.

    También ha trabajado a favor de África.

    África es un continente maravilloso. Allí se pueden descubrir aún las raíces de la humanidad. Hay algo infinito en sus atardeceres, en sus amaneceres, en esas explosiones de color. El contacto con la naturaleza es maravilloso. África detiene el ritmo de nuestra vida occidental y nos invita a reflexionar. Además, en África he encontrado una sociedad generosa, una sociedad que mantiene el sosiego y la alegría de vivir. Una vez le di a un niño africano un trozo pequeñito de chocolate, era lo único que yo llevaba encima en ese momento. Él lo tomó, lo partió en trocitos y se lo dio a los niños que estaban con él. En nuestra sociedad hay niños que me hubiesen dicho: “¿Solo me das esto?”. En África son ellos los que nos dan, los que refrescan nuestras conciencias. Encuentro en ese continente una paz indescriptible. Frente a nuestra sociedad siempre acelerada, siempre a la búsqueda del superhombre o de la supermujer, en África siguen siendo conscientes de que lo que da sentido a la vida son las relaciones humanas.

    Las orquestas también son colectivos humanos. ¿Se aprecian en ellas algunas de las características que atribuye a la sociedad?

    Sí, también las orquestas son colectivos humanos, grandes familias. Pero cuando suena la música, surge una complicidad, una magia. Uno se olvida de sí mismo y, gracias a la música, fluye la comunicación con los demás. No hay momento más bonito que ese en que el director pide a la orquesta que se ponga en pie, y el público aplaude: produce una sensación de orgullo y de trabajo bien hecho. 

    ¿Cómo se comunica un director con los músicos? ¿Cómo consigue que la orquesta refleje no solo la obra del compositor sino su propio estado de ánimo, su personalidad? 

    Los directores nos comunicamos con los músicos a través de la técnica. Cuando ellos recogen fielmente lo que el director quiere, cuando se da esa comunión, es maravilloso. La Cuarta de Beethoven es universal, como lo puede ser El Quijote, pero, en función de quién la interprete, toda la poesía que hay dentro suena de un modo distinto: te hace soñar o te deja indiferente. El director de orquesta trabaja para que cada frase se articule bien. Y para eso son importantes hasta los silencios. El director es el que acompasa los latidos, el que lleva los tempos. El mundo de la interpretación es maravilloso. Y también es un reto.

    Ha mencionado la técnica. ¿Cómo se compagina en este caso con el arte?

    Gran parte del trabajo de dirigir una orquesta tiene que ver con la técnica, pero hay otros aspectos. Ahora tendemos a la globalización; sin embargo, cada país, cada cultura, mantiene todavía su identidad. Por ejemplo, es más complicado dirigir una orquesta latina porque, de alguna manera la cultura latina tiene otra forma de entender la vida: ni mejor ni peor, diferente. Sin embargo, una orquesta alemana tiene una visión absolutamente metronómica de las obras. Es es más difícil crear grandes trazos porque son muy racionales. Puccini les puede costar más. Pero interpretas Brahms con ellos, ¡y qué maravilla, qué fuerza! En el fondo es algo que nos ocurre a todos: a veces no somos conscientes de que nos expresamos de un modo y no de otro porque hemos bebido de unas fuentes determinadas. En una orquesta, eso se nota muchísimo. Recuerdo haber dirigido una vez a la Orquesta de Frankfurt con un programa de Beethoven, y fue maravilloso. Y recuerdo también un programa de absoluto romanticismo en un concierto que dirigí en Parma. Había composiciones de Berlioz, de Prokófiev, de Tchaikovski… Con una mente latina hay obras que se pueden interpretar de un modo increíble. A veces es mejor trabajar con unas voces u otras en función del repertorio. Aunque también es verdad que, si se trata de grandes obras, no hay ningún problema, porque los músicos son muy flexibles al gesto. La mejor forma de transmitir es mirar a los músicos a los ojos. Entonces, la comunicación con ellos es directa.

    ¿Cuándo empieza realmente el trabajo de un director?

    Cuando tengo el repertorio, primero lo analizo perfectamente. La música tiene su propia semántica. Pensamos que la semántica de la música carece de discurso lógico, o que es más abstracta, pero no: el ser humano es capaz de entender la semántica de la música, su desarrollo lógico. Por eso no me gustan las obras que no son lógicas. Decía que analizo el repertorio: lo estudio, lo memorizo, lo interiorizo. Y entonces es cuando ya estoy capacitada para salir al escenario y comunicarme con la orquesta. Todo ese proceso es importante, es el que luego te permite mirar a los ojos de los músicos. Yo apenas miro las partituras, para mí son una referencia óptica. Lo que intento es comunicarme de verdad con la orquesta.

    En alguna ocasión ha dirigido a orquestas que interpretaban bandas sonoras.

    Los compositores de bandas sonoras me apasionan: John Williams, Nino Rota, John Barry, Ennio Morricone… Me gusta especialmente La lista de Schindler: a través de la música, John Williams supo hacernos llorar, hacernos sentir. Logró que nos avergonzásemos como seres humanos de lo que había ocurrido en aquellos campos de concentración. Humanamente hablando, fue capaz de llevarnos al éxtasis. Es impresionante el tema principal, que tiene muy poca orquestación —algo de arpa, un poquito de vibráfono, un corno inglés, un poco de cuerda y otro poco de flauta—, pero que en tres minutos consigue hacerte llorar. Me encanta ese tipo de música. Y también las grandes voces: Frank Sinatra, Barbra Streisand, Celine Dion… Son voces que llevan una poesía detrás. Hay una musicalidad en el modo en que respiran, en la forma en que se articulan. Son los Pavarotti de otro género. De todos modos, ya decía antes que no siento curiosidad por el pop o el rock. Quienes lo interpretan tienen su propia manera de entender la vida. Hay que respetar a todos, pero yo no me veo metida ni en un grupo de rock ni en una discoteca con la música a tope.