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  • Galaxia Cervantes

    Texto Ignacio Arellano [Filg 80 PhD 83], Carlos Mata [Filg 91 PhD 94] y Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra / Ilustración Juan Manuel Fernández Cuichán 

    Desde hace unos meses existe en el firmamento, en la constelación Ara, una estrella llamada Cervantes, con sus cuatro planetas que la orbitan: Quijote, Rocinante, Sancho y Dulcinea. Ahora, «En el cielo hay una estrella de cuyo nombre no podrás olvidarte…». En realidad, Miguel de Cervantes (1547-1616) y su obra literaria constituyen una galaxia literaria, formada por una constelación de obras, temas y personajes de vigencia universal. Este año conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y les invitamos a recorrer esa Galaxia Cervantes.


    Los astrónomos llamaban «magna conjunción» a la de los dos mayores planetas, Saturno y Júpiter. Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles, representa la conjunción de los dos periodos en cuya encrucijada se sitúa: nace y se forma en los años más fértiles del Renacimiento, y vive hasta bien entrado el xvii, siglo del Barroco. Ve la luz en Alcalá de Henares, en 1547, hijo de un cirujano, Rodrigo de Cervantes, y de Leonor de Cortinas, de quien apenas se conocen más detalles. Su padre reside sucesivamente en Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, al parecer buscando mejores perspectivas económicas y una seguridad para la familia que no llegará nunca del todo. Poco se sabe de los años de juventud de Miguel, que fue alumno del humanista Juan López de Hoyos en el Estudio de Madrid y marchó a Italia en 1569 con el Cardenal Acquaviva, al parecer huyendo de las consecuencias de un duelo. 

    Momento culminante de su vida, que siempre evocará con emoción y orgullo, es la batalla de Lepanto contra los turcos, el domingo 7 de octubre de 1571, día de San Marcos. Cervantes, enfermo de mareo y de fiebres, a bordo de la galera Marquesa, sale a cubierta a pesar de las recomendaciones de su capitán y recibe en combate varias heridas de arcabuz, entre ellas la que le quita el movimiento de la mano izquierda. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, quejándose de los insultos de Avellaneda —el autor del Quijote falso— escribe:

    «Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».

    Con cartas de recomendación para don Juan de Austria —que había sido precisamente el general de la armada cristiana en Lepanto— sale hacia España pensando conseguir el grado de capitán como recompensa de sus servicios en la guerra. La mala fortuna hace que caiga preso de los turcos, que navegan en esa época por todo el mar Mediterráneo, y en los baños o presidios de Argel pasará los cinco próximos años de su vida: experiencia penosa que reaparece a menudo en sus relatos de cautivos —como la famosa historia del capitán cautivo que introduce en el Quijote— y en sus obras de teatro como la titulada Los baños de Argel

    Su obsesión por la libertad —la gran obsesión de Cervantes— es evidente. Solo piensa en la fuga, que intenta en repetidas ocasiones, con grandes peligros, porque los castigos para los fugitivos eran crueles y casi siempre se les aplicaba la pena de muerte. Por fin, fray Juan Gil, fraile de la Orden de la Trinidad, que se dedicaba a rescatar cautivos, consigue liberarlo, y Cervantes regresa a Madrid, donde desempeña empleos de poca sustancia y escribe sus primeras obras, que vende por poco dinero para sobrevivir: son cuatro comedias y la primera parte de la novela pastoril titulada La Galatea

    Le nace una hija natural, Isabel de Saavedra; poco después casa con Catalina de Salazar en 1584 y se instalan en el pueblo de Esquivias, de donde es natural su mujer, y donde permanece hasta 1587. Ese año parte a la ciudad de Sevilla con encargos oficiales, como recaudador del trigo que era necesario para la Armada que se estaba organizando contra Inglaterra. Viaja de pueblo en pueblo y desempeña numerosas comisiones. Acaba encarcelado en Sevilla en 1597 por problemas administrativos y económicos, provocados por la quiebra de un negociante, Simón Freire, a quien había confiado lo cobrado y que se escapó con los dineros de la Hacienda que había ido recaudando Cervantes, el cual tuvo que responder del asunto. 

    La primera parte del Quijote la tiene acabada en 1604, cuando se traslada a la corte, que en esos momentos se halla en la ciudad de Valladolid. Tiene que sufrir nuevos disgustos: en una pelea nocturna hieren en la puerta de su casa a don Gaspar de Ezpeleta, y Cervantes va nuevamente a la cárcel. Puesto en libertad, sigue a la corte en 1606 de regreso a Madrid, y continúa con su actividad literaria, muy notable en estos años: va publicando las Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614), las Ocho comedias y ocho entremeses (1615), la segunda parte del Quijote (1615), y por fin, un año después de su muerte (1617), Los trabajos de Persiles y Sigismunda

    No es posible hacer aquí el completo retrato psicológico y moral del escritor ni resumir su múltiple experiencia vital, la capacidad de observación, la maduración en las desdichas, la postura crítica sin ira, la maestría literaria —negada por quienes, como el erudito Tamayo y Vargas o Unamuno, lo consideraron ingenio lego...—. Tuviera o no títulos universitarios, Cervantes era no solo un hombre culto y una de las mentes más claras de su tiempo, sino un escritor de gran sabiduría literaria, que se planteó muchas veces de manera consciente una serie de problemas teóricos y prácticos de la escritura. De Cervantes solo quedó un retrato, el que él mismo incluyó en el prólogo de las Novelas ejemplares de su propia mano:  «Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha. Llámase Miguel de Cervantes».

     

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