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  • Antonio Fontán. Un humanista irrepetible

    Texto Carlos Barrera [Com 85, PhD 91] Fotografías Archivo Universidad de Navarra.

    Antonio Fontán vivió varias biografías a la vez. Fue un humanista erudito y emprendedor, pero fue también el maestro generoso de varias generaciones, y un periodista volcado con las realidades de su época, y un político comprometido y comprensivo. En todos esos ámbitos emprendió además iniciativas magnánimas y duraderas. Sin embargo, no es difícil encontrar el hilo conductor que recorre su ingente actividad: el espíritu de servicio.

    El 22 de abril de 2009, junto a Covadonga O'Shea, durante la presentación en Madrid del libro 'Fcom: cincuenta años preparando el futuro'.

    “Los Reyes visitaron la capilla ardiente de Antonio Fontán, el primer presidente del Senado de la democracia, que ha fallecido este jueves en Madrid a los 86 años tras una larga enfermedad. Durante su visita, destacaron la cercanía de Fontán y el apoyo que prestó a la Monarquía española”. Esta noticia de Europa Press, fechada el 14 de enero de 2010, es una muestra elocuente que destaca la relevancia pública del político, catedrático y periodista fallecido ese mismo día en Madrid. El alud de obituarios, semblanzas y artículos que vieron la luz los días siguientes son otro ejemplo más de la impronta que su personalidad ha dejado en tantas personas que le conocieron y trataron.

    Es paradójicamente ley de vida que, con bastante frecuencia, haya que esperar al fallecimiento de personas ilustres para que la opinión pública se haga justo eco de los méritos que acumularon durante su existencia. En el caso de Antonio Fontán, además, había otra razón añadida: por carácter, él mismo no era muy dado a dejarse halagar. Es cierto que los homenajes a su persona y a su obra se habían prodigado en los últimos diez o quince años y, como es de bien nacidos ser agradecidos, no los rehuyó. Pero casi siempre solía quitarse importancia y, más que de su imagen, estaba orgulloso de que crecieran los que estaban a su alrededor y buscaban su consejo y su magisterio. Y fueron muchos.

    ¿Quién fue Antonio Fontán? Para los lectores de esta revista es inevitable decir, en primer lugar, que fue el fundador de Nuestro Tiempo en julio de 1954. Contaba entonces con 30 años (había nacido el 15 de octubre de 1923 en Sevilla) y ya había obtenido la cátedra de Filología Latina en la Universidad de Granada en 1949 y creado la revista de información gráfica La Actualidad Española en 1952. Si a estos datos biográficos añadimos su vinculación a la causa monárquica como miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona, don Juan de Borbón, obtenemos ya las tres facetas que cultivaría, en compleja pero perfecta armonía, durante el resto de su vida: la del intelectual humanista dedicado al estudio del latín y de la cultura latina; la del periodista creador y director de revistas y diarios; y la del político monárquico y liberal involucrado en diversas causas y servidor público del Estado cuando fue llamado a ocupar, ya en democracia, altos cargos de responsabilidad. 

    Además, en los tres campos mencionados, se dedicó con ahínco a formar a futuros intelectuales, periodistas y políticos. Dedicó mucho de su tiempo a orientar a otros a adentrarse en esos caminos, en esas profesiones tan vocacionales. Lo hizo en la Universidad, a través de su cátedra ejercida en Granada, Pamplona y Madrid. Lo hizo igualmente en la prensa, especialmente con la creación del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra en 1958, primer centro en España que ofreció dichos estudios con rango universitario, además de los periodistas que formó “sobre el terreno” en las redacciones de La Actualidad Española, Nuestro Tiempo y el diario Madrid, este último entre 1967 y 1971. También ejerció su magisterio en la política, tanto para la causa monárquica durante el franquismo como para la liberal cuando se instauró la democracia. 

    De alguna forma, la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte que fundó en 1990 fue una síntesis de sus tres grandes líneas de acción pues en ella se fundían sus tres magisterios universitario, político y periodístico. Con esta última creación suya, de nuevo quedó de manifiesto su gran capacidad de convocatoria. Aunque muchos se consideran discípulos o al menos deudores suyos, él sin embargo no gustaba de considerarse maestro. Preguntado explícitamente al respecto en una entrevista publicada en las páginas de Nuestro Tiempo, afirmó tajante: “No soy ni he querido ser nunca formador de nadie. Ni en la política, ni en la universidad, ni en la prensa. He procurado alentar la libertad de todos o los que andaban cerca de mí en cualquiera de esos campos”. Es cierto porque el magisterio que fundamentalmente ejerció fue el de la libertad, que nunca se impone, que sólo aspira a convencer y a orientar pero a no a predeterminar conductas.

     

    Fontán catedrático y humanista.Desde hacía muchos años, Antonio Fontán felicitaba las Navidades a todos sus amigos de un modo muy especial y entrañable: con un ensayo breve que bastantes veces versaba sobre su primera gran pasión intelectual, es decir, el mundo latino, los clásicos de la literatura y el humanismo de aquella cultura que ha conformado en buena parte nuestra tradición occidental. Su paisano andaluz y filósofo Séneca, el gran orador Cicerón, el historiador Tito Livio y otros autores ocupaban su atención desde su juventud. Buena parte de su extensa producción bibliográfica ha estado centrada en este ámbito del que nunca abdicó pese a sus múltiples ocupaciones en la prensa y en la política. La alabanza frecuente que muchos hacían sobre la persona de Fontán –es un hombre que sabe latín– escondía, bajo la expresión coloquial y el sentido amplio que a esta se le da, la admiración por su vasta sabiduría acerca de estos temas.

    Su último libro, Príncipes y humanistas, publicado en 2008, puede ser el resumen perfecto de su polifacética vida. Por él pasaban humanistas y filósofos de los siglos xv y xvi como Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro, Maquiavelo, Luis Vives y Antonio de Nebrija, que se dirigían habitualmente a los gobernantes de su tiempo en latín mediante cartas y libros. Como se dice en la ficha oficial de la obra, “el diálogo y la relación entre príncipes y humanistas produjeron algunos de los momentos más felices de la vida intelectual del Renacimiento”. Y es que Fontán no veía el latín y su cultura como algo propio sólo del pasado, sino en su proyección hacia el futuro.

    También en su docencia se preocupaba por hacerlo vida. Ha escrito uno de sus alumnos en la Universidad de Navarra, el periodista Iñaki Gabilondo, que “era un profesor maravilloso: situaba el latín en la vida de Roma (…) Y te empezaba por un ablativo absoluto y acababa hablándonos de Cicerón, y lo que a mí más me interesaba era saber que Cicerón había sido un señor de verdad (…). Yo pasé a estudiar de una manera a otra”. Fue un hombre que enseñó a muchos a leer. Otro de sus alumnos en Navarra, el periodista Juan Pablo de Villanueva, escribió que, entre otras cosas, agradecía a Fontán “el hábito de leer libros y periódicos: un libro a la semana, y siempre un diario extranjero además de los españoles”. Pilar del Castillo, en un discurso de homenaje a su figura celebrado en el Senado el 6 de junio de 2000, resumió certeramente esta faceta suya: “Fontán recoge la sabiduría de los clásicos, la transmite a generaciones de alumnos y la reconoce en los diversos aspectos de la vida política y periodística”. Su dedicación personal a la filología clásica le hizo merecedor de abundantes reconocimientos y homenajes por sus colegas y discípulos.

     

    Fontán periodista. No le importó a Antonio Fontán, siendo ya catedrático de universidad, bajar a la arena periodística en los años cincuenta y, para poder ejercer la profesión legalmente, obtener el necesario carné de periodista en la Escuela Oficial (quedó inscrito en el Registro Oficial de Periodistas con el número 1.225). Fueron años intensos en los que encabezó varios proyectos: la creación de las revistas La Actualidad Española en 1952 y Nuestro Tiempo en 1954, y la puesta en marcha del Instituto de Periodismo en la Universidad de Navarra en 1958. 

    Pese a la diversa naturaleza de las tres iniciativas, estuvieron realmente entrelazadas. Muchos de sus protagonistas, Fontán incluido, han testimoniado y escrito que las dos primeras publicaciones fueron el embrión del futuro Instituto de Periodismo. Se convirtieron en escuelas de periodismo y de periodistas, y de hecho el primer equipo directivo del Instituto salió de esa cantera: Ángel Benito y José Luis Martínez Albertos. Incluso desde el punto de vista material, la primera biblioteca del nuevo centro de formación de periodistas fue la que Fontán se trajo de la sede de Nuestro Tiempo en Madrid. Viajero habitual por Europa, Fontán recopiló materiales, bibliografía y experiencias sobre escuelas y estudios de periodismo en universidades europeas. Cuando el fundador de la Universidad, San Josemaría Escrivá, animó a poner en marcha el Instituto de Periodismo, el hombre idóneo a quien se lo propuso fue Antonio Fontán.

    Permaneció de director del Instituto cuatro años. En 1962 pasó a ser Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, hasta que en abril de 1967 volvió a la capital de España para dirigir el diario Madrid, periódico que estaba inmerso en un proceso de transformación desde septiembre bajo la guía del nuevo presidente de la empresa editora, Rafael Calvo Serer. Dada su cercanía intelectual y política con él (ambos eran miembros del Consejo privado de don Juan), Fontán ya venía colaborando con artículos y editoriales. Daría comienzo para él una etapa de cuatro años y medio de director de un diario poco complaciente con el régimen de Franco, que hizo de la independencia política y periodística su bandera, y que se permitió adoptar posiciones incómodas para el stablishment político de la época. 

    La etapa del Madrid independiente se saldó con veinte expedientes, varios de los cuales terminaron con sanciones económicas e incluso un cierre de cuatro meses en mayo de 1968, además de varias querellas criminales, inspecciones ministeriales, amenazas y bastantes incomprensiones por parte de sectores políticos que no estaban acostumbrados a vivir y opinar en libertad. El cierre del diario por orden del Gobierno el 25 de noviembre de 1971 puso fin a una aventura que el propio Fontán resumió como una andadura “por los incómodos senderos de la discrepancia”. Redactores y trabajadores, en los últimos momentos en los que se negociaba aún la posible continuidad del periódico, “prefirieron –como ha recordado Miguel Ángel Aguilar– el cierre del diario a transigir con un director impuesto por el ministro de turno (…); decidieron que más valía Fontán con honra que la continuidad en el empleo con vilipendio”.

    Este episodio, unido a su trayectoria periodística anterior, le valieron el reconocimiento del Instituto Internacional de Prensa, que en el año 2000 eligió a cincuenta “héroes de la libertad de prensa” en el mundo para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Su nombre figuraba junto a los de Indro Montanelli, Adam Michnik, Hubert Beuve-Méry, Katharine Graham, Jacobo Timerman, Harold Evans y otros. Fue un héroe quizás atípico, no como el Cid (aunque también del Madrid podría decirse que ganó la batalla después de muerto). El propio galardonado decía, con su característica humildad, que había sido “un reconocimiento al esfuerzo personal y político, y a la dignidad personal con que los periodistas de mi diario pugnamos por practicar la libertad de información dentro de un sistema político que apenas la permitía”. Quizás desde un punto de vista emocional le llenó más la entrega, ese mismo año 2000, del premio Luka Brajnovic (gran amigo suyo) que anualmente otorga la Facultad de Comunicación a personas de destacada trayectoria y valores en la profesión. 

     

    Fontán político. Desde joven, Antonio Fontán sintió la llamada de la política, que hizo compatible con sus otras dos facetas. Dentro de los notables constreñimientos que el régimen de Franco marcaba para la acción política en libertad, se alineó con la causa monárquica, a la que prestó grandes servicios, y con el pensamiento político liberal, que sólo pudo hacerse más explícito, abierto y completo en los años de la transición a la democracia, aunque su liberalidad, en el sentido amplio del término, la llevó siempre consigo, pues formaba parte de su propia personalidad a modo de segunda piel.

    Nunca ocultó su monarquismo ni en sus escritos ni en su actuación pública. Perteneció al Consejo Privado de don Juan de Borbón hasta su disolución en 1969, cuando Franco nombró sucesor a don Juan Carlos, el hijo del conde de Barcelona. El diario Madrid que él dirigió se desmarcó del aplauso general a la decisión sucesoria de Franco con un célebre editorial en portada titulado “Ante las Cortes del 22 de julio”. Cercano a los círculos monárquicos, y dada su condición de catedrático, fue llamado a ser uno de los profesores universitarios que tuvo el príncipe Juan Carlos a partir de 1960. Su misión histórica quizás más importante fue la que le confió don Juan en el difícil momento de la proclamación de su hijo como Rey: le hizo portador de una carta a don Juan Carlos en la que le daba a conocer que abdicaría de sus derechos dinásticos. En 1983, sin mencionarse a sí mismo, lo recordaba el propio Fontán: “El Rey don Juan Carlos tenía ya en su poder, de modo fehaciente e irreversible, la renuncia de su padre desde los primeros días de su reinado legal”; un hecho que evocaba como “un acontecimiento de inmensa trascendencia”. Casi nadie sabía aún que él había sido el mensajero.

    Durante la transición a la democracia, Fontán creó un partido liberal y se integró en las filas de la coalición centrista ganadora de las primeras elecciones, la Unión de Centro Democrático (UCD). En esos años llegó a ser presidente del Senado en la legislatura constituyente entre 1977 y 1979. Su firma es una de las que aparecen en la Constitución española de 1978 junto con la del Rey, el presidente del Congreso y el de las Cortes. Fue además ministro de Administración Territorial entre 1979 y 1980 en un periodo especialmente difícil en que comenzaba el desarrollo del nuevo Estado de las autonomías. A partir de 1982, tras la derrota de UCD y la llegada del PSOE al poder, se retiró de la primera línea de la política pero siguió actuando en la sombra, alentando e inspirando a muchos jóvenes a participar en la vida política desde su visión liberal. 

    Universidad, política y periodismo fueron tres pasiones a las que dedicó su vida. Formó e inspiró, desde la libertad, a muchos periodistas en el amor a la verdad, a muchos políticos en la preocupación por el servicio público o el bien común, a muchos discípulos universitarios en el amor a la sabiduría. Si consideramos que esta última es, de algún modo, una forma de la belleza, vemos cómo se reunieron en la persona de Fontán las tres metas a las que aspira el ser humano según el pensamiento clásico: la verdad, el bien y la belleza.

    Dejaríamos, sin embargo, incompleta esta semblanza biográfica si no mencionáramos la faceta que él mismo consideraba más importante como hombre de fe que era: su cristianismo vivido abiertamente y sin complejos. Pertenecía al Opus Dei desde 1943, condición que nunca ocultó y que era bien conocida por todos los que le conocieron. Sólo quienes, en algunos confusos momentos del tardofranquismo, no comprendían lo que significaba la libertad, trataron de utilizar esa condición como una razón para negar la sinceridad de sus libérrimos planteamientos políticos e ideológicos. Su trayectoria vital y el respeto generalizado a su figura, que se ha hecho casi plebiscito, son la mejor muestra de que aquellos recelos eran totalmente infundados. Como escribió Luis Alberto de Cuenca en su “tercera” de ABC, Fontán se pasó la vida “distribuyendo generosamente sus bienes espirituales y morales por todas partes sin esperar recompensa a cambio”. Hombre sabio, juicioso y discreto, ha dejado, como escribió Justino Sinova, “muchos amigos agradecidos”.