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  • Entrevista a Alejandro Llano

    Texto Gonzalo Robles [Com 94 PhD 06], periodista Fotografía Manuel Castells [Com 87]Ilustración Carlos Grañena

    El filósofo y catedrático Alejandro Llano —rector de la Universidad
    de Navarra entre 1991 y 1996— publicó en 2000 el ensayo Humanismo cívico.
    En él analizaba las causas del ya entonces creciente desencanto ciudadano
    con la política. Quince años después, y coincidiendo con la reedición del libro,
    charlamos con él sobre la vigencia de sus reflexiones. «Creo que el diagnóstico
    era acertado, y lo digo no por aquello de “ya lo decía yo”, sino con pena: esperaba
    que ese libro, que tiene una clara dimensión práctica, sirviera para algo».

    – Librepensador. Crítico tanto con la izquierda como con la derecha, en opinión de Alejandro Llano «pensar es la tarea más importante que las mujeres y los hombres podemos realizar».

    Se han cumplido veinticinco años de la Caída del Muro de Berlín. ¿Qué reflexión le merece?

    Propiamente, la Caída no provocó nada. Fue un símbolo. Los dos bloques en tensión estaban en una situación muy desigual: el occidental, en plena ascensión, y el soviético, en franca decadencia. Ahora sabemos bien que la Unión Soviética no estaba en condiciones de continuar su competencia con Estados Unidos.

    Por otra parte, coincido con quienes piensan que el Muro cayó hacia ambos lados. Al tiempo que se producía la disolución de la URSS, la izquierda occidental «acusaba» el golpe e iniciaba una evolución que, sin embargo, no le ha conducido al encuentro de una nueva identidad. Vemos, además, que la supremacía económica occidental no era para tanto y que seguramente entonces ya albergaba el germen de la decadencia actual

     

    ¿Estaría de acuerdo con el intelectual polaco Adam Michnik cuando afirmó: «Lo peor del comunismo es lo que vino después»?

    Quiero interpretar esa frase en el sentido de que solo entonces, tras la Caída del Muro, supimos realmente lo que había pasado. En todo caso, y centrándonos en Europa, pienso que el escenario del poscomunismo ha sido de creciente disolución de las convicciones morales básicas de nuestra sociedad. En definitiva, de sus raíces cristianas.

     

    ¿Vivimos un cambio de paradigma político o un simple reemplazo de los protagonistas?

    Creo que padecemos una clara falta de liderazgo. No se ven políticos de altura y no es fácil encontrar una explicación. Quizá esos grandes personajes —quienes, por otra parte, surgen habitualmente sobre una base de ciudadanos comprometidos— aparecen cuando las circunstancias históricas son particularmente difíciles. Pero me temo que empiezan a serlo, y aparentemente nadie con el nivel requerido comparece ante estas citas con la Historia.

    En ese sentido, hay en la ciudadanía de los países occidentales un ansia de cambio, por agotamiento del modelo. Y la dirección de esos procesos exige políticos, no meros tecnócratas.

     

    Siempre se ha mostrado crítico con los programas meramente tecnocráticos…

    La tecnocracia no puede resolver los problemas fundamentales de una sociedad. Por ejemplo, el paro. Se constata hoy con dolor que no hay trabajo adecuadamente retribuido y seguro para todos. Y las posibles soluciones no son solo técnicas: requieren cambiar planteamientos de fondo de nuestra convivencia. Además, pienso que la carencia de ideales propia de la tecnocracia hace que ese vacío pueda ser ocupado peligrosamente por populismos de distinto signo.

     

    ¿Cuál es su opinión sobre el fenómeno de Podemos?

    Respecto de su origen, se parecen bastante al 15-M, si bien en aquel movimiento había más mezcolanza ideológica. Pude hablar con algunos de sus integrantes porque por aquella época pasaba mucho tiempo en Madrid. Y no pocas de sus reivindicaciones me parecieron interesantes y prometedoras. Desde luego, fue imprudente el tratamiento despectivo que hizo el «establishment» hacia el 15-M, y a mi juicio ese deprecio tiene que ver con el auge actual de Podemos.

     

    ¿Por qué surge con tanta fuerza?

    Porque hay un sector numeroso de la población que no tiene cabida en el sistema. Se han quedado sin espacio. Quieren hacer cosas —muchos de ellos están bien formados y tienen ideas—, pero entienden que no se cuenta con ellos. Creen que si las circunstancias no cambian, no hay horizonte, que se han quedado sin futuro. Es una situación de desesperación muy triste y, sobre todo, peligrosa.

    Aunque está por ver su recorrido electoral, me llama la atención la inquietud que producen. Hace poco tuve un coloquio con jóvenes y pude detectar verdadero miedo ante la incertidumbre política.

     

    ¿Quizá también se benefician de señalar al chivo expiatorio de la crisis, la famosa «casta»? A todos nos alivia saber que hay un responsable… y que no sea uno mismo.

    Se echa de menos una mayor autocrítica social, ciertamente. Pero es un fenómeno natural. Si la cosa va mal, hay que señalar a los que mandan porque se supone que tienen más recursos para lograr soluciones. La llamada «casta» debería espabilar, hacer examen de conciencia y dar la cara.

     

    Entrevista completa en pdf.