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  • Caritas in veritate

    Texto Pablo Blanco [Profesor de Teología Dogmática, biógrafo de Benedicto XVI]

    La última encíclica de Benedicto XVI invita a progresistas y conservadores a repensar sus posturas y sus actitudes


    ¿Qué tiene que ver el amor con la verdad? ¿Y con la economía? ¿Y la economía con la ecología? Contra todo pronóstico, Benedicto XVI sostiene en la última encíclica, Caritas in veritate, que se trata de conceptos muy relacionados.
    “Como sabéis –anunciaba unos días antes de la aparición–, próximamente se publicará mi encíclica dedicada precisamente al gran tema de la economía y del trabajo: en ella se destacarán cuáles son, para nosotros, los cristianos, los objetivos que hay que perseguir y los valores que hay que promover y defender”. Existe, por tanto, una economía cristiana, o una economía en cristiano, con unos valores que deben ser promovidos por los cristianos. ¿Y qué sabe este Papa de economía? Apenas tiene un artículo anterior sobre el tema… A diferencia de la encíclica sobre la esperanza (escrita personalmente por él en su mayor parte) y de la encíclica sobre el amor –cuya primera parte es también toda de la pluma papal–, en la Caritas in veritate han trabajado muchas mentes y manos. Benedicto XVI ha dejado sin embargo también su huella, visible ya en las palabras del título que conjugan indisolublemente caridad y verdad, con una propuesta audaz y decidida.

    Un nuevo mundo. Ya antes de ser Papa había denigrado el “determinismo” del marxismo y su perspectiva atea en un documento de 1985 titulado Economía, mercado y ética. Ahí el cardenal Ratzinger ya advertía que era posible una crisis económica en Occidente. Su preocupación era la ausencia de ética en la economía. Pedía, por tanto, una nueva ética, una ética “nacida y sostenida sólo por fuertes convicciones religiosas”, la cual podría en la práctica “causar que las leyes del mercado se derrumbaran”. “Aunque la economía de mercado consista en situar al individuo ante una determinada serie de reglas –decía ahí–, esta no puede convertir al hombre en algo superfluo, o excluir su libertad moral del mundo de la economía [...]. Estos valores espirituales son de por sí un factor decisivo para la economía: las reglas del mercado funcionan sólo cuando se da el consenso moral que las sostiene”. La economía se basa –como cualquier otra actividad humana– en las reglas de la ética: una economía no solo será inhumana, sino también –al final– antieconómica.
    Caritas in veritate es la primera encíclica social del pontificado de Benedicto XVI y ha visto la luz 18 años después de la última encíclica social de Juan Pablo II, Centesimus annus, de 1991. Inicialmente se quiso hacer coincidir su aparición con el cuadragésimo aniversario de la Populorum progressio, la encíclica social de Pablo VI, publicada en 1967. Pero la complejidad de la redacción y los continuos retoques que conoció el borrador inicial explican que la Caritas in veritate no haya salido a la luz hasta ahora, cuando la crisis ha puesto a la economía y los problemas sociales en el centro de la atención internacional. “Si se hubiera publicado antes, se habría dicho que era profética, ya que habla de una crisis que entonces no se vislumbraba”, comenta en la presentación el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Pontificio consejo “Justicia y Paz”. Los diarios, radios y televisiones de todo el mundo estaban ansiosos por conocer las palabras del Papa ante la actual coyuntura económica. Caritas in veritate, sin embargo, va más allá de la crisis. “Las dificultades presentes pasarán dentro de unos años, pero el mensaje de la encíclica permanecerá”, garantiza Martino.
    En efecto, la ambición de la encíclica parece no conocer límites: pretende superar el esquema ideológico del mundo actual. Ross Douthat comentaba en The New York Times del 12 de julio que la encíclica no puede ser juzgada bajo el prisma de su coincidencia con ideas de izquierda o derecha, demócratas o republicanas, progresistas o conservadoras. “La nueva encíclica une la dignidad del trabajo con la santidad del matrimonio –continuaba–. Propugna la redistribución de la riqueza a la vez que subraya la importancia de un gobierno descentralizado. Conecta los atentados contra el medio ambiente con la destrucción masiva de embriones humanos”. Para progresistas y conservadores, Caritas in veritate es una invitación a pensar de nuevo sus posturas. “¿Por qué la preocupación por el medio ambiente no incluye ser pro-vida?, se preguntaba Douthat [...] ¿Por qué la oposición a la guerra de Irak debe implicar aceptar cualquier cosa en el campo de la bioética? ¿Por qué el apoyo al libre comercio requiere defender también la pena de muerte?”. Ettore Gotti Tedeschi ha propuesto incluso al Papa actual al Premio Nobel de Economía por haber sido el único que ha relacionado la crisis económica con la crisis demográfica y la caída de la natalidad.
    Ciertamente, el contenido de la nueva encíclica es complejo. El título –Caritas in veritate– resulta ya significativo: verdad y amor son igualmente necesarios y complementarios. “Un cristianismo de caridad sin verdad –escribe el Papa– se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, útiles para la convivencia social pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad” (n. 4). La encíclica de Benedicto XVI –según Crepaldi– asegura que “la sociedad tiene necesidad de verdad y amor” y “el cristianismo es la religión de la verdad y del amor”, por este motivo “la mayor contribución que la Iglesia puede hacer al desarrollo es anunciar a Cristo”, la Verdad encarnada, muerta y resucitada por amor.
    El propio Papa ofreció unos días antes de la publicación un resumen del contenido del nuevo texto magisterial: “La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio caritas in veritate, gira toda la doctrina social de la Iglesia. […] La encíclica alude enseguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante de ese amor ‘con obras y con la verdad’ (1 Jn 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (cf. n. 6). […] Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro tiempo”.
    Y añadía: “La encíclica ciertamente no mira a ofrecer soluciones técnicas a los grandes problemas sociales del mundo actual [, pues] no es competencia del Magisterio de la Iglesia (cf. n. 9). Esta recuerda, sin embargo, los grandes principios que se revelan indispensables para construir el desarrollo humano en los próximos años. Entre estos, en primer lugar, [destacan] la atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que se considera artífice absoluto de su propio destino. Una ilimitada confianza en las posibilidades de la tecnología se revelaría finalmente ilusoria”. Vida, libertad religiosa y superación del narcisismo y del tecnicismo –la ideología de la técnica– son los principios centrales y estructurales del texto.

    Diez puntos centrales. Junto a estos “grandes principios”, aparecen también, no obstante, contenidos más concretos. Hay quien ha resumido la nueva encíclica papal en diez frases, en “diez mensajes para la difícil pero apasionante hora que nos ha tocado vivir”, en palabras de Antonio Gil. Veamos cuáles son estas frases.
    Primero. El hombre está por encima de la economía, y el primer capital que hay que salvaguardar –por medio de la justicia– es la misma persona humana. El Papa proclama que la justicia es inseparable de la caridad, tratando de unir así lo humano y lo divino. Ubi societas, ibi ius, escribe: toda sociedad elabora un sistema propio de justicia. La caridad va, sin embargo, más allá de la justicia, pues amar es dar, ofrecer de lo mío al otro; pero nunca se renuncia a la justicia, que lleva a dar al otro lo que es suyo. No puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde, concluye el Papa.
    Segundo. El capitalismo salvaje, la codicia y la avaricia financiera, el egoísmo y el paternalismo colonial reclaman una globalización solidaria, un nuevo orden económico basado en valores cristianos. Así, el Papa arremete contra los excesos del sistema capitalista y reclama una globalización que tenga en cuenta la condición humana de las personas que forman parte del mundo de hoy. A la vez, insiste en que “la crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas” (n. 21). Debemos ser protagonistas, y no víctimas de la globalización, viene a decir Benedicto XVI.
    Tercero. Hace falta un mercado más social y más humano, en el que el Estado tenga un papel activo y las empresas se guíen por la ética y la responsabilidad. “La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado” (n. 41), recomienda, para que se pueda alcanzar la justicia personal y social. Junto a la justicia, el otro soporte de la vida social y moral es el bien común. “Es el bien de ese ‘todos nosotros’, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (n. 7).
    Cuarto. La injusticia existe y es preciso intervenir, crear un sistema nuevo, más transparente y justo, con reglas que integren al Tercer Mundo –a los pobres y hambrientos, a los no nacidos– en la economía y el comercio globales. El Papa Ratzinger critica que “la exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes” (n. 43). Respecto a la cuestión de la cooperación internacional, reclama a instituciones sociales y organismos internacionales una “transparencia total”, y un respeto profundo por la naturaleza como fuente de vida y don de Dios. Para esto reclama “una mayor sensibilidad ecológica” y “una redistribución planetaria de los recursos energéticos” (n. 49). Alguien ha hablado de las “raíces verdes”, los orígenes en una ecología integral de esta encíclica. En concreto, el texto habla del desarrollo demográfico, insistiendo en que “no es correcto considerar el aumento de población como la primera causa del subdesarrollo”. A la vez el Papa apuesta por “una procreación responsable” (n. 44).
    Quinto. La crisis nace de un déficit de ética en las estructuras económicas. “El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (n. 36). Como consecuencia, “el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador” (n. 9). Así, en contra del paro, afirma que todo ser humano tiene derecho a un trabajo honrado: “Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer” (n. 63).
    Sexto. El desarrollo es imposible sin personas honradas, con lo que profundiza en las raíces antropológicas y ecológicas de la economía. Por ejemplo, dentro de las “nuevas pobrezas”, Benedicto xvi condena las trabas al derecho a la vida, que se dan tanto por la falta de alimento como por las políticas de contracepción y “la imposición del aborto” en algunos países. “En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural” (n. 28). Así, “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita tanto la preparación profesional como la coherencia moral” (n. 71).
    Séptimo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Por eso, reclama Benedicto XVI, “la religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política” (n. 56). Como consecuencia, “tanto la exclusión de la religión del ámbito público como el fundamentalismo religioso impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad” (n. 56). El Papa asegura que “solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil –en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos–, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento”.
    Octavo. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas fórmulas de compromiso. Para esto se requiere de una institución no solo internacional, sino supranacional. Es cierto que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende mezclarse en la política de los Estados”, pero sí ofrece algunas orientaciones (n. 9). Por ejemplo, en un apartado importante de la encíclica, Benedicto XVI afirma que “siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones” (n. 67), que dé especial voz a los países más pobres. “Urge la presencia de una verdadera autoridad política mundial”, reclama el Papa, que “goce de poder efectivo” para garantizar el desarrollo de la justicia y de los derechos humanos (ibid.).
    Noveno. Las empresas y los políticos deben tener una sólida responsabilidad social y ética, sin circunscribirse tan solo a la técnica o a la tecnología. Benedicto XVI sostiene que no debemos caer en la “tentación prometeica” de pensar que la sociedad puede recrearse con la simple tecnología. “Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los ‘milagros’ de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista” (n. 68). Tras los medios, el Papa aborda de nuevo el campo de la bioética, a la que también acecha el peligro de la tentación tecnicista. Y, más en concreto, señala que “la fecundación in vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la vida” (n. 75).
    Y décimo. Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni logra saber quién es. El Papa anima al ser humano a no caer en la tentación de “creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia”. Esas posturas, denuncia el Pontífice, “han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían”. Frente a esto, Benedicto XVI propone “la caridad en la verdad”: una fuerza de una comunidad humana, no de individuos en particular. “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es” (n. 78). El hombre y la mujer necesitan de esa relación con Dios. “El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don” (n. 79).

    Una propuesta audaz y total. “Una encíclica bella –ha asegurado José Manuel Vidal–, porque Benedicto XVI, como suele decir monseñor Blázquez, tiene el don de la palabra escrita. Incluso de la frase periodística. Clara, contundente, precisa y corta. Algunas de sus frases son auténticos titulares. Una encíclica valiente. Pone al capitalismo sin alma, artífice de la crisis actual, ante el espejo de la ética. Y deja que salga realmente malparado. De ahí la valentía del Papa”. Y se preguntaba Vidal si era también una encíclica “de izquierdas”, en el sentido de que era predominantemente social. Sin embargo, estamos superando estos esquemas ideológicos y algo maniqueos. Para Benedicto XVI la encíclica es tan social y económica como defensora de la persona, de la vida y del medio ambiente. El Papa alemán ha ofrecido una síntesis completa de todos los temas actuales. Vendría a ser la Populorum progressio (1967) unida a la Humanae vitae (1968) –ambas de Pablo VI– y a la Evangelium vitae (1995) de Juan Pablo II.
    En Caritas in veritate, Benedicto XVI subraya “el fuerte vínculo entre la bioética y la ética social”. De Juan Pablo II se decía que era aplaudido en lo social y abucheado cuando hablaba de bioética o ética sexual. Benedicto XVI ha conseguido reunir todos estos temas en un mismo texto. Los luteranos alemanes expresaron que la nueva encíclica podía ser un buen foro de diálogo, y las valoraciones de momento han sido predominantemente positivas, a pesar de afrontar de modo directo estos “temas valientes” y controvertidos. Además, 56 personalidades del mundo protestante evangélico estadounidense, entre profesores universitarios, editores de prensa y representantes de diversas instituciones, firmaron en julio un mensaje de apoyo a la encíclica, titulado Doing the Truth in Love: alcanzando la verdad con el amor. “Su originalidad es evidente –resumía el cardenal Scola, actual patriarca de Venecia– en […] las piedras angulares del documento. El Papa se pronuncia partiendo de la ‘razón económica’ (utiliza la expresión dos veces). Muestra de qué manera su propuesta se mete de lleno en las preguntas que surgen dentro de la economía. La Caritas in veritate no es una suerte de barniz que se superpone a un sistema económico que ya está completo y cerrado, sino que recoge las preguntas sin respuesta de la economía. Da sugerencias para una nueva ‘civilización de la economía’”.
    El texto tendrá sus consecuencias. En una carta dirigida al primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, con motivo de la reunión de jefes de Estado y de gobierno del grupo de países más industrializados –el llamado G 8–, celebrado un día después de la publicación de la encíclica, Benedicto XVI afirmaba que la crisis económica no debe hacer disminuir la ayuda a los países en vías de desarrollo, ni el compromiso para eliminar la pobreza extrema en el mundo, sino que, por el contrario, ha de aportar y buscar soluciones. En aquel texto, el Papa trataba los desafíos planteados por la crisis global y exhortaba a los líderes políticos mundiales a “convertir el modelo de desarrollo global” a los valores de la solidaridad y de la “caridad en la verdad”. “Es real el riesgo –continuaba– no sólo de que se apague la esperanza de acabar con la pobreza extrema, sino también de que caigan en la miseria poblaciones que hasta ahora gozaban de un mínimo bienestar material”.
    En concreto, Benedicto XVI recomendaba una vez más valorar “la eficacia técnica de los procedimientos que se deben adoptar para superar la crisis” a la luz de la ética. Para eso, invitaba de modo especial a asegurar a todos un puesto de trabajo y a dar vida a un justo sistema financiero y económico. Aquella carta constituía un buen epílogo a la nueva encíclica social y una excelente introducción al encuentro entre poderosos. En la reunión del G 8 se destinaron finalmente muchos millones para África y se propuso un modelo de economía global que pretende velar por el bien de todos. Pero también la bioética es parte de la ética, había sostenido Benedicto XVI. Cuando los presidentes y políticos le fueron a visitar, el Papa les regaló ejemplares firmados de su nueva encíclica. A Barack Obama le entregó además el documento Dignitas humanae (2008), donde se habla de la dignidad del no nacido. Días después, el presidente de los Estados Unidos se comprometía a reducir el número de abortos en su país. ¿Un primer resultado de la encíclica?