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  • El Muro que cambió la historia

    Fotografías Bellwinkel, Karsten de Riese, Werner Mahler, Lange Karl-Ludwig, Weiss Maurice, Jeremy Burgin, Ivan [Georeferred Pictures], Dbuedo, Vlastula, Berlinbyday, Cattleclasstraveler, Doug McG, Aggeboe, Bogavanter

    El Muro de Berlín fue mucho más que una frontera geográfica. A uno y otro lado se consolidaron dos modos de entender la política, la cultura, las ideologías, la humanidad misma. El 9 de noviembre de 1989, cuando se derrumbó de forma pacífica, el este europeo tuvo que reinventarse, y occidente descubrió que no todo era un gulag al otro lado del telón de acero. Las ruinas del muro forman hoy una cicatriz que tiene algo de símbolo: es la herida que han dejado en la historia los principales totalitarismos del siglo XX.

    La construcción

    MUNDO

    ANTES: Un orden internacional acartonado

    La guerra fría, a pesar de su amenaza, tenía una nítida sencillez. Bipolaridad entre Washington y Moscú, Tercer Mundo debatiéndose por un difícil no alineamiento, puesta en marcha de la integración europea, equilibrio del terror en la escalada armamentista y en las alianzas poliédricas; OTAN, SEATO, Pacto de Varsovia, proliferación de organizaciones internacionales bajo el paraguas onusiano, estabilidad y tensión en un escenario de riesgos calculados. Conflictos periféricos como Corea, Cuba, Vietnam, África Subsahariana y las dialécticas entre dictaduras y revoluciones en la América hispana dibujaban un tinglado no fácil de embridar que el temor al estallido de una III Guerra Mundial siempre lograba desactivar, como se vio en la crisis de los misiles, en Berlín, en Hungría, en Suez o en la Primavera de Praga. La descolonización fue el otro cambio histórico estelar del periodo y el nacimiento de un centenar de estados que transformaron la estructura de los actores, medios y factores del sistema. Oriente Medio y en su centro las guerras arabe-israelíes de 1948, 1956, 1967 y 1973 constituyó el espacio más peligroso, que ha transferido su problemática al periodo posterior a la Guerra Fría. 

    La coexistencia a partir de los años sesenta dio acartonamiento y resignación a un orden internacional que parecía llamado a perdurar secularmente y que a la vez ofrecía un cierto respiro a unas sociedades occidentales cada vez más desarrolladas, democráticas y pujantes. Es una época que vive asombrosos progresos en todos los campos científicos y tecnológicos, del microcosmos al macrocosmos, como ilustra la carrera espacial, desde el primer satélite ruso en 1957 a la llegada a la Luna de los americanos en 1969, símbolo emblemático de un mundo partido en dos, ante la mirada inquieta de los demás actores que expresaban su deseo de policentrismo.

    Pedro Lozano Bartolozzi Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Navarra


    DESPUÉS: Multipolarismo y globalización

    El primer dato incuestionable es la globalización del sistema internacional. Sin embargo, este mundo interconectado por las redes de la telemática, ofrece injusticias, y contrastes no menos patentes. Es un sistema asimétrico. El número de actores se modifica. Solamente de la exURSS y la exYugoslavia han surgido veinte estados. Los miembros de la ONU pasan de 159 en 1985 a 192 en 2009. El fin de la Bipolaridad en la década finisecular abrió un esperanzador horizonte optimista bajo el hegemonismo norteamericano que hizo a Fukuyama plantear el Fin de la Historia. 

    Tras el espectacular atentado del 11-S en 2001 la seguridad saltó por los aires y Huntington sugiere el choque de Civilizaciones. El tsunami conflictivo vuelve a sacudir el horizonte con el terrorismo internacional, las guerras de Afganistan e Irak, la involución en el contencioso israelí-palestino, los etnonacionalismos yugoslavos, los Estados fallidos, las mafias de delincuencia organizada. El complejo entramado de actores no estatales contrasta con la afirmación de potencias emergentes como China, India o Brasil, el resurgir de Rusia o el rediseño de la Europa de Lisboa con 27 miembros. La gestión multilateral de crisis, y la formación de los grupos G como el G-8 o el G-20 ilustran la deriva hacia el multipolarismo e incluso se habla de un mundo postamericano. La degradación del medio ambiente, las pandemias, las migraciones, el desgaste de las ideologías y los desajustes Norte-Sur y Este-Oeste dibujan el perfil de un siglo xxi complejo y tal vez turbulento, que necesita urgentemente encauzar su dinámica para lograr un mundo más libre, menos pobre y más seguro. P. L. B.

     

    EUROPA

    ANTES: De la protesta al cambio

    A fines de la década de los ochenta eran muy pocos los que presentían que las dictaduras comunistas del bloque soviético y de los regímenes de Yugoslavia y Albania iban a derribarse con la rapidez que sucedió.

    A partir de la II Guerra Mundial se habían registrado varios ciclos de crisis al otro lado del Telón de Acero. La muerte de Stalin en 1953 y la tamizada condena del estalinismo en 1956 llevada a cabo por Kruschov propiciaron las primeras reacciones de protesta en los países del bloque soviético, que adquirieron carácter cíclico: en 1953 en Alemania oriental, la revolución popular de octubre-noviembre de 1956 en Budapest, la primavera del comunismo reformista de 1968 en Praga, la revolución obrera en Polonia y el sindicato Solidarnosc polaco en 1980. Pero, hasta 1981, la pasividad de los mudos testigos del Occidente hizo posible que la Unión Soviética y sus aliados pudieran ahogar las protestas con ayuda de la policía y los militares.

    Cada intervención implicaba una importante pérdida de prestigio político para la izquierda europea, en especial para los partidos comunistas de Europa Occidental. En 1975 la URSS había ya renunciado a extender la revolución en los países de Europa Occidental y estaba intensificando sus esfuerzos por convertir el Telón de Acero (resultado del armisticio de 1945, al que no siguió ningún tratado de paz con Alemania) en una frontera definitiva. Pero en octubre de 1978 el Cardenal de Cracovia fue elegido Papa y en 1980/81 una protesta laboral condujo a la fundación de un sindicato no comunista en Polonia. Entonces la URSS no podía permitirse una nueva intervención militar contra un sindicato de diez millones de personas. La solución de compromiso fue un pseudo golpe de estado de un general comunista polaco en 1981. Cinco años mas tarde (en 1985) el nuevo secretario general del Partido Comunista soviético Mijail Gorbachev ponía en boga la “política de la perestroika” (reestructuración) y de la “glasnost” (transparencia): lo que al principio parecía sólo un eslogan propagandístico se convirtió en un sinónimo de liberalización para todos los aliados. Los polacos fueron los primeros en cambiar de régimen: las elecciones parlamentarias semilibres de junio de 1989 pusieron el Gobierno polaco prácticamente en manos de Solidarnosc antes de que empezara la huida en masa de alemanes orientales desde Hungría a Austria meses antes de que cayera el Muro de Berlín. 

    Ricardo Estarriol Corresponsal de La Vanguardia en el Este de Europa hasta 2002

     

    DESPUÉS: Transiciones a distinto ritmo

    En 1989 nadie disponía de manuales que explicaran cómo tenía que hacerse el paso del comunismo a la democracia. Los cambios políticos fueron posibles en el momento en que quedaron anulados los tratados de los aliados de la II Guerra Mundial sobre la división de Europa en esferas de influencia, es decir, los acuerdos de Teherán de noviembre-diciembre de 1943, de Moscú en octubre de 1944, de Yalta (febrero de 1945: sólo tres meses antes de la capitulación alemana) y de Potsdam (agosto de 1945: dos meses y medio después de la capitulación alemana). Esto fue posible cuando se derrumbó el bloque comunista soviético, primero con la disolución del Pacto de Varsovia y del Comecón y después con la desintegración de la propia URSS en numerosos estados independientes.

    A pesar de que en todos estos países se produjo inicialmente un fenómeno de cohesión anticomunista semejante, no todos los caminos hacia la democracia fueron iguales. El elemento común fue de poca duración (como lo fue en la España del posfranquismo): los respectivos frentes, bloques y foros que se habían puesto inicialmente al frente de la reforma duraron por lo general poco tiempo o se convirtieron en uno de tantos partidos dentro de la lucha electoral.

    Pero también hubo divergencias en cuanto al origen de la transición. Mientras que en Polonia fue evidentemente la oposición no comunista la que se puso al frente del movimiento de democratización, no fue así en todos los países. En la Unión Soviética fue el nacionalismo ruso la plataforma que ha permitido un traspaso del poder a una oligarquía de ex policías y oligarcas de la privatización. Un caso muy especial fue el de Rumanía, donde nada menos que la cúpula de la policía política (la omnipotente Securitate) puso la espoleta que condujo a una revolución popular que muy pronto pasó a ser controlada por expertos en administrar el poder, como el ex presidente Ion Iliescu. En Bulgaria fue el propio Partido el que inició las depuraciones primero dentro del Partido Comunista y después dentro del Gobierno. En ambos países una buena parte de la antigua nomenclatura reapareció con nuevos trajes. Las transiciones más civiles se registraron en Checoslovquia y en Hungría. El campeón de la llamada “revolución de terciopelo” en Checoslovaquia fue el disidente y posterior presidente Vaclav Havel. En Hungría hoy día todavía los ex comunistas o comunistas convertidos a la democracia intentan atribuir los méritos de la transición magiar a la perspicacia de los comunistas reformistas.

    La transición más sangrienta tuvo lugar en la ex Yugoslavia. Todavía es demasiado pronto para analizar todo aquello, pero ya ahora la mayor parte de los que han observado la desintegración de Yugoslavia coinciden en que la intervención de la Comunidad Europea (defendiendo la unidad estatal de un estado que había dejado de existir de hecho) tuvo catastróficas consecuencias. R E.

     

    BERLÍN

    ANTES: Esquizofrenia cotidiana

    La vida en el berlín comunista fue hasta la caída del Muro una permanente aproximación a la esquizofrenia colectiva.  Se vivía en las penurias constantes del sistema estalinista, comprando lo que fuera aunque no se necesitase cuando se encontraba, porque en la penuria cualquier cosa podía ser canjeada oportunamente. 

    Y al mismo tiempo, se sabía que desde el punto de vista de suministros de todo tipo se vivía en la capital de la RDA infinitamente mejor que en el resto de la República Democrática Alemana. Pero en cuanto llegaba gente del otro Berlín o la RFA, se veía que al otro lado del Muro existía una opulencia casi insultante.

    Se veía y se palpaba. Porque no sólo había un visiteo intenso y constante de alemanes occidentales, sino que muchos trabajadores extranjeros del Berlín Occidental se habían montado un tinglado de dormir en la parte oriental a precios orientales en casas particulares y traían así divisas alemanas occidentales que se cambiaban 4 a 1 en el mercado negro.

    Este mercado secundario con una moneda superfuerte les evidenciaba a los berlineses orientales las deficiencias económicas del sistema de una forma rayana en lo ofensivo.

    Por lo demás, el Estado-policía era idéntico en todo el país y sumamente parecido al imperante en todo el bloque comunista desde que se acabó la II Guerra Mundial.

    Valentín Popescu Corresponsal de la Vanguardia en Alemania durante los últimos 25 años del siglo XX

     

    DESPUÉS: Un regalo de la historia

    Fue sólo un segundo, pero marcó sin duda la vida de los ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana. Fue el que iba de las 23.59 horas del día 2 de octubre a las 0.00 horas del 3 de octubre de 1990, día de la unificación. En ese momento, desaparecieron todas las referencias de un país, su país: la bandera, insignias, himno, su identidad.  

    No hay que olvidar que fueron ellos los que pidieron una rápida unificación al grito de “Wir sind ein Volk” (Somos un pueblo) que sustituyó al de “Wir sind das Volk” (Somos el pueblo) de la caída del Muro. Pero lo que sobre el papel puede funcionar perfectamente puede tener también un elevado coste humano. La unificación alemana no iba a ser menos. Los “paisajes florecientes” que prometiera el ex canciller Helmut Kohl sólo han llegado a determinadas áreas. El paro es el doble en el Este, más de un millón de personas ha abandonado esa parte del país. Pero también hay muchos, sobre todo jóvenes, que han sabido “triunfar profesionalmente”.

    El Muro de Berlín desapareció físicamente con extraordinaria rapidez y con eficiencia alemana, pero fue creciendo otro en la cabeza y el corazón de los alemanes. Cuarenta años de socialización distinta habían dado como resultado mentalidades diferentes. Los del Este se sienten ciudadanos de segunda y consideran a los del Oeste arrogantes, superficiales y peseteros. Estos describen a los orientales como desconfiados y holgazanes y se muestran hartos por los costes de la unificación.  

    Será necesaria al menos todavía una generación para hablar realmente de la nueva Alemania que se viene levantando “piedra a piedra”. La tarea de la unificación era ingente. El proceso está muy avanzado. Una de sus múltiples pruebas es la naturalidad con la que se aceptó a Angela Merkel, una mujer del Este, como la primera canciller de la historia de Alemania. 

    Pero, ante todo, los alemanes deberían tener siempre muy presente el regalo que la historia les hizo, a los de uno y otro lado, aquella inolvidable noche del 9 de noviembre de 1989. 

    Pilar Requena Periodista de TVE que cubrió la caída del Muro de Berlín

     

    IDEOLOGÍA

    ANTES: La agonía del comunismo

    La caída del muro de Berlín, hace ahora veinte años, fue resultado de un largo proceso de agotamiento del comunismo en la Unión Soviética y en los países de la Europa del Este. Estuvo precedido por la perestroika, estrategia muy frecuentada históricamente en Rusia, con la cual se pretendía dar un giro que dejara descolocados a los adversarios políticos. A Gorbachov se le fue la mano, porque no se percató de que una Unión Soviética económicamente agotada, y militarmente puesta contra las cuerdas por la “guerra de las galaxias” estadounidense, no estaba para giros de ningún tipo.

    Algo curioso de recordar es que los comunistas de las naciones occidentales no se habían hecho a la idea del posible colapso de los países centralizadamente dirigidos por una ideología marxista. Y también es digno de evocar el hecho de que –por ejemplo, en España– se ha abandonado el marxismo de manera masiva sin que hubiera ningún tipo de autocrítica por parte de sus seguidores, que todavía seguían siendo bastante numerosos en los años setenta y comienzos de los ochenta. Y, por supuesto, no se han oído apenas condenas de las matanzas masivas de Stalin y del propio Lenin

    Aunque el marxismo político ha pasado a ser una ideología residual, el materialismo histórico está presente en otros campos de la sociedad y de la cultura: teología de la liberación, ideología de género, feminismo radical, freudomarxismo, movimientos de signo bolivariano en Latinoamérica, grupos antisistema y antiglobalización, etcétera. El marxismo de inspiración soviética ha desaparecido, pero las sociedades occidentales han aceptado en buena medida la revolución sexual y la revolución cultural que se produjeron a raíz de la rebelión estudiantil en torno a 1968. A propósito de la presunta muerte del marxismo, habría que decir con don Juan Tenorio: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

     Alejandro Llano Catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra

     

    DESPUÉS: Decadencia cultural

    Se podría decir que el Muro de Berlín cayó hacia ambos lados. Hacia el Este, puso en evidencia el vacío ideológico de una situación artificial, mantenida por unos regímenes policiacos. Hacia el Oeste, descubrió la falta de convicciones éticas en las sociedades de la abundancia, de las cuales pudo decir Vaclav Havel: “Vivimos en una ficción, y esa ficción se ha tornado inhabitable”. 

    Occidente tuvo poco que ofrecer a los países del Este, que inicialmente se consideraron liberados, y que pronto se darían cuenta de que el materialismo de los países llamados “libres” era más sofisticado y laxo, pero no menos radical que el materialismo del Este. En los países de la Europa occidental se comenzó a decir: “Contra el comunismo estábamos mejor”. Se empezó a hablar –conviene recordar a Fukuyama– del “fin de la historia” y del triunfo definitivo del liberalismo económico. Pero, visto desde la actual crisis, ese éxito, como diría Leonardo Polo, fue prematuro.

    El aniversario de la caída del Muro es una buena ocasión para reflexionar acerca de las convicciones cívicas y de los recursos culturales. Los occidentales –seguidos ahora por los habitantes del Este– creen cada vez en menos cosas. El confort y el consumismo son casi los únicos fines que se persiguen de manera generalizada. Por eso, también estamos asistiendo a un proceso de decadencia, que tiene una raíz más ética y cultural que económica. La caída de la natalidad es un signo de que la vitalidad es escasa, y constituye un anuncio del declive económico que se está comenzando a atisbar. Los países emergentes se encuentran fuera de Europa y de América del Norte. Son asiáticos y latinoamericanos: China, India, Brasil y México. El primero de ellos es el único gran país del mundo que todavía se declara marxista. Pero su comunismo es más nacionalista que revolucionario, y su rápido enriquecimiento económico le está aproximando cada vez más a los usos y costumbres de las naciones acaudaladas, aunque semejante cambio sólo afecte a los sectores privilegiados de su población. A. Ll.

     

    CINE

    ANTES: De la lucha de clases a Wim Wenders

    El cine en alemania tiene una larga tradición de compromiso con la política. Los nazis lo pusieron al servicio de su régimen, pero también entonces hubo dos mil personas relacionadas con el mundo del cine que optaron por el exilio. A partir de 1946, las autoridades soviéticas de la República Democrática Alemana (RDA) reactivaron la producción cinematográfica aprovechando el retorno de algunos exiliados. Como antes había sucedido con Hitler, el cine se convirtió para ellos en un poderoso elemento de propaganda ideológica. El Estado, en consecuencia, se reservó el monopolio de la producción a través de la Deutsche Film Akiengesellschaft (DEFA), que desarrolló obras de corte antifascista, sobre todo hasta 1950. Se glorificaba  el proletariado, se ilustraba la lucha de clases o se profundizaba en los traumas de la II Guerra Mundial. Un ejemplo elocuente de esto último lo constituyó el famoso Die Mörder sind unter uns (Los asesinos están entre nosotros), de Wolfgang Staute, rodado en 1946 en las ruinas casi humeantes de Berlín. Todos estos temas terminaron por fatigar al público, y el cine se vio obligado a buscar otras escapatorias. Desde la década de los cincuenta, se situó en la línea del “realismo socialista” impuesto por la ideología del Partido Comunista.

    En la República Federal alemana (RFA), las preocupaciones eran diferentes. Se difundieron algunos  documentales sobre los campos de concentración y la actualidad anglo-americana, pero al público de un país en ruinas le interesaban mucho más las películas americanas. En 1962 sólo se produjeron en la RFA 63 películas.

    En el Oeste, ya en los años setenta y ochenta, se abrieron paso nombres comos los de Wim Wenders, Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Volker Schlöndorff o Reinhardt Hauff. Eran en cierto modo los herederos del Manifiesto de Oberhaussen, firmado en 1962 por 26 cineastas que buscaban inspiración en la “nueva ola francesa” y que anunciaron el nacimiento de un “Nuevo cine alemán”. Der Himmel liber Berlin (1987), de Wim Wenders, triunfó fuera de las fronteras. Schlöndorff obtuvo la Palma de Oro en Cannes por Die Blechtrommel (El tambor) en 1979. El propio Wenders se hizo con el mismo galardón en 1984 por Paris-Texas, rodada en USA. Fue quizá Das Boot (El barco), de Wolfgang Petersen, la que en 1981 dio al cine germano su primer éxito internacional. Contaba la odisea de un submarino alemán durante la II Guerra Mundial.

     Jorge Collar Crítico de cine de Nuestro Tiempo

     

    DESPUÉS: Una comprensión nostálgica del pasado

    A caída del muro no produjo un cambio inmediato en el panorama cinematográfico alemán, si se exceptúa el desmantelamiento del monopolio estatal del Este. El cine siguió enfrentado al problema de una culpabilización difusa, pero desde una nueva perspectiva: la colaboración con el régimen comunista de la RDA. Hubo unos años sombríos, pero hoy se puede hablar de una nueva generación de autores alemanes, de entre 30 y 45 años, que ha irrumpido con fuerza en la primera década de este siglo. La producción ha pasado de 87 películas en 1995 a 174 en 2006. 

    El boom comenzó en 2003 con Good bye, Lenin! de Wolfgang Becker, que relata la historia de una mujer que pierde la memoria el día de la caída del Muro y a la que su hijo, siguiendo el consejo de los médicos, hace creer que sigue viviendo en la RDA. La crítica de la Alemania del Este es evidente pero no hay ningún matiz de revancha, sino una comprensión nostálgica de un mundo desaparecido. Más duro es el juicio de Florian Henkel von Donnersmarck en Das Leben der anderen (La vida de los otros) (2006), que comporta ya una crítica en regla del sistema comunista: es la historia de un agente de la policía secreta que ha instalado micrófonos en la casa de unos artistas, pero que traiciona a sus superiores para proteger a los espiados. Otras películas se abren sobre la historia, como la obra capital sobre los últimos días de HitlerDer Untergang (El hundimiento)–, rodada en 2005 por Olivier Hirchbiegel con el impresionante trabajo de Bruno Ganz en el papel de Hitler, o como la evocación de los años de plomo en The Bander Baader Meinhof Complex, de Edel Uli (2008), sin olvidar la recuperación de la Rosa blanca, movimiento de jóvenes contra el nazismo, abordado con una sobriedad ejemplar en Sophie Scholl, de Marc Rothemund (2006). La lista podría alargarse con las películas de Tom Tykwer (Lola Rennt), Fatih Akin (Auf der anderen Seite, Head-On) o de Stefan Ruzowitzky, que ganó el Oscar al mejor filme extranjero en 2008 por Die Fälscher. Todas ellas han sido éxitos notables en Alemania y han triunfado además en el ámbito internacional. J. C.

     

    ARQUITECTURA

    ANTES: Dos modos de entender la ciudad

    Los arquitectos que viven y trabajan en el nuevo estado occidental resurgido como República Federal Alemana en 1948 intentan en su ingente labor de reconstrucción del país retomar los caminos de vanguardia y experimentación de la fase “heroica” del movimiento moderno que tuvo su principal escenario en la Alemania de la República de Weimar. Acabada por el ascenso del nacionalsocialismo en 1933, en ella las principales figuras se alineaban en la tendencia Expresionista o en la Racionalista partidaria de la “Nueva Objetividad” (Neue Sachlichkeit). 

    Aunque la mayoría de estos grandes maestros del periodo fundacional había ya desaparecido: Behrens, Poelzig, Taut o emigrado: Mendelshonn, Breuer, Gropius y Mies, su influencia en la arquitectura de posguerra siguió vigente sobre todo la de los dos últimos, que habiendo adquirido la posición de maestros indiscutibles pueden ser considerados como fundadores del estilo internacional que será la tendencia dominante de la Alemania occidental.

    De los arquitectos notables que permanecieron en el país y sobrevivieron, primero al ostracismo nazi y luego a la propia guerra destaca Hans Schaorun, expresionista como Mendelshonn y Taut, que creará uno de los edificios más relevantes del periodo, la Filarmónica situada en el Kulturforum de Berlín, compartiendo localización con el gran maestro racionalista Ludwig Mies Van der Rohe, que en una puntual vuelta proyectual a su país de origen construye la Nueva Galería Nacional, otra pieza de referencia emblemática en la década de los años sesenta.

    Entre tanto al Este, los arquitectos de la República Democrática Alemana huyen ideológicamente de la búsqueda de la autoría individual (no existe el arquitecto como profesión liberal privada) y trabajan en colectivos vinculados con las organizaciones del régimen comunista, produciendo una arquitectura oficial de subsistencia, de muy baja calidad formal y constructiva que recurre en sus aspectos representativos a los catálogos más rancios del imaginario del realismo socialista. 

    Una intervención urbana de gran escala en Berlín que sintetiza el contraste con las tendencias imperantes en Occidente será la Avenida Stalin (StalinAllee) comenzada en 1949, posteriormente Avenida Karl Marx (Karl Marx Allee), que, con el objetivo de dignificar la vivienda urbana para las clases trabajadoras, recrea una monumental avenida con alineación de ciudad tradicional enfáticamente flanqueada por altos edificios de lenguaje neoclásico. Esta propuesta provoca una reacción crítica en Berlín Oeste que toma forma en la Interbau Hansaviertel (1957): un conjunto de viviendas en torre diseminadas entre amplias zonas verdes diseñadas por las principales figuras del panorama arquitectónico internacional. Es una exposición de edificios construidos en la que se manifiesta claramente el contraste entre dos modos de entender la arquitectura y la ciudad.

    Luis Tena Arquitecto, profesor de Urbanismo en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra

     

    DESPUÉS: Una década de furor constructivo

    La reunificación de alemania tras la caída del Muro supone en realidad la absorción de la antigua república oriental que da origen a un verdadero “boom” de la construcción en los antiguos territorios del Este. Para la arquitectura trae consigo la generalización del sistema liberal de la profesión y la adopción de los modos de proyectar y construir vigentes en todo el continente con sus ventajas e inconvenientes. Entre las primeras la mejora de las condiciones de habitabilidad y la solución de las carencias dotacionales, y como defecto la banalización de la calidad cultural de la arquitectura.

    La renovada capitalidad de Berlín da comienzo a un programa de construcción de nuevos edificios públicos dotados de una gran carga simbólica y política en la vieja ciudad herida por la división de su centro. El Reichstag remodelado por Foster o el Museo Judío de Libeskind aparecen como ejemplos polémicos y extremos de una nueva versión de la tradicional confrontación estilística de la arquitectura germana.

    Además entran en escena como promotores de la rehabilitación y recosido de los grandes ámbitos centrales vacantes las grandes corporaciones industriales, como la iniciativa de la Daimler en Potsdamer Platz, convirtiendo a Berlín en el más extenso solar en edificación, en perpetuo debate sobre la idea de ciudad y en el escaparate de las arquitecturas más cosmopolitas y ambiciosas.

    Aunque la actual crisis económica ha ralentizado el “furor constructivo” de la pasada década, Alemania sigue siendo la referencia europea en cuanto a calidad de la construcción, de la ingeniería y de la obra pública con una arquitectura a veces desigual pero siempre objeto de interés y polémica. L. T.

     

    LITERATURA

    ANTES: Literatura y 'perestroika'

    A mediados de los años ochenta en la Unión Soviética empezó un nuevo periodo político bautizado como perestroika. En la vida literaria este proceso significó la dulcificación y la subsiguiente supresión de la censura. El lector soviético tuvo de repente acceso a la cultura europea; a su propia literatura, que a partir de los años cincuenta fue denominada samizdat y coexistía de un modo latente con el realismo socialista oficial; y también a la literatura de la emigración rusa (tamizdat).

    El periodo comprendido entre 1986 (la publicación de las obras de Nicolay Gumilev y Andrey Platónov) y 1990 es la época en la que en la URSS se produce una especie de explosión cultural, y una gran cantidad de textos literarios hasta entonces desconocidos se pone al alcance del lector.

    Esos textos, muy distintos desde el punto de vista cronológico y estilístico, pueden dividirse en los siguientes grupos. Por una parte, están las obras de escritores de tres generaciones (oleadas) de la emigración, tales como Vladimir Nabókov, Vladislav Jodasévich, Georguiy Ivánov, Nina Berbérova, Iósif Brodsky, Serguey Dovlatov, Vladímir Voynovich, Vasiliy Aksénov. Un segundo grupo lo forman los textos de autores soviéticos escritos hace tiempo y que no fueron publicados antes por motivos de censura. Entre los más conocidos están La Casa Púshkin, de Andrey Bitov; Moscú-Petushki, de Venedikt Eroféev; Escuela de tontos, de Sasha Sokolov; Hijos de Arbat, de Anatoliy Rybakov, es decir, los libros que son la base del posmodernismo ruso. Al mismo tiempo vieron la luz los textos de los clásicos soviéticos prohibidos en la URSS o publicados con muchos cortes, tales como Nosotros, de Evgueniy Zamiátin; El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov y la prosa de Andrey Platónov. Y al tercer apartado pertenecen las obras de escritores contemporáneos de varias generaciones que representan diferentes tendencias y corrientes, pero pertenecientes todos ellos a la literatura a la que diferentes críticos denominaron como “artística”, “actual”, “otra”. Sus nombres son Andrey Bítov, Vladímir Makanin, Tatiana Tolstaya, Dmitriy Prigov, Timur Kibírov, Lev Rubinstein y muchs otros.

    Diferentes estilos, lenguajes y géneros de escritores de varias corrientes literarias fueron presentados al lector en las páginas de las revistas literarias. Las famosas “revistas gruesas”: Novy mir, Neva, Junost, Avrora. Como consecuencia de esta actividad editorial se desplazó el eje cronológico de la literatura. En un breve momento histórico se concentró todo un siglo. 

     Ana Kovrova Profesora de Literatura en la Universidad de San Petersburgo

     

    DESPUÉS: El escritor ya no es director de conciencias

    la unión de repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir en 1991. En el ámbito de la literatura, el proceso que tenía lugar a principos de los años noventa suele denominarse “literatura postsoviética”, un término que claramente tiene un sentido más ideológico que cronológico. Es decir, que surge o más bien cobra conciencia una literatura que se considera en oposición a la ideología soviética y que se interesa por la forma de expresión. Cambia el estatus del escritor: de director de conciencias pasa a ser persona particular.

    Se desarolla una estética modernista y más tarde posmodernista: nuevos lenguajes y estilos, intertextualidad, transformación de los géneros tradicionales, aparición de novelas-comentarios (El retro cercano de Andrey Bítov, Las aventuras de los músicos verdes de Evgueniy Popov), percepción del mundo como texto y del texto como mundo, fragmentación de la realidad, minimalismo, juego continuo y otros rasgos de la poética del posmodernismo. Aparecen nuevos nombres: Victor Pelévin, Vladímir Sorókin, Olga Slávnikova y otros.

    En este periodo desaparece la división entre literatura de Rusia y literatura de la emigración, pero se establece una división diferente. La literatura postsoviética pasa a ser muy heterogénea. Los dos extremos opuestos hoy día son la literatura de masas y la literatura elitista. Entre aquella destaca la novela policiaca de costumbres (Alexandra Marínina), histórica (Borís Akúnin) o política (Eduard Tópol), thriller y literatura fantástica. En el otro extremo se sitúa una literatura de neorrealismo, conceptualismo, “sots art” y neobarroco. Otro rasgo de innovación es la aparición en los años noventa de los premios literarios. El Booker ruso es el más conocido de todos.

    Así pues, en la literatura postsoviética tiene lugar, en un primer momento, la unión de diferentes vertientes literarias que conformaron la nueva lieratura rusa y su posterior descomposición en diferentes grupos y corrientes literarias. No obstante, la estética dominante sigue siendo el posmodernismo. A. K.

     

    ARTE

    ANTES: El Este: más técnica y menos creatividad

    Es muy conocida esa nota de prensa en clave jocosa que anunciaba que la Orquesta Filarmónica de Moscú, después de una gira por Occidente, había decidido cambiar su nombre: se llamaría en adelante Cuarteto Soviético. Aunque exagerado, expresa muy bien no sólo la dificultad que los artistas tenían al otro lado del Telón de Acero, sino también las contradicciones de la historia del arte europeo antes y después de la caída del Muro. Dos mundos aislados entre sí estaban produciendo un arte diferente, a pesar de la unidad cultural común que había existido durante milenios en estas tierras artificialmente separadas. En el Este, predominaba un arte académico, técnicamente muy competitivo pero creativamente limitado, como toda cultura que sobrevive en un clima de imposición autoritaria. En Occidente, también por contraposición a lo que ocurría en Oriente durante la Guerra Fría, un arte que ponía todo el peso en la libertad sin límites, con la consiguiente pérdida de otros aspectos, como es la maestría (el oficio heredado de generación en generación) y la profundidad de los mensajes.

    En el caso concreto de la música es sorprendente que la gran tradición de la música clásica haya dado frutos tan fecundos como los cuatro grandes polacos (Lutoslawski, Penderecki, Goreski, Sikorsky) o todos los innumerables genios musicales de la antigua URSS. La Europa occidental no ha estado a la altura en la continuación de esta fecunda tradición, si bien ha sido pionera en el pop y el tecno, aunque tampoco en solitario, sino a la sombra siempre del gran imperio cultural US. La exhibición “Antes de la Caída del Muro” (Vor dem Fall der Mauer) recoge experiencias, escenas cotidianas y, a la vez, parte de la historia contemporánea, de la división entre Este y Oeste. Se trata de un proyecto que recopila y presenta fotos inéditas tomadas por los guardias que custodiaban la barrera. Un recuerdo de la división que evoca la inhumanidad del asunto. De hecho, la exhibición tiene lugar en la Zwingli-Kirche –a pocos pasos del puente Oberbaumbrücke y la East Side Gallery–, dos de los símbolos más intensos de la separación, y tiene lugar entre dos fechas simbólicas: el 13 de agosto y el 9 de noviembre, alfa-omega de la historia del Muro, levantamiento y caída.

     Jorge Latorre Profesor de Fundamentos Culturales en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra

     

    DESPUÉS: El Muro, un museo al aire libre

    Lo más conocido hoy musicalmente de Berlín nació cuando cayó el Muro y fue la revolución del tecno. Inmediatamente después del 9 de noviembre de 1989, la reunificación se consumó en sótanos abandonados. Allí se encontraron jóvenes de Occidente y del Este en un éxtasis de luces estroboscópicas y ritmos electrónicos. Se estima que más de 25.000 viviendas, un tercio de los edificios de Berlín Oriental, estaban deshabitadas. En un lapso de pocos años fueron ocupadas muchas de estas casas y espacios desaprovechados en cuyos sótanos surgieron clubes y bares provisionales. Unos años después, a través de grandes eventos como el Loveparade y el festival Mayday, se pasó de la producción al consumo y del underground al mainstream. Y algo similar está ocurriendo con las artes plásticas. Del mundo bohemio propiciado por los primeros años postmurales se ha pasado a una nueva institucionalización que impide la frescura e intensidad del primer arte de la unificación. A falta de espacio, se puede optar por el ejemplo actual del Muro de Berlín y sus graffiti. Como es conocido, durante la separación alemana el Muro fue objeto preferido de artistas grafiteros del Berlín occidental y, al caer del régimen soviético, la parte oriental también lo utilizó como soporte artístico.  En 1990 un sector del Muro fue transformado en la mayor galería al aire libre del mundo, la East Side Gallery (en el barrio Friedrichshain, al lado de Mitte), declarada monumento nacional 1991. Aquí estaban algunos de los más famosos graffiti del Muro como por ejemplo el “Bruderkuss” (beso de hermanos) entre Leónidas Breznev y Erich Honecker, jefe todopoderoso y gobernante de la RDA. Su autor, el ruso Dimitrij Vrubel, agregó a su graffiti un poema escrito en ruso que quiere decir “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”. Este artista ha sido uno de los más reacios en colaborar a la labor de restauración propuesta por las instituciones para celebrar la conmemoración de los veinte años de la caída del muro. Entre otras cosas, porque no se trata de una restauración sino de una recreación original, sobre un nuevo Muro compactado y blanqueado. De nuevo, las contradicciones del arte occidental hacen del Muro un símbolo de separación, esta vez entre los 118 artistas que pintaron en él, o los que aún siguen vivos. Entre estos últimos, unos han tenido más éxito que otros, y piden ahora cobrar por su trabajo. Esto es, cobrar como creador por un mero trabajo de copista (aunque sea de la propia obra, en el mismo sitio en el que esta se encontraba), trabajo que hicieron entonces desinteresada y comprometidamente. Por lo menos siempre nos quedará una fotografía, y en este caso todas las copias son originales. J. L.