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  • Dioses sin Olimpo

    Texto Ignacio Uría [Der 95 PhD His 04 ]  Ilustraciones Pedro Perles 

    El deporte inspira a millones de personas, al tiempo que les permite formar parte de algo más trascendente —el honor nacional, la victoria legendaria…—. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el resultado de un partido lo deciden unos delincuentes? ¿Y si un árbitro se «vende» o si un atleta se dopa? Entonces, ya no hay deporte, solo corrupción. Una práctica tan vieja como el hombre.


    Citius, Altius, Fortius. Más rápido, más alto, más fuerte. Pierre de Coubertain pronunció este lema en 1894 durante la inauguración de las primeras Olimpiadas modernas. Su autor, el dominico Louis Didon, inició al barón en el movimiento deportivo internacional. Ambos son venerados en Francia como los creadores del olimpismo moderno.

    Citius, Altius, Fortius. Este principio ha marcado el desarrollo del deporte: solo vencerán los más rápidos, los más fuertes, los que lleguen más alto. Niké, diosa griega de la victoria, desprecia a los vencidos.

    Citius, Altius, Fortius. La sociedad de consumo exige nuevos ídolos. Héroes que reemplacen a los anteriores, tan efímeros. Algunos de ellos, pequeños faustos, pactan con el diablo a cambio de la gloria o el dinero.

    Asegura Plinio el Joven que la corrupción deportiva ya existía en la Grecia clásica, donde ciertos atletas bebían infusiones para evitar la congestión del bazo y aliviar el dolor. E Hipócrates explica cómo realizar una extirpación de ese órgano, «algo habitual en los atletas». En Roma, por su parte, hubo casos de pruebas amañadas (cuadrigas, gladiadores) para enriquecerse con las apuestas.

    Hoy, la sociedad condena a los deportistas corruptos. No importa que antes les haya exigido proezas inhumanas (como en el ciclismo) o plusmarcas eternas (por ejemplo, en atletismo). La gloria es efímera, más amarga cuanto más falsa.

    Contemporáneos malditos

    Un repaso a la Historia reciente del deporte nos descubre casos olvidados de corrupción. Uno de los primeros ocurrió en  Estados Unidos en la final de las Series Mundiales de béisbol de 1919. Los Chicago White Sox llegaban como favoritos, pero sorprendentemente perdieron con los Cincinnati Reds. Los apostantes de estos últimos obtuvieron enormes beneficios, y la liga profesional decidió investigar.

    Durante las pesquisas, apareció el nombre de Arnold Rothstein, jefe de la mafia judía de Nueva York —y que inspiró a Scott Fitzgerald el personaje de Meyer Wolfsheim en El Gran Gatsby—. Al parecer, Rothstein pagó miles de dólares a ocho jugadores de Chicago para que perdieran las finales. En el juicio no pudieron probarse las acusaciones, de modo que fueron absueltos, pero las sospechas de soborno al jurado nunca se desvanecieron. Pese a la exculpación, la Liga sancionó a los peloteros para siempre. Ahí terminó la carrera de Joe Shoeless Jackson, estrella de los White Sox, que no denunció el amaño, pero tampoco se benefició de él. Los White Sox tardaron ochenta años en volver a ganar las Series Mundiales.

    El tenis nació como un deporte de caballeros. Se jugaba en una inmaculada pista de hierba, siempre vestidos de blanco y en un silencio de monasterio preconciliar. Sin embargo, al ser un deporte individual, resulta más sencillo alterar su resultado. Un caso polémico lo protagonizó Yevgueni Káfelnikov, número uno del mundo en 1999 y oro olímpico en Sydney 2000. Algunos compañeros todavía lo recuerdan con tres móviles a cuestas, o cambiando de hotel  a toda prisa porque «lo perseguía la mafia rusa». Káfelnikov, relacionado entonces con las apuestas ilegales, es hoy jugador profesional de póquer.
    El ciclismo es un deporte golpeado por el dopaje año tras año. Su extrema dureza, además de la presión de las grandes Vueltas por conseguir contratos televisivos, ha contribuido a una sucesión de escándalos. Los dos más recordados son la expulsión del equipo Festina durante el Tour 98 y, por supuesto, el caso Armstrong. El primero confirmó la corrupción generalizada en este deporte y precipitó la creación de la Agencia Mundial Antidopaje. En los años siguientes, grandes ciclistas perdieron  algunos de sus títulos. Entre otros, el alemán Jan Ullrich, el estadounidense Floyd Landis o el danés Michael Rasmussen, hasta llegar a los recientes casos de Alberto Contador y Alejandro Valverde.

    La bomba definitiva correspondió a Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour. Ciclista soberbio en todos los sentidos, Armstrong es el máximo ejemplo de la inmoralidad en el deporte, en especial por sus mentiras y amenazas a los que lo acusaban de doparse. Su caída afectó incluso a dos expresidentes de la Unión Ciclista Internacional, Hein Verbruggen y Pat McQuaid, acusados de protegerlo para que el espectáculo continuara.

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