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  • Diario de 7 días de televisión

    Texto José Javier Esparza Fortografías Jesús Caso

    Si la programación televisiva es un espejo de la sociedad que todos los días se sienta frente a ella, españa tiene graves motivos para preocuparse. La crónica de una semana frente a la pequeña pantalla permite sacar algunas conclusiones inquietantes sobre los intereses de los productores y sobre los instintos, los gustos y los disgustos de los espectadores.


    Hay tres formas de ver la tele (entre otras). Una consiste en verla como puro entretenimiento, sin dar mayor importancia a lo que aparece en pantalla. Esta es la forma que frecuenta la mayoría de nuestros vecinos, lo cual explica su deplorable gusto (el de los dos: el mal gusto de la tele y el mal gusto de la muchedumbre). Como la tele da de sí lo que da, que es más bien poco y, en todo caso, siempre insuficiente, esta pauta de comportamiento conduce necesariamente al zapeo desenfrenado, con sus inevitables consecuencias en el ámbito psicológico: déficit de atención, volubilidad sentimental, etcétera. ¿O no ha tenido usted la impresión, hablando por ejemplo con un jovenzuelo, de que su interlocutor, en cierto momento de la conversación, ha hecho amago de sacar un imaginario mando a distancia para escabullirse cambiando de canal, como si usted fuera un programa intercambiable por otro?
    Hay una segunda forma de ver la tele que podríamos describir así: mucho sufrimiento. Es el tipo de conducta de quien se implica de tal manera en lo que ve en pantalla, que el ejercicio le produce sudoraciones frías, tics incontrolables, insomnio y malestar general. Por fortuna para la salud pública, no hay muchos espectadores así; de otro modo, las urgencias de nuestro sistema sanitario estarían aún más colapsadas que de ordinario. Esta manera de ver la tele se extiende en una cierta minoría social, digamos, ilustrada, y es particularmente activa en los críticos de televisión de rango novel.
    Y luego está la tercera forma de ver televisión, la que podríamos calificar como forma fetén, y que consiste en observar la pantalla en actitud impertérrita, con la pétrea cualidad del mineral, que ni siente ni padece. Esta es la actitud aconsejable, a un paso de la ataraxia que proponían los estoicos: vacío de pasiones, sin odio ni piedad. Bien es cierto que, para llegar hasta aquí, hace falta un largo y duro ejercicio, y también un caparazón que sólo con el tiempo se desarrolla.
    Después de veinte años de ejercicio diario de la crítica televisiva, quien esto suscribe puede blasonar de haber alcanzado ya –o estar a punto– el sublime estado de la ataraxia televisiva. Desde tal estatuto, el espectáculo no posee más consistencia que las sombras chinescas, y la realidad televisual adquiere un etéreo aire de simulacro. Es, por cierto, el momento en el que cualquier cosa que uno pueda decir deja de tener importancia. No se extrañe usted, por tanto, si al acabar de leer este texto recibe la noticia de que un servidor ha sido cesado de sus funciones como crítico. Pero, de momento, he aquí el fruto de una semana televisiva vista con ojos ataráxicos.

     

    Lunes

    ‘CSI’: ¿Quién dijo que a la gente sólo le interesa la basura?

    Sangre e higadillos. No viscosos y repugnantes, sino pulcros y asépticos. Es admirable la habilidad de CSI para poner en escena la chicha con la mayor apariencia de limpieza. Todo supermercado debería inmediatamente fichar a los directores artísticos de esta serie. Que es, por otro lado, una estupenda serie. CSI, esta historia de forenses policiales que resuelven crímenes sobre la base de sus investigaciones científicas, lleva siete años (si no he contado mal) emitiéndose en España. Y durante todo ese tiempo, ha sido el programa más visto de su franja de emisión. Para que luego digan que a la gente sólo le interesa la basura. Mentira cochina: la gente ve aquello que puede elegir de entre la limitada oferta que las cadenas le proponen. Y cuando le proponen una buena serie, con buenas historias, es raro que la audiencia falte a la cita. Por cierto que hay tres CSI distintos y cada uno de ellos responde a un patrón psicológico y sociológico diferente. El primero y más afamado es CSI Las Vegas, que transcurre en esa especie de Gomorra desértica que es la ciudad de los casinos. CSI Las Vegas ha pivotado en torno a un personaje decisivo: el doctor Gill Grissom, escéptico científico de aire entre ilustrado y positivista. Por fortuna para el público más primario, como este servidor, el reparto incluye a Marg Helgenberger, la única mujer del mundo que ha logrado estar más guapa cada año que pasa. Luego está CSI Miami, que traslada la acción a la Meca de Florida, que es algo así como el Patio de Monipodio y Puerto de Arrebatacapas de los United States. Aquí, en Miami, el personaje principal es un duro policía (duro por fuera y sensible por dentro, como siempre) que se llama Horatio Caine, que es pelirrojo y que mira al mundo con aire de eterna suspicacia, ocultos los ojos tras unas gafas de sol de imposibles colores.
    “Horatio es un fascista”, me decía hace poco una amiga, periodista ella y, por supuesto, muy progresista. ¿Por qué? Porque Horatio representa a la autoridad. Mi amiga, por el contrario, admira al Grissom de CSI Las Vegas, porque representa a la inteligencia. Mi amiga, pese a su talento natural, ha pasado por alto que en eso precisamente consiste el truco: CSI propone a diferentes tipos de público diferentes situaciones y diferentes personajes, para que el público elija, se implique, adore a unos y deteste a otros, y cada uno de esos sentimientos revierta siempre, invariablemente, en el éxito global del producto. (Por cierto que a mí me cae mejor Caine que Grissom, porque entiendo con más nitidez sus sentimientos; es obvio que hay un CSI de izquierdas y otro de derechas, y que los guionistas han sabido dibujar ambos personajes con mano maestra).Hay un tercer CSI que transcurre en Nueva York. Es el que menos éxito ha tenido en España. A mi amiga le deja fría. Ella, no obstante, viaja a Nueva York cada vez que puede, para comprarse trapos –aunque ya han pasado los tiempos en los que los turistas españoles arrasaban las tiendas neoyorquinas al grito de “Give me two!”– y dejarse fascinar por el encanto de hormigón y hierro de la ciudad de los rascacielos. Es interesante: nos fascina menos lo que consideramos más a mano.


    Martes

    La lucha por el poder se libra en las series, no en los telediarios

    Una vez asistí a un debate entre políticos con responsabilidades de Gobierno. Yo mismo las tenía entonces, si es que en mi caso puede hablarse propiamente de “responsabilidades” en momento alguno. La cosa es que, en el curso de la discusión, alguien planteó la necesidad de aprovechar TVE para comunicar a la sociedad la visión del mundo, la ideología o como usted quiera llamarlo, del Gobierno en cuestión. “Eso, eso: hay que apoderarse de los telediarios”, bramó alguno. “¿Los telediarios? –contestó el que había sugerido la idea–. ¿Para qué me sirven los telediarios? La gente no construye su visión del mundo sobre lo que dicen los telediarios, sino sobre los otros programas: los culebrones, las series, las películas, los concursos… Es ahí donde se transmiten ideas, sentimientos; no en los telediarios”.
    La lucha por el poder cultural es un clásico de la política en todos los tiempos, y lo es muy especialmente desde el primer tercio del siglo xx. Si a usted no le suena el nombre de Gramsci, haría bien en ir familiarizándose con él.
    En TVE hay dos programas de ficción, dos series, dos productos de muy buena factura, que son un perfecto ejemplo de transmisión de una visión del mundo determinada, políticamente orientada en una dirección muy concreta. Se trata de Amar en tiempos revueltos y La señora. Ambos vienen firmados por Diagonal TV, que es una casa de la factoría Endemol, controlada por Toni Cruz y Mainat, los ex componentes del grupo musical La Trinca y conspicuos representantes de la izquierda-caviar catalana.
    Los dos relatos, Amar en tiempos revueltos y La señora, tienen un mismo objetivo: reconstruir la memoria histórica de los españoles a partir de sendas narraciones ficticias. La primera pone en escena la España de la inmediata posguerra civil; la segunda, la España de los años veinte. Ambos productos destacan por una calidad técnica y artística más que aceptable. Ambos obtienen un sostenido éxito de audiencia.
    Esto es importante: no se trata de plúmbeos discursos doctrinales, sino de historias de ficción. Porque los discursos doctrinales huelen de lejos a manipulación y buena parte del público pone los pies en polvorosa en cuanto los divisa. Por el contrario, las historias de ficción permiten hacer pasar, por vía sentimental –siempre mucho más eficaz que la vía racional–, juicios y prejuicios, valores y antivalores. Así, un público que vivió la España de la posguerra desde el bando vencedor ha llegado a identificarse con la situación de los vencidos, y un público que apenas conocía la España de los años veinte ha llegado a entender que todo, absolutamente todo, justificaba los intentos de revolución proletaria de los treinta.
    ¿Legítimo? ¿Ilegítimo? En el fondo, ¿qué más da? “Sólo son relatos de ficción”, dicen los mismos que los han puesto ahí para cambiar la mentalidad de la gente. En el lado contrario del espectro político, los perjudicados por la operación siguen preocupándose por qué se dice de ellos en los telediarios. Aún no han entendido que la clave de poder cultural, de la influencia sobre las mentalidades, como decía aquel sujeto, no está en los telediarios sino en el resto de la programación.


    Miércoles

    Telebasura: hace medio siglo hubiese habido una revolución por esto


    Érase una vez un país donde la afición favorita de las masas consistía en asomarse a la ventana, a ver cómo los profesionales del cotilleo se entregaban a la feroz tarea de desollar sin pausa al prójimo. Terminada la fiesta, con los pellejos de las víctimas sobre el suelo y las manos de los cotillas rojas de sangre, el público prorrumpía en una expresión incontinente y confusa de sus sentimientos, con gritos de “viva” y “muera” mezclándose en una repugnante promiscuidad mental. Concluido el griterío, los profesionales del cotilleo saludaban al tendido; porque el griterío, en efecto, también formaba parte del espectáculo. Y el público, satisfecho, vuelve a sus rutinarios quehaceres con el ánimo repuesto y distendido. (Que nadie piense, en efecto, que la disconformidad del público afecta al desarrollo del espectáculo. Para el promotor, lo importante no es si a la gente le gusta o no, sino si la gente lo ve o no. No importa la satisfacción del público, sino la cantidad de él que se ha acumulado en los balcones. Si no entendemos esto, no entenderemos nada).
    Esto no es una pesadilla. Con frecuencia tiene uno esa impresión, la de la corrala desolladora, cuando asiste a los espectáculos de cotilleo que de un tiempo a esta parte inundan las “parrillas” de nuestros canales, y especialmente de nuestros canales “italianos”, o sea, Antena 3 y sobre todo Telecinco. Los italianos, como es sabido, vienen a España a hacer la televisión que no se les deja hacer en su país. ¿Por qué no se les deja hacer esa televisión allí? Porque allí hay leyes que protegen determinados horarios, para que la tele no deforme excesivamente a los niños y los jóvenes. Pero ¿acaso no existen esas leyes en España? Sí, existen; en España y en todos los países de Europa. La diferencia reside en que en el resto de Europa se cumplen, y en España, no. Spain City, ciudad sin ley. Si nuestros gobernantes pusieran en aplicar la legislación televisiva el mismo celo que ponen en aplicarnos multas e impuestos, nuestra televisión sería la más legal del mundo. Pero no: la tele es una de las regiones nacionales donde la ley nunca está vigente. Y así los Gobiernos dan y quitan canales, y a cambio obtienen la certidumbre de que las cadenas, gozosas con ese libertinaje ilimitado, nunca irán demasiado lejos en sus críticas, no vaya a ser que se les acabe el negocio. Es asqueroso, pero es así.
    Calamitosa coalición: el interés político y la falta de escrúpulos comercial difunden un nuevo tipo de opio del pueblo. Hace medio siglo habría habido una revolución por esto. Ahora no. Quizás es que nos han dormido ya.
    El problema de la llamada “telebasura” no es que exista; en el mundo existen el mal y el horror, la estupidez y la infamia, la zafiedad y el vicio, y sería absurdo cerrar los ojos a eso. Pero una sociedad, para construirse una imagen sana de sí misma, se ocupa en confinar tales cosas en espacios determinados. En las ciudades hay bajos fondos y barrios “hot”, y en la televisión hay, o debería haber, horarios protegidos y otros donde sí sea posible exhibir todas aquellas cosas. Así funciona el asunto en la mayor parte del mundo; no es una situación óptima, pero, al menos, hace el aire respirable. En España, por el contrario, hemos consentido que pongan los burdeles en las puertas de los colegios. Y luego, eso sí, nos quejamos, dolientes, de la “pérdida de valores”. Estúpidos.
    Sí, sí: estaba hablando de Sálvame, en Telecinco. Pero lo mismo vale para algunos otros programas.


    Jueves

    ‘Gran Hermano’: la fidelidad de tres millones de espectadores revela que algo malo nos pasa en España


    no, no es verdad que todo reality-show sea necesariamente nocivo. Es cierto que el reality, desde el momento en que pivota sobre la exhibición de la privacidad, tiende más que otros géneros televisivos a caer en lo inaceptable. Pero ha habido reality-shows bastante decentes como Operación triunfo (lo fue algún día), y esta misma semana hemos tenido en pantalla dos buenos ejemplos de programas constructivos –al menos, en su planteamiento– dentro de ese género: El aprendiz, en La Sexta, y Curso del 63, en Antena 3. Ahora bien, cuando un reality-show toma como único argumento aquella exhibición de la privacidad, sin más cobertura narrativa, entonces el espectáculo degenera. Un ejemplo perfecto es Gran hermano. Y un dato inquietante: España es el único país del mundo donde Gran hermano se prolonga año tras año manteniendo la fidelidad de tres millones de espectadores. Es evidente que algo malo nos pasa.
    Es muy interesante ver la evolución de Gran hermano. Las últimas temporadas han ido estilizando cada vez más su planteamiento hasta llegar a la destilación perfecta de los instintos más primarios, o sea, sexo y violencia. Objeción posible del lector: “El sexo sí, desde luego pero la violencia, ¿dónde está?”. Pues la violencia está en la escenificación, más aún, en la provocación del conflicto entre los concursantes; conflicto que con alguna frecuencia llega a la expresión física de la agresividad. Sexo y violencia, pues: Eros y Thanatos. Las potencias elementales, instintivas, del género humano desde la aparición del homo sapiens sapiens. No hemos progresado mucho, a decir verdad.  
    El famoso “experimento sociológico” de Mercedes Milá ha terminado conduciendo a una atmósfera de zoológico. No deja de haber algo atractivo en ello. Todos los hombres, en todos los tiempos, hemos sentido alguna vez la tentación de volver a ser como animales salvajes: abandonar nuestras inhibiciones y dar rienda suelta al instinto depredador, a la aplicación estricta del principio de supervivencia. Ahora bien, lo que es radicalmente nuevo, lo que en verdad es un acontecimiento, es que esa nostalgia secreta no apele al estado salvaje, sino al estatuto del animal doméstico, como los cerditos y las gallinitas: estar encerrado en una granja, mansamente expuesto a la visión ajena, y dedicar la vida a comer, aparearse, rodar en el barro y pelear de vez en cuando con los compañeros de encierro. Lo que Gran hermano lleva años proponiéndonos es ese retroceso degenerado, y lo que pasma no es que alguien lo proponga, sino que haya tanta gente dispuesta a vivir como cerditos en la cochiquera, y con tan manifiesta voluntad de adaptación. Es un rasgo característico de nuestro tiempo: no añoramos al lobo que una vez fuimos, sino al cerdito que desearíamos ser. Gran Cerdito.


    Viernes

    La supervivencia de ‘Saber y ganar’ es algo ciertamente inconcebible


    Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Lo decía Machado, don Antonio, el hermano de don Manuel. Como todo el mundo sabe. Igual el viejo verso ya no sirve y ha de formularse de otra manera: “Una de las dos Españas ha de secarte el cerebro”, o algo así. Dos Españas, sí. Pero, visto el asunto desde la tele, no es lo que parece. En un lado tenemos la España del cotilleo salvaje, la risotada gruesa y el grito zafio. Uno deja volar la fantasía e imagina a toda esa gente, no sólo los cotillas, sino también el público que les aplaude, en la Francia de 1793, tejiendo calceta y cantando la Carmañola mientras ruedan las cabezas de las víctimas bajo la guillotina. Pero luego está la otra; la otra España.
    ¿Cuál es? La de Saber y ganar. Ojo al asunto: estamos ante un concurso de conocimientos que se emite en la sobremesa de una cadena ultraminoritaria como es La 2. Y a despecho de habitar en medio tan hostil, este programa consigue todos los días, y especialmente los viernes, cifras de audiencia estupendas, con frecuencia por encima del 10% de share, que no pocas veces superan el millón y medio de espectadores.
    Saber y ganar: un concurso de conocimientos. Tal y como se ha puesto el patio televisivo, su supervivencia es ciertamente inconcebible. Una señora, un señor, acude ahí a responder preguntas. Quien más sepa se lleva el premio. Parece simple, ¿verdad? Sin embargo, es la atmósfera exactamente antitética de la que domina en la sociedad española, donde cualquiera pontifica sobre lo que ignora y a cuyos niños, en las escuelas, se los prepara para ser analfabetos satisfechos (y la satisfacción es casi peor que el analfabetismo). ¿Quién se refugia en Saber y ganar? ¿Quiénes son ese millón y medio de españoles que se asoman a un programa así? Que alguien los busque, los reúna y les encargue la dirección del país.


    Sábado

    ‘Física y Química’ o cómo reflejar en una serie el mundo que le gustaría a una cierta elite española


    Miscelánea: Risto Mejide. Algún día todos los telepredicadores serán así: gente que sube al púlpito elevada por el ruido ambiente, que mantiene el ruido una vez arriba y que, después, baja mientras el ruido permanece. Lo importante es el ruido. El telepredicador es transversal, multidisciplinar, le dan lo mismo churras que merinas (“churros que meninas”, como dijo aquella célebre estrella televisiva) y mezcla todo con todo en universal confusión: políticos y artistas, obispos y presentadoras pechugonas, deportistas y, por supuesto, comunicadores de la cadena rival. Para ese hombre, todo pertenece al mismo mundo. ¿Por qué? Porque el mundo del que habla no es en realidad nuestro mundo, sino el de la tele, que es un mundo propio y aparte. Alienación.
    Física o Química es en realidad una pesadilla, tiene ese aire grotesco y terrible del mundo puesto al revés. Los que parecen inacabados, adolescentes, son los profesores, con sus problemas de personalidad y sus fragilidades y sus inconsistencias. Por el contrario, los alumnos parecen individuos plenamente formados, completamente hechos en torno a un mundo de valores muy concreto que gira en torno a una visión muy naïf del principio de solidaridad y una ecuación exclusiva en las tareas sexuales. Es interesante, porque nunca se habrá visto una serie ambientada en el mundo docente donde la enseñanza importe menos que en Física o Química. La serie levantó muchas ampollas en su estreno, tanto entre padres como educadores. Antena 3, con esa chulería tan típica de las cadenas españolas, desoyó cualquier crítica y mantuvo la serie una temporada, dos, tres. No sé si realmente esto es un retrato fiel de la juventud española; lo que sí me consta es que estamos ante el mundo que le gustaría a una cierta elite intelectual española. Esa gente está volcando sus frustraciones de juventud, que ya queda muy atrás, sobre la juventud contemporánea. La operación tiene algo de criminal.
    Hay una cosa que me llama la atención en Doctor Mateo: no hay iglesias; en ese pueblo no hay iglesias. Creo que es la primera vez en la historia de la cultura española que alguien recrea el escenario de un pueblo, de una comunidad, y prescinde del referente religioso. Ya no me refiero a que el cura influya en la vida de la gente, sino, simplemente, a la presencia física de la iglesia, del edificio religioso, en el centro de la ciudad. En Doctor Mateo hay médicos y policías, hay maestros y hay putas, hay concejales y hay periodistas, hay camareros y pescadores, hay hasta un ex militar ricachón y cornudo (lo políticamente correcto obliga, y al militar siempre hay que darle lo suyo, ¿verdad?), pero no hay la menor sombra de eso que se llama religión. Típico ejemplo de serie producida por factoría progresista con subvención de gobierno socialista (asturiano, concretamente), esta versión cañí de Doctor en Alaska imagina el mundo ideal de sus promotores: el mundo post-cristiano.
    Cuando una persona es capaz de hablar del último divorcio en el mundo del couché y, acto seguido, procede a la hermenéutica del último avatar político, estamos ante un prodigio de la naturaleza que convendría cuanto antes catalogar. Telecinco los cataloga en La Noria, un programa que sirve lo mismo para un roto que para un descosido, aunque siempre rompe y descose en la misma dirección (izquierda). “Hay que opinar donde la gente escucha”, dicen los periodistas que se prestan al espectáculo. Es el tipo de argumento que, hace sólo diez años, este servidor hubiera rebatido con bélica aspereza. Pero el paso del tiempo dota a las personas de una mayor indulgencia hacia las flaquezas ajenas.


    Domingo

    Fórmula 1 o cómo ir a toda velocidad a  ninguna parte: un signo de nuestra era


    Sé que esto que voy a decir no suscitará el acuerdo de mucha gente, pero, si no lo digo, reviento: no he visto en mi vida cosa más aburrida que una retransmisión televisiva de los llamados “deportes del motor”. La primera vez que vi un partido de golf por televisión pensé que no podría haber nada más soso, pero me equivocaba: es que aún no había visto la Fórmula 1.
    Veamos: ¿Alguien puede explicarme dónde está la gracia de un espectáculo que consiste en ver cómo varios coches de carreras dan vueltas sin parar en torno a un circuito cerrado, sin ir a ningún sitio? Vueltas y más vueltas, vueltas y venga vueltas. Y sí, bueno, aparecen mujeres hermosas y alguna escena llamativa, pero eso lo podemos ver también en cualquier otro sitio. Y sin embargo, he aquí a los deportes del motor, coches y motos, convertidos en un éxito seguro de audiencia. ¿Por qué?
    Un coche de carreras lanzado a toda velocidad es más bello que la Victoria de Samotracia. Lo dijo Marinetti y pensábamos que era una exageración de esteta. ¡Quia! Un siglo después de Marinetti, las masas le han dado la razón. Y helas ahí, fascinadas, ante el espectáculo de la velocidad pura y circular, la velocidad que no va a ninguna parte. El signo de nuestra época.