Seiscientos años de persecuciones extenuantes

Jesús García [Ayuda a la Iglesia Necesitada]

Del islam al comunismo. El obispo de Banja Luka reza junto al lugar donde asesinaron a uno de los sacerdotes de su diócesis. JESÚS GARCÍA

Bosnia y Herzegovina (BiH) es un pequeño país situado en la Península de los Balcanes. Tiene el tamaño de la comunidad autónoma de Aragón y algo más de cuatro millones de habitantes. En 1992 proclamó su independencia de la antigua Yugoslavia y sufrió a cambio la agresión armada del Ejército Federal Yugoslavo. Fue seguramente el país más castigado durante las guerras que se sucedieron en los Balcanes en los últimos años del siglo xx.

En la actualidad, Bosnia y Herzegovina es un país con un entramado social que resulta complicado de entender para un extranjero. Los recovecos de un pasado difícil y doloroso han marcado profundamente a los habitantes de cada una de sus ciudades, barrios, pueblos y aldeas.

Los católicos que viven en el país son de origen croata y forman una minoría acostumbrada a sufrir. A sufrir mucho. Si se repasa la historia reciente del país, se llega fácilmente a la conclusión de que ya no deberían quedar católicos. Pero como dice el obispo auxiliar de Sarajevo, monseñor Pero Sudar, “todo lo que le ha sucedido a la Iglesia en Bosnia, no solo en los últimos diez años, sino en los últimos siglos, habría escrito su epitafio si su vida no estuviera garantizada por la voluntad divina”. Y así, con esa confianza, sobreviven siglo tras siglo, día tras día, los católicos de Bosnia y Herzegovina.

No es una exageración: de alguna manera, los católicos del siglo xxi son los supervivientes de seiscientos años de dramáticas y extenuantes persecuciones. Ha habido muchas situaciones de exclusión que en ocasiones les han conducido a la muerte. El martirio sigue siendo hoy una posibilidad muy real. La primera gran diáspora católica de los Balcanes se originó durante la época musulmana: los cuatrocientos años de dominio islámico propiciaron que toda representación católica muriese, huyera o se escondiese.

Tras la i Guerra Mundial se creó el Reino de Yugoslavia, un país que albergaba una mezcla cultural y racial inverosímil. Tan amplia variedad en tan poco espacio era producto de los grandes desplazamiento étnicos originados por siglos de guerras, posguerras, invasiones, huidas y regresos masivos de refugiados. El 6 de abril de 1941, la ciudad de Belgrado sufrió el bombardeo de la Alemania nazi, y el Reino de Yugoslavia dejó de existir.

En 1946, con la llegada al poder del mariscal Joseph Broz, Tito, se formó la última Yugoslavia conocida con ese nombre. La formaban seis repúblicas independientes (Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Macedonia y Montenegro) más dos provincias autónomas (Voijvodina y Kosovo). Convivían, por tanto, en el país personas de diferentes religiones e idiomas, gobernadas por un dictador y bajo un régimen comunista. El centro geográfico del conglomerado era Bosnia y Herzegovina.

Tras el comunismo se sucedieron la independencia de Serbia, la guerra contra Serbia, la posterior guerra contra Croacia y la propia guerra civil entre bosnios musulmanes, católicos y ortodoxos. Es decir: tres guerras diferentes, continuas, e incluso simultáneas, en apenas cuatro años. Y en medio de este país que está en medio de todos, se encuentran los católicos. Es llamativo que aún queden algunos después de que en los últimos enfrentamientos hubiese pueblos enteros que fueron “limpiados” de católicos. Sus cadáveres han sido enterrados años después, en cementerios ocupados únicamente por mártires, asesinados por su condición de católicos. Los fueron a buscar a sus casas y a sus iglesias. Los supervivientes dan un testimonio vivo de lo que sus muertos no pueden contar.

En la actualidad, son numerosos los pueblos del centro y el norte de Bosnia donde los católicos sufren discriminación, chantaje y presión para abandonar sus casas. La presencia musulmana se ve fortalecida por las fuertes sumas de dinero que entran desde los países árabes, en especial Arabia Saudí. Al mismo tiempo, las trabas que encuentra la Iglesia para desarrollar su labor y asentar su presencia son constantes. Hay un dato elocuente: desde que acabó la guerra hasta el año 2007, en Sarajevo y sus alrededores se habían construido doscientas mezquitas, por solo una iglesia católica.