Lorenzo Ghiberti, el rey Midas de la escultura florentina

Ghiberti unía como nadie el arte y la técnica. Además siempre garantizaba  la entrega de sus obras, No en plazo, pero sí con una maestría desconocida.

Ghiberti nació en 1378 en Pelago, un pequeño pueblo cercano a Florencia. Su verdadero nombre era Lorenzo di Bartolo y desde muy joven trabajó con su padre adoptivo, que era orfebre. Con quince años se trasladó a Fano, en Pésaro, para estar al servicio de la poderosa familia Malatesta, aliada de Florencia y enemiga del Papa.
La fama de Ghiberti se extendió con rapidez y en 1401 se presentó al concurso de la segunda puerta del baptisterio de Florencia. Después de obtener el permiso de su mecenas, Pandolfo III Malatesta, tuvo que enfrentarse a Jacopo della Quercia y Filippo Brunelleschi. La obra designada para el concurso fue “El sacrificio de Isaac”en la que empleó un año entero. Finalmente, su versión fue elegida y le encargaron el trabajo.
Ghiberti dedicó las siguientes dos décadas a ese trabajo, para el que debió ampliar su taller (el principal de Florencia durante medio siglo) y en el que trabajaron Donatello, Michellozzo y Uccello. La llegada de estos magníficos escultores permitió a Ghiberti realizar otros encargos. Por ejemplo, las estatuas prerrenacentistas de san Juan Bautista, san Mateo y san Esteban de la iglesia de Orsanmichele (1416-1424); la mitra del Papa Martín V (1416); los bajorrelieves de la pila bautismal de Siena (1417-1427) o las vidrieras de la catedral de Florencia, además de algunas colaboraciones con fray Angélico y el arquitecto León Bautista Alberti.
Precisamente en esos años se casó con Marsilia di Luca y tuvieron dos hijos, Tomás (1417) y Vittorio (1418), que pronto se unieron al taller de su padre.
El tiempo pasaba y el esplendor de Florencia crecía sin descanso. Por eso en 1419 la ciudad convocó otro concurso para construir la cúpula del Duomo. De nuevo fueron Ghiberti y Brunelleschi los principales candidatos, pero en esta ocasión ganó el segundo. Sin embargo, la ambición de Ghiberti era tan grande, que consiguió que les encargaran la obra a ambos.
Ghiberti conocía el carácter primario de su rival, así que se burló de los planos de Brunelleschi y extendió el rumor de que tenían graves errores de cálculo. Profundamente ofendido, Brunelleschi fingió una enfermedad para cancelar su compromiso y se fue a Roma, por lo que el proyecto quedó en manos de Ghiberti.
Sin embargo, la novedosa técnica de Brunelleschi para construir la cúpula excedía la capacidad arquitectónica de Ghiberti, que renunció por temor a que se hundiera y acabara con su fama superlativa. En 1423, Brunelleschi regresó a Florencia para terminar la maravillosa cúpula de Santa Maria del Fiore, inspiradora años más tarde de Miguel Ángel en san Pedro del Vaticano.
A partir de la década de 1430, mientras trabajaba en la Puerta del Paraíso, Ghiberti se embarcó en la experimentación de nuevas ideas artísticas. Hasta nosotros han llegado tres obras de esa época, todas en Florencia: la tumba Dati (en Santa Maria de Novella); el ataúd en bronce del obispo san Zenobio (Santa Maria del Fiore) y la urna para las reliquias de los mártires Proto, Jacinto y Nemesio (monasterio de Santa Maria degli Angioli).
En sus últimos años de vida, el artista disfrutó de sus extraordinarias rentas y se dedicó a escribir I Commentarii, una interesante obra inacabada. Los Comentarios tienen tres partes: una breve historia de antiguos teóricos del arte (como Plinio el Viejo y Vitruvio), una autobiografía –la primera que se conserva de un artista– y su tratado sobre el arte. Lorenzo Ghiberti falleció el 1 de diciembre de 1455 y fue sepultado en la basílica de la Santa Cruz de Florencia.
Con el permiso de Donatello, Ghiberti fue el escultor más grande del Quattrocento. Cinco siglos después el tiempo ha agigantado su obra.