“Hay que trabajar de lo que sea. Que hayas estudiado algo no significa que no puedas hacer otra cosa”

Texto Paula Zubiaur [Com Fil 11]fotografías Matt Kolff [Hum 12]

Cuando maría pérez moro volvió a España cerró el círculo que ella misma había abierto 52 años antes. “Estoy a gusto, no me puedo quejar. Pero el cambio fue terrible. Es que mi país es aquel, aquel es mi país. Lo que lloré cuando me fui de Venezuela no lo lloré cuando salí de España”, asegura ahora que ha regresado con su hija a la península donde nació. Por mucho que se considere “venezolana por los cuatro costados”, Maruja –como le llama todo el mundo– es madrileña. Aunque sea imposible adivinarlo.

María con menos de 20 años, y ahora, a sus 80.

“Yo soy así, soy tauro. Cuando digo eso, es eso. Un día me entró la locura y le dije a mi mamá que me quería ir a Venezuela. Por supuesto que ella no accedía, pero hablando, hablando y hablando, al final cedió. La verdad es que no fue fácil”. Su padre había muerto por una peritonitis tras pasar dos años en la cárcel –cuestiones de política– y ella era la única superviviente de cuatro hermanos. Al recordarlo, se le nubla el acento pero continúa con su historia.

“No voy a llorar –dice mientras rechaza unos pañuelos que le ha extendido alguna nieta–, no tengo por qué llorar, porque Venezuela es un país que nos recibió muy bien. Fuimos a trabajar, no a vaguear. El que emigra no llega a un país y encuentra los billetes debajo del piso –protesta refiriéndose a que el dinero no crece debajo de las piedras–; el que emigra tiene que ir dispuesto a hacer lo que sea, siempre y cuando sea digno”. “No hay nada que me moleste más que oír a la gente decir que no tiene trabajo”, se queja mientras da un golpe en la mesa. “Entiendo que no encuentren trabajo de lo suyo. Hay que trabajar de lo que sea. Porque hayas estudiado algo no significa que no puedas hacer otra cosa. Nadie debe avergonzarse si tiene que barrer. Mientras doblas el lomo, duras en cualquier lugar”, promete a sus 79 años de experiencia.

Venezuela fue entre 1947 y 1962 el principal país de destino de los españoles, de los que una media anual de 44.000 emigraron al continente americano, según recoge Roser Nicolau en Estadísticas históricas de España. Hacia la capital de ese país partió, hace ya cincuenta años, Maruja.
Con 19 años, tres vestidos, dos pares de zapatos heredados, otras dos botellas de Carlos I y un real venezolano (10 pesetas de entonces); salió hacia Caracas desde un barco que partía de Cádiz. “Era en las Navidades del año 52 al 53. Estuve ocho días en el barco, cargado de gente española y de italianos. Me puse enferma. El camarote era una porquería, sin ventilación, hacía un calor… Era un barco barato, barato”.

Cuando llegó a su destino, Caracas, gastó el real venezolano en enviar una carta a su madre. “Nunca había estado fuera de mi mamá. Hasta entonces le había ayudado a coser. Luego entregábamos los pedidos y no nos pagaban. Era un negocio redondo”, bromea lanzando una risa al aire.
Viviendo en España su madre nunca le dejó servir en ninguna casa, pero en Caracas cuidó a hijos de buenas familias. Una de ellas le prestó el dinero para que pudiera traer a su madre a Venezuela.
Juntas alquilaron un apartamento —“así le llaman allá a los pisos”— y lo convirtieron en una pensión. “Compramos camitas baratas y muebles para seis huéspedes. Dividimos el comedor con cartón piedra y una cortina bonita y pusimos una mesa grande. En medio de la pobreza nos gustaba vivir con clase”, enuncia mientras dibuja con los dedos el plano de la pensión dejando líneas huecas sobre el mantel de la mesa donde se templa el café. Recuerda la figura de su madre. “Trabajaba como una negra. Siempre digo que trabajando nadie se hace rico. De un jornal nadie se hace rico”.

Maruja trabajó diez años en el hotel Tamanaco, “el mejor hoy día en Venezuela”, primero como mesonera, luego en la caja. Ahí conoció a su marido, natural de Santander, aunque ya no viven juntos. Él se reparte el año entre el país americano y el peninsular, y ella vive en España con su hija y sus tres nietas. La vuelta de Maruja a España forma parte de una nueva etapa de emigración que se abre en el seno de su familia. La de ahora, emprendida por su hija, es el viaje que le ha traído de vuelta a su país poniendo punto final a sus 52 años de emigración en Venezuela. “Me hubiera quedado allí, pero mi madre ya había fallecido y mi hija no quería que me quedase sola. En cuanto llegué a España, me sentía como en casa”.

 

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