Cáncer: el gigante de las mil caras


La palabra cáncer engloba una multitud de enfermedades en las cuales células anormales se dividen sin control y pueden invadir otros tejidos e incluso expandirse a otras partes del cuerpo a través del torrente circulatorio y el sistema linfático. Esa capacidad para propagarse multiplica la peligrosidad de la enfermedad, y la hace incontrolable. Por eso muchas investigaciones en este campo se dirigen a evitar la temida metástasis. 

Uno de los últimos hallazgos en la detección precoz del cáncer se ha publicado en la revista PNAS. En él se describe un sistema que convierte a los glóbulos blancos en «agentes» que detectan primero y se unen después a las células cancerosas que circulan por la sangre, induciéndoles una especie de suicidio. Los resultados en laboratorio han sido todo un éxito: cuando los investigadores añadieron estas partículas a sangre humana que contenía células de cáncer de colon y de páncreas vieron cómo, solo dos horas después, estas habían desaparecido en un 95 por ciento. También lograron unos resultados muy similares cuando probaron la técnica en ratones a los que se había inyectado millones de células cancerosas.

Como es habitual, aún queda un largo trecho para trasladar este descubrimiento a las personas, pero no deja de ser una herramienta prometedora, en especial en pacientes con riesgo de metástasis. 

La localización temprana resulta vital en algunos tipos de cáncer, como el de páncreas, uno de los más resistentes a los tratamientos actuales. En esta línea, algunos investigadores de la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York idearon una «ofensiva» sorprendente uniendo la radioactividad y un tipo concreto de bacteria, la listeria: uno de los patógenos más virulentos en las infecciones alimentarias, causante de la listeriosis. Tal y como explica la revista PNAS, al recubrir la bacteria con un isótopo radioactivo tóxico para las células que están a su alrededor e inyectarlas en ratones con cáncer de páncreas, los científicos observaron cómo la bacteria se concentraba únicamente en la metástasis del tumor y la reducía en un 90 por ciento.

Esta idea de «engañar» a las células para convertirlas en «aliadas» que combatan el tumor es la base de otro trabajo con grandes posibilidades. Tomando como punto de partida el hecho de que todas las células de un mismo tejido canceroso contienen en su superficie una proteína específica, un grupo de científicos propuso reeducar el sistema inmune para que fuera capaz de detectar y destruir las células malignas. Para ello aislaron en los pacientes —dos niños con un tipo de leucemia muy grave, la  leucemia linfoblástica— las células encargadas de la respuesta inmune. Posteriormente las modificaron en el laboratorio y las volvieron a inyectar en los enfermos. La niña de siete años se recuperó muy rápido y no volvió a mostrar síntomas. También la otra paciente, una niña de diez años, pero en su caso dos meses después aparecieron nuevas células malignas diferentes de las iniciales y para las que los anticuerpos no estaban «programados». El proyecto desveló entonces la capacidad del cáncer para reproducirse y encontrar nuevos modos de expasión, aunque también puso de manifiesto la creatividad y el trabajo de los científicos para luchar contra él con armas inéditas hasta ahora.