La funesta manía de pensar

Nacho Uría [Der 95 PhD His 04]

Hombre que hace honor a su apellido, Llano posee un humor socarrón, muy cantábrico


Alejandro Llano publicó la primera parte de sus memorias, titulada Olor a yerba seca, y dos años después apareció Segunda navegación, que completa la obra. En ambos casos, se trata de una serena reflexión sobre sus vivencias. Comienza con los veraneos familiares en Asturias, tierra paterna que le marcó profundamente. Desde niño se aficionó a leer, y pronto descubrió la poesía, la Historia o el ensayo. «Ante todo —afirma— soy un lector. Lo que más me gusta en la vida es leer.»

Esa curiosidad intelectual la encauzó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde desarrolló una activa conciencia política. Alejado tanto del franquismo como de la rebelión de Mayo del 68, apostó por el reformismo democrático. Sin embargo, considera que el 68 fue un año clave: «Se trata de la única revolución que, con una inspiración marxista en sentido amplio, ha triunfado y ha producido un cambio cultural y sexual.» Pese a todo, ya entonces compartía algunas metas culturales y políticas con ese movimiento.

En la universidad consolidó su temperamento crítico y apasionado, aunque exteriormente aparezca tranquilo. De hecho, discrepaba abiertamente con algunos profesores. Se doctoró en Valencia, donde impartió las primeras clases y comenzó una larga trayectoria investigadora. En 1976 obtuvo la cátedra de Metafísica en la Autónoma de Madrid, pero pronto se trasladó a la Universidad de Navarra, de la que fue rector de 1991 a 1996.

Hombre que hace honor a su apellido, Llano posee un humor socarrón, muy cantábrico. Por ejemplo, cuando afirma con picardía: «No es cierto que las Humanidades no den para comer. Lo que no dan es para cenar». Y a continuación apunta que el desprestigio de esas disciplinas se debe al materialismo imperante. Pese a pertenecer a una familia de empresarios —o quizá por ello—, considera que la burguesía conservadora se define, sobre todo, por su mentalidad economicista. «Son marxistas sin saberlo, porque la esencia del marxismo es que todo se reduce a economía.»

Alejandro Llano siempre ha sido un pensador «en clave cristiana». Un intelectual escéptico con la derecha por su renuncia al debate ideológico, y desencantado con la izquierda por su laicismo. Se considera un socialdemócrata «peculiar» que desconfía del poder, lo ejerza el Estado —empeñado en configurar las mentes de los ciudadanos— o los mercados —entregados al lucro a cualquier precio—. Por eso critica la globalización, que considera una fusión de política y economía que suele conducir al populismo.

Alejandro Llano simpatizó con el Movimiento 15-M por lo que tenía de pasión y compromiso. Al mismo tiempo, considera el aborto como un «mal capitalista» que se fundamenta en el dominio del débil por el fuerte.

Piensa, a contracorriente, que la política es el laboratorio de la filosofía, y que bien ejercida contribuye a dinamizar la cultura. Para algunos, su inquietud por la presencia de la cultura en la esfera pública le ha vuelto pesimista. Una acusación que rechaza, alegando que aún defiende «la baza del futuro».

En síntesis, un intelectual comprometido con esa manía tan provocadora: pensar.