Evolución, creacionismo y diseño inteligente


Un desencuentro centenario. Hablar de evolución significa asomarse a una polémica que acumula un siglo de vida. El enfrentamiento más prolongado y radical lo mantienen evolucionistas y creacionistas. Entre los segundos, algunos toman al pie de la letra la Sagrada Escritura y sostienen que Dios creó el mundo en seis días y que la vida del hombre en la Tierra se remonta a unos diez mil años. Están además los partidarios del llamado “diseño inteligente”, que afirman que Dios actúa sobre el mundo, y que le atribuyen una serie de “intervenciones extraordinarias” que explicarían la complejidad de la naturaleza. El problema se complica porque no todos los defensores de una u otra opción comparten los mismos planteamientos. Por ejemplo, hay evolucionistas a ultranza que aseguran que el diseño inteligente es en el fondo una forma encubierta de creacionismo.

Dios y la evolución. En ese contexto, Francisco José Ayala cree que la teoría de la evolución es más compatible con la religión que la del diseño inteligente. Y lo explica así: “El diseño inteligente asegura que el hombre y los demás seres vivos son resultado de la creación directa de Dios. Pero eso implica que Dios es un chapucero: ¿cómo va a diseñar una mandíbula en la que no caben todas las muelas o un conducto uterino más estrecho que la cabeza del feto que debe salir por él? Millones de niños y mujeres han muerto en el momento del parto por ese problema concreto. A un ingeniero que diseñara algo así lo despedirían de inmediato”.

La selección natural. A juicio de Francisco José Ayala, los “defectos” o “carencias” del hombre actual tendrían precisamente su origen en el proceso evolutivo. “El ojo humano, por ejemplo, es imperfecto: tiene un punto ciego. Esto no lo sabe la mayoría de la gente, pero es conocido entre los oftalmólogos. Ese punto ciego tiene que ver con el recorrido del nervio óptico. Sin embargo, los calamares y los pulpos no tienen ese defecto: disponen de un ojo de cámara que no incluye puntos ciegos. ¿Ama entonces Dios más a los calamares y a los pulpos que a los humanos? El hombre actual es el resultado de un proceso de selección natural. Y la selección natural no produce nada que sea perfecto. Utiliza las mutaciones hereditarias y va incorporando a los individuos y a las especies aquellas que les ayudan a reproducirse mejor. No produce un diseño perfecto –en el sentido en el que utilizaría esas palabras un ingeniero–, sino que produce organismos que funcionan: humanos, parásitos o depredadores. Si el diseño se atribuye directamente a Dios, entonces él sería el responsable de los defectos de esos organismos. Y sería el responsable de los veinte millones de abortos espontáneos que se producen al año. Afirmar eso es una barbaridad. La evolución, en cambio, es más compatible con la existencia de Dios porque atribuye los defectos al proceso evolutivo”.