Al capitán siempre le duele la cabeza

Baltíes. El porteo trae los únicos ingresos del año para los agricultores y pastores del Baltistán.

Para cobrar doce o trece euros diarios, hay pakistaníes que se dedican a transportar cargas a siete mil metros y otros que se dedican a sestear en el campamento base. El segundo caso es el de los oficiales de enlace, militares que el Gobierno impone a las expediciones para comprobar que los montañeros escalan solo las cimas para las que tienen permiso y cumplen las normas en una región fronteriza y disputada por el enemigo indio. Los oficiales suelen aburrirse en los campamentos y habitualmente se dedican a incordiar con sus caprichos y sus quejas a los cocineros y los pinches.

De todos modos, el militar no suele permanecer mucho tiempo en el campo base. A los dos o tres días, se acerca quejoso a los montañeros y les pide una aspirina. Al día siguiente dice que le sigue doliendo la cabeza y que se siente muy mal. Los montañeros le sugieren que se marche del campamento por su bien y que baje a la ciudad de Skardú. Él quiere marcharse y ellos quieren que se marche. Todos disimulan pero todos conocen los pasos de esta ceremonia.

Y los novatos aprenden rápido. Es el caso de W., un capitán punjabí de 28 años que acompaña por primera vez a una expedición y aspira a subir con los montañeros hasta los 6.000 metros, para obtener así un diploma y una recompensa del Ejército. El capitán W. es de Lahore, una ciudad subtropical, no ha pisado jamás la nieve pero presume de cierta experiencia alpinista: una vez vio la película Límite vertical

Antes de empezar la larga marcha de aproximación, los montañeros le explican que allá arriba puede caerse a una grieta, ser aplastado por una avalancha, sufrir un edema cerebral. El amedrentamiento no era necesario: a los tres días de aburrirse en el campo base, W. pide una aspirina. Empieza la fuga.

En el campo base del Broad Peak hay seis expediciones y en menos de una semana no queda ni un solo oficial de enlace. Todos han abandonado el glaciar y se han ido a Skardú o incluso a Islamabad, donde siguen cobrando su sueldo pagado por los montañeros: cuatro veces más que los pinches, dos veces más que los cocineros y lo mismo que los porteadores de altura, a cambio de alojarse en un hotel y esperar a que los expedicionarios regresen para firmarles todos los papeles y vistos buenos que hagan falta.