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  • El clamor de la creación

    Texto: «Cuidar la Creación. Estudios sobre la encíclica Laudato si’» (EUNSA)/ Fotografía: National Aeronautics and Space Agency (NASA)

    Diez profesores de la Universidad de Navarra reflexionan sobre la segunda encíclica del Papa Francisco y apuntan algunas  soluciones para afrontar los actuales desafíos medioambientales.


    La naturaleza, refugio viviente

    «Alabado seas, mi Señor». Esta inicial referencia al Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís sitúa a la encíclica Laudato si’ en el ámbito profano y sagrado de una casa común que hemos de respetar y cultivar. Desde hace años, el magisterio de la Iglesia reclama una «conversión ecológica», junto a cientos de voces libres, urgiendo a encontrar las condiciones morales de una auténtica ecología humana. 

    El Papa Francisco advierte de los peligros de la cultura del descarte. Ya no vale el espiritualismo de quien piensa que todas estas vicisitudes no afectan para nada a su vida cristiana. La «esperanza de la tecnología», ligada a las finanzas de alcance mundial, crea un mundo en el que todo está interconectado y no existen refugios a salvo de la contaminación. Por ello, la solidaridad no es un lujo: es una necesidad.

    De hecho, vivimos abocados a esa galaxia social que denominaré «la era de la desconexión». Durante siglos, nos hemos relacionado en el marco del medioambiente. Actualmente, no solo nos hemos desconectado de ese entorno amigable, sino que casi todos nuestros intercambios con otras personas se realizan por internet o por móvil. El afecto, que ha de contar con el rostro y la corporalidad, queda sustituido por conexiones que desembocan en el anonimato. Se extiende así una sensación de soledad, de aislamiento. Esta frialdad influye también negativamente en la educación, cuando el abuso de tecnologías informáticas conduce a algo tan grave como prescindir de la comunicación personal con los maestros, los compañeros y los libros. Además, como dice el poeta T. S. Eliot en Cuatro cuartetos, una distracción nos distrae de otras, con el riesgo añadido de que las dinámicas de los medios del mundo digital no favorecen la capacidad de vivir sabiamente, de reflexionar en profundidad, de amar con generosidad. 

    «La cultura ecológica [§ 111] no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales [...] en torno a la degradación del medioambiente […]. Buscar solo un remedio técnico […] es aislar cosas que en la realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial». Mientras no consigamos superar el paradigma tecnocrático reinante, no será posible abordar con amplitud y radicalidad esta grave cuestión. Se hace urgente y necesaria una auténtica revolución cultural, en la que se advierta que la supremacía de la técnica sobre la ética equivale al dominio de la materia sobre el espíritu. Todas las personas despiertas y conscientes, y especialmente los cristianos, deben proteger sobre todo al ser humano contra la destrucción de sí mismo. 

    Ahora que los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, es en buena parte porque se han extendido los desiertos interiores. El amor personal requiere practicar un realismo esperanzado: un pensar meditativo que se abre agradecidamente a lo real. La filosofía y la poesía han reconocido, desde Platón al menos, que para entender y proteger al ser humano no basta la fría inspección: es necesaria la contemplación amorosa, un acercamiento a la persona querida que sea cognoscitivo y volitivo a un tiempo. Emerge, así, la necesidad imperiosa del cuidado, de un amor cuidadoso que se interesa por la vida del otro, porque lo considera único y parte indispensable de la propia vida.

     

    Alejandro Llano, catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Navarra.