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  • Carlistas. Un romanticismo perdurable

    Texto Francisco Javier Caspistegui [His 89, PhD 96]  Fotografía Museo del Carlismo

    Decía el hispanista Gerald Brenan que la idiosincrasia de lo español se ajusta especialmente a dos movimientos histórico-políticos: el anarquismo y el carlismo. Ambos reúnen los estereotipos más genuinos: carácter indómito, resistencia a los cambios, fiereza, autenticidad, nobleza, heroísmo y sacrificio. El fallecimiento de Carlos Hugo de Borbón-Parma, el último pretendiente carlista, ha avivado las nostalgias de una época y de un fenómeno que apenas tienen ya eco en el presente.

    —Cartel litográfico de requetés. Firmado por Arlaiz y editado por Vda. Valverde, en Rentería, a principios del siglo XX. Museo del Carlismo.

    El carlismo no se puede localizar con una partida de bautismo fechada con precisión y rigor notarial, porque su origen tiene mucho en común con otras formas similares de rechazo a las novedades que trajo consigo la Revolución Francesa en toda Europa. 

    ¿Por qué tantos europeos reaccionaron en contra de la revolución? En parte por la sensación de pérdida de referencias, por la supresión de muchas de las seguridades que habían caracterizado su mundo hasta entonces. Quienes se oponían a los cambios percibieron una sensación de naufragio, incluso aunque muchos fueran también conscientes de la necesidad de reformas. La conmoción que provocaron las novedades llevó a que el término “revolución”, dedicado especialmente a la astronomía, adquiriese un nuevo sentido político y social. Los defensores de los valores hasta entonces dominantes se vieron abocados a plantearse una respuesta y en ella surgieron grupos, voces y proclamas que llamaron a fundamentar esos principios, a expresarlos de forma tan radical, tan política y simbólica como la de sus oponentes.

    Los miguelistas en Portugal, los jacobitas en Escocia e Inglaterra, los legitimistas franceses, los movimientos anti-revolucionarios en Suiza y el Tirol o el brigantaggio, los sanfedistas y otros en la península italiana, fueron manifestaciones de un fenómeno claramente europeo y con ramificaciones en América. En este contexto internacional cabe encajar al carlismo, en la llamada “internacional blanca”, por oposición a las más conocidas internacionales socialista y comunista. Aunque la denominación está asociada a la reivindicación de Carlos María Isidro como candidato al trono español a partir de la muerte de su hermano Fernando VII, ya antes de ese momento, 1833, había aparecido la palabra carlista, carlino o similares.  

    Carlismo como respuesta armada. La protesta carlista se canalizó a través de una reclamación dinástica, pero la trascendía. El monarca encarnaba simbólicamente una reivindicación y una protesta, pero bajo la forma de una petición dinástica, se estaban invocando pautas de organización social, política y cultural muy diferentes a las que proponían los impulsores de la Revolución Francesa. En noviembre de 1833, parte de la sociedad española no descubrió un posible rey, sino que plasmó en él todo lo que se rechazaba de la parte de la sociedad que apoyaba a Isabel II.

    ¿Por qué se recurrió a la guerra? Tal vez haya que buscar la respuesta en un marco histórico donde la tolerancia y la comprensión eran aún un bien escaso, más todavía cuando lo que se discutía era la forma de percibir el mundo. Las guerras napoleónicas inauguraron un modo de lucha en el que no se trataba de vencer, sino de destruir al adversario, radicalmente equivocado. No había que capturar la bandera, rendir la resistencia y honrar al vencido: había que exterminarlo porque encarnaba el error, el mal absoluto. No en vano, señala Jordi Canal, al hablar de los liberales como “negros” estaban simbolizando un mal moral, la negrura del alma, la abyección de unos principios. En 1833 comenzó una guerra casi sin prisioneros, en la que los derrotados sabían que su destino era generalmente la muerte, como recoge Oscar Wilde en su cuento Ego te absolvo. Una guerra civil en estas condiciones hacía prever lo que ocurrió: que la crueldad fue frecuente y provocó incluso la intervención extranjera para atenuar los excesos (convenio lord Eliot, abril de 1835).

    Esta primera guerra, entre 1833 y 1839-40 fue una encarnación del principio romántico y una manifestación del componente internacional del carlismo y sus principios. Tanto en el lado carlista como en el liberal se contó con voluntarios y adheridos no tanto a la figura de uno u otro monarca como a lo que encarnaban. Al lado carlista se sumaron muchos en defensa de la tradición ya perdida en sus países. En esta guerra el carlismo estuvo presente por buena parte de España, aunque ya se definieron con claridad los que iban a ser bastiones del carlismo: País Vasco, Navarra, Cataluña y Levante-Maestrazgo, territorios en los que el dominio carlista no era completo, pero sí gozaba de un amplio respaldo social en torno a un lema ya definido: “Dios, Patria, Rey”. En él se recogían amplios ideales, poco definidos en términos ideológicos y sin un pleno desarrollo conceptual, pero muy efectivos desde el punto de vista simbólico y muy atractivos frente a la consolidación del sistema liberal. Terminada en 1839 en muchos territorios y definitivamente en 1840, esta guerra no supuso la derrota de las ideas defendidas, sino más bien un aplazamiento.

    La ocasión se presentó de nuevo en 1868, al hilo de un estallido revolucionario que reflejó en España las inquietudes que planteaba toda Europa. La diferencia es que en el resto del continente las alternativas ya no eran más que propuestas inviables, nostálgicas evocaciones de un mundo en trance de desaparición. Sin embargo, España aún encarnaba como ningún otro país europeo todos los tópicos del exotismo y la particularidad, la diferencia respecto a la norma. Y en ella el carlismo volvió a reunir a muchos partidarios que rechazaban el parlamentarismo, la secularización y los principios liberales en la economía y que vieron en el carlismo una vía para impedir su avance. 

    Frente a la amenaza que consideraban revolucionaria, planteaban una reacción que en esta ocasión buscó apoyarse en todos los elementos del cuatrilema: la defensa de la religión como eslabón principal, la reivindicación de Carlos VII como monarca tradicional frente al candidato liberal e hijo del rey italiano, criticado por haber incorporado los Estados Pontificios al reino de Italia; la defensa de los fueros frente al centralismo de un liberalismo ya consolidado y la lucha frente a las revueltas cubana y cantonal.  Más limitado geográficamente, el movimiento de los seguidores de Carlos VII cayó derrotado y la promesa de regreso del pretendiente quedó flotando sobre la localidad navarra de Valcarlos. El romanticismo que encarnaba la alternativa global al liberalismo y sus diversas formas perdió su capacidad de sustituirlo y con ella, se dejó por el camino los fueros vascos. Su reivindicación, mantenida por el carlismo tras la guerra, fue adoptada también por el naciente nacionalismo vasco.

    De alternativa a opción. A pesar de las medidas disciplinarias tomadas contra los tradicionalistas durante la posguerra, estos mantuvieron el convencimiento de perseverar. Después de muchos titubeos, decidieron utilizar el sistema parlamentario como vía para destruirlo. Los diputados carlistas se sucedieron en las Cortes procedentes especialmente de sus feudos tradicionales. La creación de círculos y agrupaciones, juntas políticas y organizaciones especializadas no hizo olvidar el recurso al levantamiento armado. El carlismo se había sumado al sistema por estrategia más que por convencimiento. Pero no todos estaban de acuerdo con esta actitud y la pugna por la ortodoxia llevó en 1888 a una profunda ruptura, de la que surgieron los integristas, opuestos a los seguidores de Carlos VII. Diferencias en torno al papel del monarca o la preeminencia del componente religioso fueron, entre otros, factores que crearon una nueva minoría tradicionalista con un importante apoyo de prensa.

    El carlismo entró en el siglo XX, por tanto, dividido. Activo, pero con menos capacidad de plantear una alternativa global. A pesar de eso, la modernidad de su organización política y social, la influencia extranjera, el recurso a una violencia centrada en objetivos concretos, más urbana que rural, más estratégica y reflexiva, mantuvieron vivo el carlismo. En 1909 falleció Carlos VII, el pretendiente que arrastró tras de sí a las masas carlistas mediante un carisma que trascendía la fidelidad dinástica. Su hijo Jaime III, menos popular, fue un hombre de su tiempo, consciente de las controversias de una época de crisis profunda en la que el carlismo volvió a dividirse a propósito de las posiciones derivadas del respaldo a los aliados o a las potencias centrales durante la I Guerra Mundial. Surgió así el mellismo, a partir de la personalidad de Vázquez de Mella, frente al jaimismo, mayoritario entre los carlistas. 

    Poco después de llegar la II República, en abril de 1931, moría Jaime III sin descendencia, por lo que la pretensión pasó a su tío, hermano de Carlos VII, Alfonso Carlos I. El escenario del nuevo régimen no era precisamente favorable a las aspiraciones de los carlistas, que eran conscientes, además, de que divididos carecían de posibilidades. Por eso, en 1932 se creaba la Comunión Tradicionalista mediante la combinación de integristas, mellistas y jaimistas, y se iniciaba la conspiración contra la República. Mantuvieron su presencia política como minoría en las Cortes de la República, mientras luchaban contra ella y buscaban armas para sus milicias, los requetés. En una Europa sacudida por la lucha entre un fascismo en ascenso y una democracia parlamentaria en crisis, todos buscaron sus posiciones. El carlismo se armó en sentido literal y figurado bajo la dirección de Manuel Fal Conde, Jefe Delegado desde 1934, que imprimió un considerable dinamismo a la organización tradicionalista e insistió en la propaganda como instrumento de expansión y fidelización. Decididos a derrocar la República, los contactos con la conspiración militar les llevaron a un callejón sin salida, incapaces de integrar sus condiciones en los planes castrenses. Finalmente se llegó a un acuerdo el 14 de julio de 1936, cuando se defendió “la salvación de la Patria” como objetivo principal. Los ideales carlistas se conectaron con los de los tradicionalistas del siglo XIX. Pío Baroja evocaba a los soldados de Zumalacárregui o a los del cura Santa Cruz al ver pasar a los requetés hacia Guipúzcoa. Esa continuidad la convirtieron en su seña de identidad, y pensaron en 1936 como en una nueva guerra carlista y, por ello, en una cruzada, como la definió tempranamente el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea.

    Vencedores y vencidos. Lo que querían que fuese una restauración de la España tradicional del “Dios, Patria, Rey”, pronto quedó frustrado por la posición que adoptó Francisco Franco. En abril de 1937 decretó la unificación de las fuerzas políticas, que suponía, en definitiva, la supresión del carlismo como fuerza independiente. La reclusión de su dirigente principal, Fal Conde, la prohibición de que Javier de Borbón Parma, regente carlista al morir Alfonso Carlos I, entrara en España, y la difuminación de los tercios de requetés en unidades militares más amplias llevó a algunos carlistas a plantearse una retirada. No se hizo, pero comenzaron a sentirse derrotados dentro de los vencedores. Para algunos, el régimen instaurado tras la guerra ya cumplía los principales objetivos del carlismo; otros, sin embargo, consideraron que era una traición. Postergados en y por el franquismo, en su organización y principios, la posguerra alimentó una creciente desilusión. Sólo a partir de los cincuenta renació la ilusión de recuperar lo perdido. La prolongación del régimen y su burocratización, la necesidad de elegir un sucesor a título de rey y los problemas económicos y sociales fueron factores que llevaron a la dirección carlista a insistir en la cuestión dinástica.

    Convencido finalmente para que asumiese la pretensión dinástica, casi de inmediato hizo acto de presencia pública su hijo Carlos Hugo, que se presentó en la manifestación anual de Montejurra de 1957. Se iniciaba así una ambiciosa operación que buscaba un acercamiento al franquismo para presentar a don Javier o a Carlos Hugo como única opción monárquica. Una estrategia arriesgada que, sin embargo, logró aumentar la presencia pública del carlismo a través de acciones espectaculares, culminadas con la boda de Carlos Hugo con la princesa Irene de Holanda, en 1964. Sin embargo, Franco tenía claro cuál era el candidato. A ello se sumó un creciente activismo social e intelectual en los sectores más jóvenes del carlismo, que bebieron en las fuentes de la inquietud de ese tiempo y las integraron en el pensamiento carlista. El concilio Vaticano II, el marxismo o los movimientos de liberación nacional llevaron a la denominada “clarificación ideológica” del carlismo. 

    La segunda mitad de los sesenta asistió a una reformulación cada vez más profunda que, entre otras cosas, llevó a sustituir la denominación Comunión Tradicionalista por la de Partido Carlista. Ese proceso dejó un rosario de defecciones, principalmente las de quienes consideraban que eso suponía una traición a la esencia del carlismo. 

    Montejurra, 1976. La radicalización aumentó con la expulsión de España de la familia Borbón-Parma y culminó con el acercamiento del carlismo al socialismo autogestionario y su oposición al franquismo. Alejados de su seno los sectores más tradicionalistas, cada vez más organizados y decididos a recuperar el carácter previo, comenzaron a organizarse. Una trágica muestra de esta división se produjo durante la conmemoración de Montejurra en 1976. Los abanderados por Sixto de Borbón Parma, con el apoyo de grupos internacionales, llamaron a la reconquista de Montejurra frente al Partido Carlista. Armados y sin oposición, dispararon contra los seguidores de Carlos Hugo y causaron dos muertos y varios heridos. La amnistía de 1977 sacó de la cárcel a los encausados por estas muertes.

    Cuando el 15 de junio de 1977 se celebraron en España elecciones generales, el Partido Carlista aún no estaba legalizado. En las elecciones de 1979, quizá debido a  sus propias contradicciones, al peso de una historia muy presente y  la competencia de una multiplicidad de fuerzas con principios y propuestas muy similares, el carlismo obtuvo unos resultados muy menguados incluso en aquellos lugares en los que había dominado. Ese mismo año, Carlos Hugo abandonó el partido, que sobrevivió con resultados electorales decrecientes en un marco que fue expulsando a las fuerzas políticas minoritarias. Por su parte, los sectores tradicionalistas buscaron una alianza para constituir una fuerza política propia, que en 1986 se encarnó en la Comunión Tradicionalista Carlista.

    Más de 175 años después de su aparición formal, el carlismo mantiene el aura de romanticismo en el seno de un mundo que no parece acogerlo con especial efusividad. Sin embargo, y a diferencia de otras muchas formaciones y movimientos, sigue presente, mostrando el que tal vez sea su rasgo más característico: su longevidad.