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  • La batalla que cambió la historia

    Texto Julia Pavón [PhD His 96]

    Si la historia de la reconquista española pudiera reducirse a un ramillete de fechas y acontecimientos destacables, qué duda cabe de que el 16 de julio de 1212, día de la victoria cristiana de las tropas comandadas por el rey de Castilla Alfonso VIII ante los almohades, sería una de ellas. Aun con todo, conviene ser cauteloso a la hora de interpretar el episodio de las Navas de Tolosa como un hito que señaló el fin de la hegemonía sarracena de Al-Andalus, ya que el reduccionismo histórico descartaría la justa evaluación del contexto, así como de los antecedentes y las consecuencias de aquel encuentro armado. 


    Al rememorar este episodio se pretende rescatar un suceso ciertamente importante para la historia peninsular, y más en concreto dentro del medievo hispánico, con el ánimo de tratar de ofrecer una visión panorámica de aquella contienda. No obstante, esta sucinta presentación de la campaña convocada por el monarca castellano ha de considerarse como el medio —a modo de aparejo—, para despertar la curiosidad de conocer y profundizar algo más en el acontecimiento. Cabe citar, en esta ocasión, las obras más recientes de Francisco García Fitz y Martín Alvira Cabrer, quienes han trabajado en los últimos años sobre la temática de la guerra y especialmente sobre esta batalla: Las Navas de Tolosa, Barcelona (2005), y Guerra e ideología en la España Medieval: cultura y actitudes históricas ante el giro de principios del siglo xiii: batalla de las Navas de Tolosa (1212) y Muret (1213), Madrid (tesis doctoral, 2000), respectivamente.

     

    La península ibérica alrededor de 1212. Para entender el enfrentamiento que tuvo lugar en verano de 1212, se requiere una visión retrospectiva de la trayectoria política hispana al menos desde finales del siglo xi.

    La caída del califato de Córdoba (1031) y la debilidad de los reinos de taifas, en los que quedó fragmentado Al-Andalus, trajeron consigo un crecimiento de los reinos cristianos del norte, al compás de los impulsos de un desarrollo a nivel continental. La fragilidad y el descrédito político de las entidades musulmanas cuajaron en el “régimen de parias”, que contribuyeron a su desgaste económico y la puesta en práctica de una estrategia de acoso territorial que a medio y largo plazo depararía importantes conquistas en el valle del Ebro y Tajo, e incursiones dentro de las tierras andalusíes. La llegada de los almorávides y la derrota de Zalaca (1086) contrajeron momentáneamente la iniciativa de las conquistas de los reinos de Castilla y Aragón. Además, al mediar la siguiente centuria, la entrada de los nuevos aires norteafricanos con los almohades (1147) y la muerte de Alfonso VII (1157) dibujaron un nuevo panorama que ensombrecía las posibilidades de dilatación cristiana más allá de las líneas de frontera. Además se pusieron en peligro las posesiones ganadas, desde el flanco más occidental, al sur del Tajo, hasta el oriental, en las cabeceras y cuencas altas del Guadalquivir y Segura.

    La desunión de Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón en la empresa de expansión, que se observa desde el último tercio del siglo xii, marcaría la tónica de la política peninsular hasta casi el mismo año de 1212. La defensa de los intereses particulares, el establecimiento de las bases fronterizas y los ajustes territoriales, así como las renovaciones nobiliarias, obligaron a diseñar una estrategia de paz con los norteafricanos, rota según las circunstancias, como en la conquista de Cuenca (1177).

    La intervención pontificia fue crucial para la unidad de los reinos. El papa Clemente III, poco después Celestino III, y por último Inocencio III fueron piezas claves, si bien en muchas ocasiones sus consejos y ruegos epistolares fueron desoídos en las cortes cristianas. Así, dentro de un contexto mediterráneo, donde habían menguado sustancialmente los Estados Latinos de Tierra Santa, se impulsó desde Roma, en una intensa actividad diplomática, el ideario de la lucha contra el infiel tras la afrenta militar de Alarcos (1195).

    Los principales actores. Al igual que las fechas, los nombres siguen formando parte del imaginario popular como hilos conductores de la Historia. De este modo, reyes y caballeros, prelados e intelectuales, cancilleres y cronistas siguen siendo importantes referentes para conocer el pasado. Sin embargo, aunque ello, lógicamente, no es así, la parquedad de las fuentes y otras razones invitan a fijarse en esta ocasión en quienes diseñaron la estrategia de este choque militar. El monarca de Castilla, Alfonso VIII (1155-1214), y Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), arzobispo de Toledo (1209-1247), fueron quienes de una manera incansable impulsaron tanto en la Península como en el resto de Europa un proyecto de enfrentamiento con los almohades tras la derrota de Alarcos. Asimismo, los otros soberanos convocados por el Papa, Pedro II de Aragón, Sancho VII el Fuerte y Alfonso IX de León —el gran ausente—, así como el noble Diego López de Haro, tuvieron un importante papel en la victoria cristiana.

    Alfonso VIII (1155-1214), hijo de Sancho III y de Blanca, hija del rey de Pamplona García el Restaurador, quedó huérfano de padre a los tres años, y vivió una difícil etapa de minoría tanto por el enfrentamiento de las familias de los Castro y Lara como por la toma de una parte sustancial de los territorios riojanos (1162-1173) a manos de Sancho VI el Sabio. Una vez que alcanzó la mayoría de edad y fue proclamado rey en las cortes de Burgos (1170), comenzó su política de recuperación del prestigio y hegemonía de Castilla. Para ello, se alió en repetidas ocasiones con Aragón para hostigar a Navarra (1179, Cazola; 1198, Calatayud), reportándole a la larga la conquista y anexión de la fachada vascongada (1198-1199). También se enfrentó a los reyes de León por cuestiones de dominio fronterizo y estratégico; sin embargo, la aparición en el horizonte andalusí de los almohades decantaría una gran parte de su actividad bélica. Casado con Leonor Plantagênet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, murió el 6 de octubre de 1214 y fue enterrado en el monasterio de las Huelgas.

    Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), por otra parte, fue uno de los más destacados eclesiásticos y diplomáticos de su tiempo. Formado inicialmente en el monasterio de Huerta, pasó más tarde a Bolonia, donde estudiaría Derecho y Filosofía, y a la Universidad de París, donde completaría sus conocimientos teológicos. Además de políglota y versado erudito, fue historiador: compuso De rebus Hispaniae. Su método, con el concurso de fuentes anteriores, y su estilo, descriptivo, se convirtieron en modelo posterior para otras crónicas. La importancia de la narración contenida sobre la batalla de las Navas de Tolosa fue decisiva, ya que doce de los quince capítulos del libro viii los dedicó a contar los sucesos desde la primavera hasta el mes de julio de 1212. 

    Pedro II el Católico (1178-1213), rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier, fue hijo de Alfonso II de Aragón y Sancha de Castilla. En conjunto, sus actuaciones de gobierno estuvieron principalmente orientadas a la participación en los asuntos del Midí francés, territorio originario de su esposa, María de Montpellier (1204), y madre de su heredero, Jaime I el Conquistador. Esta política de intervención en Occitania, cuna del movimiento cátaro, terminaría por hacer de lo más enredada la presencia aragonesa. De hecho, sus vínculos feudales acabaron por chocar contra un ejército francés protegido por el Papa, dando lugar a la excomunión del rey y poco después a su muerte en el sitio de Muret (1213). 

    Sancho VII, rey de Navarra (c. 1154-1234), vástago del monarca Sancho VI el Sabio y de su esposa, la castellana Sancha. Durante los primeros años de su reinado se perdió la fachada vascongada ante una campaña de incursión de Alfonso VIII, y con ello el acceso al mar (1198-1200). En un segundo término, y con las alianzas matrimoniales ultrapirenaicas, Navarra pasaría a formar parte progresivamente de la maraña política francesa. Murió en Tudela el 7 de abril de 1234, y se abrió un litigio por la custodia del cuerpo entre el monasterio de la Oliva, la sede tudelana y Santa María de Roncesvalles, que finalmente quedó cerrado tiempo después, cuando este último priorato recibió sus restos.

    Abu Abd Allah Muhammad Ibn Ya´qub, califa almohade (1199-1213), más conocido por Muhammad al-Nasir, el vencedor, o Miramamolín por las fuentes cristianas, era hijo de Abu Yusuf Ya´qub al-Mansur, el triunfador de Alarcos (1195). Las treguas firmadas entre los castellanos y los almohades, a comienzos del siglo xiii, mantuvieron cierta estabilidad en Al-Andalus, si bien las constantes incursiones de corto alcance, sobre tierras de Jaén y la cuenca del Segura, provocaron el malestar de los visires musulmanes. Así, al-Nasir decidió organizar un ejército, que reunió en Marrakech en febrero de 1211, cruzando el Estrecho en verano y estableciéndose en Sevilla. Muhammad murió poco tiempo después de la derrota de las Navas, en Marrakech, el 25 de diciembre de 1213.

    Diego López de Haro, señor de Vizcaya, fue alférez del monarca Alfonso VIII. Su familia tuvo su origen en Íñigo López, señor de Nájera (1076), y estuvo vinculada a los reyes de Castilla. En el momento de asumir las competencias de liderazgo familiar (c. 1170), era señor de Vizcaya, la Rioja, Bureba, Castilla la Vieja, Belorado, Pancorbo, Haro, Alcubilla, Torrecilla y otras tierras. Aunque participó en la defensa de Alarcos (1195), Diego es conocido por comandar, tras la salida de Toledo en la campaña de las Navas, la dirección del primer cuerpo del ejército, compuesto por gentes ultramontanas y del norte de Burgos. El rey, como recompensa por su ayuda, le otorgó el señorío de Durango.

    La batalla. Tras la ruptura de las últimas treguas castellano-musulmanas en 1209, el califa Abu Abd Allah Muhammad Ibn Ya´qub, Miramamolín, procedió a preparar sus ejércitos norteafricanos para una guerra a gran escala en Al-Andalus. Así, en 1211 cruzó el eEtrecho desde Marrakech, estableciéndose en Sevilla y tomando la fortificación de Salvatierra, un establecimiento estratégico en la ruta norte hacia Toledo.

    Por otro lado, el monarca castellano, Alfonso VIII, con el apoyo de la curia pontificia puso en marcha una intensa actividad diplomática con la finalidad de preparar un encuentro armado contra los sarracenos. Tras las misivas papales de 1211 y 1212 de llamamiento a una cruzada, las fuerzas cristianas procedentes de la Península y de tierras francesas se reunieron en la ciudad de Toledo a finales de primavera. Y de allí salieron el 19 de junio en dirección a los pasos de Sierra Morena, que alcanzaron poco después de un mes, dirigiéndose a continuación hacia el sur por un paso alternativo al tradicional de la Losa, ocupado por las huestes andalusíes.

    El 14 de julio, sábado, las tropas cristianas y musulmanas acamparon enfrentadas en el paraje que queda encuadrado entre la explanada de la Mesa del Rey (hispanos) y las navas de Santa Elena (andalusíes), respectivamente. Tras algunas escaramuzas durante el fin de semana, el lunes 16 de julio tuvo lugar el encuentro armado entre ambos ejércitos. Las mesnadas cristianas estaban formadas por tres cuerpos: en el centro el comandado por Alfonso VIII, en el ala derecha las huestes a las órdenes de Sancho el Fuerte, y en la izquierda las regidas por Pedro II de Aragón.

    La distribución de las tropas fue la siguiente: las milicias castellanas tenían a la cabeza a Diego López de Haro con su hijo y sobrino y sus vasallos, en una de cuyas columnas figuraba Gonzalo Núñez con sus hidalgos, los templarios con su maestre Gómez Ramírez, los sanjuanistas con su prior Gutiérrez Ramírez, así como los de Uclés y Calatrava. El ala izquierda, a cargo del rey aragonés, estaba a su vez dividida en tres líneas, dirigidas por García Romero, Jimen Cornel y Aznar Pardo. Engrosaban sus filas también concejos castellanos y un haz colateral compuesto por nobles aragoneses. Sancho de Navarra condujo el ala derecha con sus doscientos caballeros, según la carta que poco después le dirigió Alfonso VIII al Papa, y las milicias de los concejos de Segovia, Ávila y Medina del Campo.

    Del lado almohade, el ejército se estableció con un dispositivo cerrado de infantería situado en la retaguardia, sobre el cerro de los Olivares. Delante de este, se situó el grueso de los combatientes custodiados por una vanguardia y una retaguardia. A derecha e izquierda de este cuerpo central se colocaron dos alas compuestas por caballería ligera árabe. La unidad de retaguardia o centro de mando era reconocible porque ahí se levantaba la tienda roja del califa, rodeada, a modo defensivo, por los esclavos negros de su guardia personal. Estos contaban con unas lanzas clavadas en la tierra y en posición de ataque hacia delante. Asimismo, contaba con el refuerzo de tiradores con arco. Este cuadro de mando protegido se protegía a su vez por unas estacas, unidas por cadenas.

    Las huestes castellanas de vanguardia, dirigidas por Diego López de Haro, tomaron la iniciativa, bajando de la Mesa del Rey. Apenas encontraron resistencia en la línea de vanguardia y en los núcleos de los altozanos contiguos, si bien al encontrarse con el grueso central del ejército almohade ante el cerro de los Olivares comenzaron los apuros. El rey de Aragón acudió en su socorro con las milicias concejiles, que al parecer no estuvieron a la altura. Por ello, el rey castellano decidió movilizar sus tropas en la retaguardia y lanzar un nuevo ataque, al que se sumó el de los monarcas aragonés y navarro. Esta fuerza de choque no pudo ser contenida por los musulmanes, cuyo califa al-Nasir huyó, provocando la desbandada y la toma del palenque por parte de los cristianos. Al caer la tarde, las tropas cristianas se instalaron sobre el campamento enemigo.

    Las consecuencias más inmediatas de la contienda se ciñeron al saqueo del campamento almohade y al pillaje de todo tipo de objetos por el palenque, que intentó frenar el arzobispo de Toledo: ropajes y objetos preciados, armas y animales, destacando el pendón que se conserva en el monasterio de las Huelgas de Burgos. Y en cuanto a las ganancias territoriales, el miércoles 18 se tomaron los castillos de Vilches, Baños, Tolosa y El Ferral, cuyos defensores fueron pasados a cuchillo. Dos días después, desguarnecidas las posiciones musulmanas, se pudo tomar Baeza y Úbeda, gracias a la pericia de los caballeros aragoneses al minar una de las torres de su fortaleza.

    Las condiciones de escasa higiene, el calor del verano y la parca alimentación acabaron por incidir en el ejército, de manera que se manifestó una disentería o pestilencia, mermando la continuación de la campaña. De esta forma comenzó la retirada hacia Toledo, abandonando cualquier conquista sobre los territorios del alto Guadalquivir. 

     

    La batalla, 800 años después. Las efemérides históricas, que recuerdan hechos destacados de los anales de la Historia, rara vez generan debates profundos y de impacto social. En muchas ocasiones, las aportaciones de los especialistas en la materia —nutridas por el riguroso conocimiento de las fuentes históricas y por la tradición historiográfica— quedan acalladas por las tradiciones de la memoria colectiva, empeñada en seguir aireando las leyendas populares. Por tanto, el debate científico, desdibujado ante las vaguedades de la opinión pública, apenas genera respuestas profundas ante preguntas tales como ¿qué puede aportar hoy el rescate y conocimiento de aquellos acontecimientos?, ¿qué relación podríamos establecer de las Navas de Tolosa con el presente? 

    Superada en los umbrales del siglo xxi la veta ciceroniana de la Historia como magistra vitae, conceptos como musulmanes y cristianos, califas y reyes, bula de cruzada y yihad —por poner un ejemplo—, se convierten en algo más que en simples realidades de corte erudito. La materia histórica abre así la oportunidad de aprender, dentro de un amplio contexto, la evolución de los procesos históricos occidentales, pero también comprender críticamente el pasado y el mundo actual. Se da, con ello, un paso más allá de la mera identificación, estudio y asimilación de un episodio más de la Reconquista, con sus lógicas glosas legendarias. La Historia, así, se articula, entre otras cosas, en un conocimiento formativo, permitiendo la potenciación del razonamiento lógico y de los saberes humanísticos. Y, en suma, nos hace copartícipes del ser histórico, como una mirada introspectiva más que ajena ante aquel enfrentamiento pasado entre el Islam y la Cristiandad Occidental.