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  • Así se desactivó la tercera guerra mundial

    Texto Cristina Graell Santacana [Com 13]

    Hace cincuenta años, la llamada Crisis de los Misiles puso al mundo al borde de un enfrentamiento nuclear que habría tenido consecuencias devastadoras. La magnanimidad y la perspicacia de kennedy y kruschev evitaron las hostilidades. Los expertos creen que sólo Irán podría desencadenar hoy una crisis de esa envergadura.

    Bando EE.UU. Gente en unos grandes almacenes de Los Ángeles mira por TV al presidente Kenedy anunciando el bloqueo de Cuba durante la crisis de los misiles. Octubre, 1962.

    El 22 de octubre de 1962 podría haber sido una fecha anodina del calendario, pero la importancia de aquella jornada no tiene tanto que ver con lo que ocurrió —que no fue mucho—, como con lo que pudo haber ocurrido. Hay un titular de The New York Times que revela el alcance de lo que se decidió en aquellas semanas inciertas de las que ahora se cumplen cincuenta años: “Kennedy, listo para la confrontación con los soviéticos”. La frase entrecomillada se publicó solo unas horas después de que el presidente de los Estados Unidos, a través de la radio y la televisión, alertara a su país de que el enemigo comunista les estaba apuntando desde la vecina Cuba con varios misiles nucleares.

    Hoy casi nadie tiene dudas de que las decisiones que se tomaron aquel 22 de  octubre de 1962 salvaron al mundo de una tercera guerra mundial. Durante unas horas, la supervivencia del planeta dependió en buena medida de los pasos que dio John Fitzgerald Kennedy. Fueron dos semanas decisivas para la historia de un siglo xx cargado de vencedores y vencidos, de enfrentamientos y provocaciones. La llamada “Crisis de los Misiles” no fue un episodio más de la Guerra Fría: durante aquellos trece días, el mundo contuvo la respiración, consciente de que cualquier paso en falso podía desencadenar una espiral nuclear de consecuencias incalculables.

    Un mundo dividido en bloques. En el mundo soviético, la tensión fue menor, seguramente porque el desconocimiento de lo que ocurría era mayor. No parece probable que Pravda, el diario oficial del régimen comunista, proporcionara demasiados detalles sobre la crisis. Algunos de los millones de ciudadanos que vivían al otro lado del Telón de Acero quizá intuyeron la gravedad de los hechos gracias a las emisiones de Radio Liberty, una iniciativa que la CIA —a través del Comité Americano para la Liberación— había puesto en marcha para “ayudar a los pueblos oprimidos de la Unión Soviética a recuperar un gobierno democrático en su país”.  

    Las ondas radiofónicas eran de hecho uno de los pocos medios para atravesar el Telón de Acero. Radio Liberty emitió durante años desde una estación situada en la playa de Pals, en Girona. Allí se lanzaban hacia los Urales mensajes anticomunistas que pretendían deshacer la incomunicación de la resignada sociedad soviética. Curiosamente, algunos vecinos de Pals llegaron a inquietarse por los grandes mástiles de la emisora, y hasta circuló el rumor de que las instalaciones ocultaban rampas de lanzamiento de misiles.

    Pero los misiles no estaban en Girona, sino en Cuba, donde un avión U2 obtuvo las fotografías que activaron la crisis nuclear. La isla solo llevaba tres años sometida al régimen comunista que había impuesto un Fidel Castro apenas llegado de Sierra Maestra, pero se había convertido ya en un inmejorable aliado de la causa soviética. La URSS dependía entonces de Nikita Kruschev —presidente del Consejo de Ministros desde 1958—, que había llegado a denunciar las purgas perpetradas por Stalin, pero que seguía viendo a Estados Unidos como su principal enemigo. Y Cuba era una plataforma perfecta para intimidar a los norteamericanos. Los dos bloques acumulaban entonces unos arsenales relativamente homogéneos, y los iban moviendo por el ajedrez planetario que se había configurado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La potencia nuclear de ambos sistemas era suficiente para destruir varios planetas como la Tierra, por lo que cualquier hostilidad podía resultar definitiva, por no decir apocalíptica.

    Es verdad que en 1945 se había creado la ONU y que esta asumió el compromiso de evitar los sufrimientos “a la humanidad de las próximas generaciones”, pero entre las 51 naciones que formaban parte de ella se encontraban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos, y no parecía nada fácil que llegaran a un acuerdo.

     

    La película de los hechos. Hasta aquel mes de octubre de hace medio siglo, la guerra había sido fría o se había librado en algunos países remotos de África o Asia. Sin embargo, por decirlo con palabras del propio Kennedy, la transformación de Cuba en una base estratégica constituía “una amenaza explícita para la paz y la seguridad de las Américas”. 

    Cuando en medio de la crisis un reportero preguntó al presidente de los Estados Unidos si era consciente de que la existencia de misiles nucleares en Cuba podía desencadenar el enfrentamiento “decisivo” contra la URSS, Kennedy respondió, con total seguridad, que no le preocupaban las amenazas, y que estaba dispuesto a adoptar las medidas “precisas”.

    Miguel Lluch, doctor en Teología e Historia, profesor de la Universidad de Navarra y experto en la ‘era Kennedy’, asegura que con el material nuclear del que disponían ambas potencias, cualquier guerra sería la última: “Después ya no quedaría nada más por destruir. Cuba era una pieza pequeña dentro del gran puzzle de la Guerra Fría. Pero estaba tan cerca de Estados Unidos, que era como una pistola apuntando a la cara de los norteamericanos”. 

    Por eso fueron tan cruciales las medidas que fue adoptando Kennedy según avanzaban los acontecimientos. La primera fue precisamente la del permiso que concedió el 9 de octubre de 1962 para que un avión espía U2 sobrevolara la Cuba de Castro. Sin embargo, el aparato no pudo hacerlo hasta una semana después por problemas meteorológicos. El 14 de octubre, un domingo soleado y sin nubes, el aparato despegó hacia la zona occidental de la isla y fotografió lo que podrían ser bases de lanzamiento de proyectiles rusos tipo SAM.  

    Dos días después, ya reveladas y examinadas las imágenes, el consejero de Seguridad Nacional, McGeorge Bundy, interrumpió a primera hora de la mañana la lectura del periódico a un presidente Kennedy algo cansado con la preparación de las elecciones en el Senado. Fue seguramente en ese instante cuando empezó propiamente una de las crisis más peligrosas de la Historia.

    Las imágenes no dejaban lugar a dudas: el propio presidente llegó a decir que las siluetas de los misiles en la base de San Cristóbal eran tan claras “como las de varias pelotas de fútbol en un terreno de juego”. Theodore C. Sorensen, consejero y asesor especial de Kennedy durante su presidencia, explica en el libro que escribió sobre aquella época que la presencia de los misiles rusos violaba la promesa de Nikita Kruschev. Este había asegurado el mes de agosto anterior que su gente no ocuparía Cuba, que la URSS no deseaba intervenir en la política de Estados Unidos, y que las medidas de seguridad que tomaban tan solo eran de carácter defensivo. Las fotos revelaban una contradicción flagrante: los misiles estaban en Cuba, eran soviéticos, tenían carácter ofensivo y podían alcanzar un blanco situado a 1.100 millas náuticas. En otras palabras: Washington, Dallas, Cabo Cañaveral o San Luis eran candidatos a un ataque de consecuencias pavorosas. 

    La Casa Blanca elaboró varias hipótesis sobre la presencia de los misiles: podían ser únicamente un instrumento de chantaje, una trampa, una garantía para defender la Cuba comunista de Fidel Castro o un simple alarde de potencia nuclear. 

    Álvaro Ferrary, director del Departamento de Historia de la Universidad de Navarra, señala que la Guerra Fría fue una lucha para obtener el poder global y un papel hegemónico a nivel mundial. Sin embargo, cree que en la crisis de los misiles no hubo, por parte de los soviéticos, un intento de provocar una situación de conflicto. “Los misiles estaban allí para proteger Cuba”. Meses antes Estados Unidos había intentado invadir la isla desembarcando en la bahía de Cochinos.  

    En cuanto a las estrategias de ambos países, Ferrary afirma que se trató de un juego a ciegas: “Ni los norteamericanos sabían nada de los planes de Moscú, ni viceversa. Había analistas que intentaban interpretar palabras, gestos… Pero al final se trataba de adivinar lo que el adversario iba a hacer, sin conocer con absoluta seguridad los motivos de sus actos”. No se sabía, en efecto, si los misiles se habían montado en Cuba para defender o para atacar, pero sí parecía claro que Moscú pretendía sorprender de algún modo a los americanos en aquel noviembre de hace medio siglo.

     

    La cuarentena. Uno de los que escuchó con atención la comparecencia del presidente Kennedy fue Ricard Estarriol, que vivía en Viena, casi a la sombra del Telón de Acero. Era entonces un joven periodista —había nacido en Girona en 1937— y trabajaba como freelance o, por utilizar sus propias palabras, como “periodista ambulante”. Después se convertiría en un experto corresponsal de Europa Press y de La Vanguardia en la Europa del Este. Viena albergaba el Centro Internacional de Prensa y era la única ciudad en la que se podían encontrar contactos del “otro lado” del Telón, además de analistas de la guerra fría, según cuenta Estarriol. Él estaba suscrito a una agencia austriaca de noticias y cuando recibió la noticia de un conflicto entre Kennedy y Kruschev se encontraba con un grupo de estudiantes de Periodismo con el que mantenía debates y críticas sobre libros. Fue a ellos a quienes les comunicó en primer lugar lo ocurrido. Recuerda que en aquellas fechas todos vivían también con expectación el inicio de las sesiones del Concilio Vaticano II. 

    Eran aquellos unos años en los que cualquier extranjero podía resultar sospechoso en un país de Centroeuropa. A Estarriol, de hecho, le interrogaban de vez en cuando para comprobar que no era un espía de Franco, algo que le divertía mucho.  

    También recuerda de entonces una noticia sobre alguien que sí fue espía de verdad, y que, antes de que el U2 tomara las fotos que desataron la crisis, ya había advertido a Kennedy de que Kruschev estaba instalando misiles nucleares en Cuba y de que era perfectamente capaz de iniciar una guerra nuclear. El ruso Oleg Penkovski era un coronel de la Inteligencia Militar Soviética. Pasó pruebas reales a la Casa Blanca sobre la situación de los misiles de Cuba, proveyendo de planos y descripciones a la inteligencia estadounidense. A partir de ese material, los especialistas empezaron a trabajar en la identificación de los proyectiles, ya que las fotografías tomadas por los aviones espía eran de baja resolución. 

    Oleg Penkovski fue arrestado por el KGB –la agencia de inteligencia soviética– el mismo día que Kennedy anunciaba al mundo lo que él le había comunicado días antes. Lo mataron el año siguiente, una vez juzgado y condenado por espionaje.

    Hubo incontables reuniones en aquellas horas. Sorensen lo cuenta en su libro dedicado al presidente Kennedy: “Mis recuerdos de las noventa y seis horas que siguieron [al anuncio de la amenaza soviética] son una película confusa de sesiones y conferencias secretas a todas horas: por la mañana, por la tarde, y aun por la noche (…). En ningún otro período, estando al servicio de la Casa Blanca, me llegué a despertar, como entonces me ocurriera, a media noche, revisando las deliberaciones de la tarde anterior y tratando de ensamblar entre las opiniones divergentes una línea de acción coherente. (…) Esta era la primera confrontación nuclear, diferente a todo lo acontecido en la historia de nuestro planeta”.

    Había que ejecutar un plan y se barajaron varias opciones: desde no hacer nada, hasta recurrir a la presión diplomática o al acercamiento a Castro. También se plantearon las opciones de iniciar un bloqueo, de desencadenar un ataque aéreo o, incluso, de arriesgarse a una invasión. 

    Además de la presión ocasionada por la pluralidad de opiniones por parte del Congreso, Kennedy también temía que alguno de sus países aliados se adelantara con una solución distinta de la norteamericana, y que la crisis acabara en guerra. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Álvaro Ferrary considera que el entonces presidente de Estados Unidos actuó como un verdadero líder, demostrando que estaba dotado de gran resolución. Se impuso a los halcones y a los altos cargos del Pentágono, que ya tenían gran experiencia, a la vez que supo combinar flexibilidad y calma con enorme firmeza. Además, Francisco Javier Pérez Latre, profesor de la Universidad de Navarra y experto en Empresa Informativa y Estructura de la Información, recuerda que la política de JFK también estuvo unida a una nueva perspectiva de la comunicación: durante la campaña que le condujo a la presidencia y durante su breve mandato, el líder del país más poderoso del mundo estaba estrenando la era de la televisión.

    Después de muchas cábalas, la decisión del presidente y de su equipo fue la de aplicar una cuarentena a todos aquellos buques de cualquier nacionalidad que se dirigieran hacia Cuba: quedaba prohibido el paso de cualquier barco, y serían retenidos aquellos que llevasen armamento ofensivo. Además, Kennedy decidió reforzar la vigilancia militar en la isla.

     

    La tensión nuclear. Kennedy había anunciado que el lanzamiento de un proyectil nuclear desde Cuba supondría, de forma inmediata, “una adecuada respuesta de represalia contra la URSS”. La postura norteamericana, por tanto, pretendió evitar el riesgo de una guerra mundial, pero sin renunciar a afrontar posibles peligros. La idea del bloqueo ilustraba bien ese planteamiento y enseguida fue apoyada por los gobiernos de Alemania Federal y Reino Unido, y por la Organización de los Estados Americanos (OEA).

    Ahora bien: ¿qué pasaría si los soviéticos trataban de violar el bloqueo o no detenían sus buques? La incertidumbre y el miedo se extendieron por todo el mundo. El temor alcanzó dimensiones planetarias, como se puede comprobar en un repaso somero de la hemeroteca. Incluso en Pamplona, una modesta ciudad de provincias, un grupo de estudiantes de la recién erigida Universidad de Navarra se manifestó por las calles para hacer público su apoyo a Kennedy. Sin embargo, Ricard Estarriol explica que, paradójicamente, en Europa se respiraba una gran confianza hacia los americanos: “Si los rusos les amenazaban, era seguro que los estadounidenses sabrían cómo detenerlos. Los americanos habían ayudado a Europa occidental, y en Europa sabíamos que los rusos no tenían una técnica muy perfeccionada. A pesar de que causaban mucho ruido, los barcos se les estropeaban, no tenían puntería, y el ejército no era tan poderoso como el de la potencia occidental”.  

    Pero Ferrary insiste en que el riesgo de una guerra nuclear fue real: “Encontrar una salida honorable, que pudiera satisfacer a las dos partes, no era una cuestión sencilla. Hubo nervios, tanto en el Kremlin como en la Casa Blanca, y momentos en los que se pensaba que la situación se descontrolaba. Los mecanismos de poder eran muy grandes y la rivalidad, enorme. Fue el momento con mayores probabilidades de que se desatara un ataque mundial mutuo y, por tanto, una destrucción catastrófica del planeta”.

    Kennedy demostró firmeza con el bloqueo, y la respuesta de Kruschev fue también rotunda: “No ordenaré a nuestros barcos que se desvíen”. Y anunció además a los Estados Unidos que, si hundían un barco soviético, estallaría la guerra. 

    Mientras los buques comunistas se seguían acercando a Cuba, se abrió otro frente en la crisis cuando Estados Unidos solicitó en la ONU el desmantelamiento de los misiles soviéticos. El embajador americano era Adlai Stevenson, y el soviético, Valerian Zorin. El primero deshizo el aparente escepticismo del segundo cuando mostró las fotografías tomadas por el U2 en una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU. El secretario general, U Thant, propuso un aplazamiento del bloqueo, que fue respaldado por Kruschev, que quería ganar tiempo para acabar de enviar los misiles a Cuba. Aumentaba la tensión porque Kennedy rechazó la propuesta. Simultáneamente, en la capital de los Estados Unidos se celebraba una manifestación contra el bloqueo y a favor de que se solucionara el conflicto manu militari.

    Mientras, el Concilio Vaticano II también seguía avanzando. Tres días después del llamamiento de Kennedy a la nación, el 25 de octubre, el papa Juan XXIII pedía a las dos potencias que no permanecieran sordas ante la angustia de la Humanidad.

    Las cosas empezaron a encarrilarse al día siguiente, 26 de octubre, cuando ambos países pactaron una solución diplomática para reducir la tensión que agitaba el mapamundi. La propuesta de Kruschev fue desmantelar los misiles de Cuba si Estados Unidos se comprometía a no invadir la isla y a no apoyar invasiones de terceros. También exigió a Kennedy que se retiraran los misiles Júpiter que los norteamericanos tenían en Turquía. A cambio, el presidente de Estados Unidos pidió al líder ruso que fuera él quien diese el primer paso. Mientras se prolongaba ese cruce de propuestas, un barco soviético llegó a la zona en cuarentena y —ya el 27 de octubre— un avión U2 fue derribado en territorio cubano por un proyectil SAM. El aparato se encontraba sobrevolando la isla en tareas de espionaje. La respuesta a ese ataque fue seguramente uno de los momentos clave de la crisis: Kennedy efectuó un “re-aviso”: si volvía a producirse un incidente de esas características, los soviéticos podían esperar represalias.

    Pero estas, afortunadamente, ya no hicieron falta. El 29 de octubre de 1962 cayó en domingo. Sorensen recuerda que encendió la radio nada más despertarse, como llevaba haciendo todos los días de aquella intensísima semana. Supo así que Kruschev acababa de enviar una carta desde Moscú confirmando que aceptaba, sin más vacilación, las condiciones que el presidente de Estados Unidos le había planteado. “Se retirarían de Cuba los cohetes —cuenta en su relato de aquellos días—. Iba a permitirse la inspección. Terminaba el enfrentamiento. (…) El presidente se había ganado un puesto en la Historia por esta sola intervención”.

     

    Vencedores sin derrotar. Dice Ricard Estarriol que el hecho de que Kennedy se declarara indefenso ante el enemigo permitió que las negociaciones arrancaran con un valor pacífico, y no desde un primer golpe atómico: “Kennedy logró evitar las armas, calmar los ánimos y no ceder en nada”. Por su parte, Ferrary piensa que es probable que Kruschev se sorprendiera ante la firmeza que presentó Estados Unidos en el transcurso de la crisis. A su juicio, quizá desde la URSS se intentó “probar” a la potencia “enemiga” sin tener muy claras las consecuencias que podía deparar la agresión inicial. Pero añade que hubo ciertos momentos en los que tampoco Kennedy controlaba la situación. Miguel Lluch considera que los norteamericanos lograron una victoria sin herir ni humillar a los rusos. Lo contrario —dice— podría haber puesto en marcha una espiral de autodestrucción. Sorensen aclara que Kennedy demostró tener madera de líder, pero no solo por su carisma o su atractivo personal: se manejó “con gran resolución” y supo marcar los tiempos para actuar con la rapidez que el caso exigía, pero sin verse obligado “a ceder y a dar la impresión de debilidad”. Tanto Ferrary como Lluch destacan que Kruschev también fue responsable de la paz al aceptar el acuerdo que le propuso su homólogo estadounidense.

    Óscar Elía, analista en el área del pensamiento político, y editor y jefe de opinión de la empresa Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), sintetiza en tres puntos el modo en el que se resolvió la crisis de los misiles: “En primer lugar, pese a la enorme hostilidad ideológica y el objetivo de inclinar la balanza a un lado, los dos países hablaban, al menos, el mismo idioma estratégico en cuanto a fines y medios se refiere”. “En segundo lugar —continúa Elía—, el mundo se encontraba cristalizado en dos bloques homogéneos y alineados con las dos potencias, con unas reglas predecibles y conocidas, y Kruschev sabía que las violaba en Cuba. En tercer y último lugar, ni soviéticos ni americanos estaban dispuestos a llegar a un intercambio de misiles apocalíptico: la retirada de los barcos rusos mostró que no cargarían sobre su conciencia con la Tercera Guerra Mundial… Es decir, había un sistema internacional bien definido y limitado, donde la URSS y los Estados Unidos se podían,  pese a todo, poner de acuerdo, y los dos países compartían su rechazo al uso a gran escala de armas nucleares”.

    Como colofón, el pacto Kennedy-Kruschev también aportó una ventaja a la Cuba de Castro: Estados Unidos se comprometía a no intentar ocupar la isla. A este respecto, Ignacio Uría, doctor en Historia de América y profesor de la Universidad de Navarra, precisa que ese pacto mantuvo su vigencia hasta la presidencia de Jimmy Carter, aunque añade que, con el paso de los años, los norteamericanos perdieron interés en Cuba, ya que habían neutralizado su importancia geoestratégica con la retirada de los misiles soviéticos. Les pesaban además sus fracasos en la guerra del Vietnam y la oposición de la opinión pública, que probablemente recibiría muy mal una invasión de Cuba. Por otra parte, la creciente influencia de China en el sudeste asiático, las continuas tensiones en torno al Muro de Berlín o la invasión de Checoslovaquia en 1968 desviaron la atención hacia otras zonas del planeta.

     

    Cincuenta años después. Parece claro que la actitud y las decisiones que tomaron Kennedy y Kruschev hace medio siglo contribuyeron a evitar una tercera guerra mundial. Ahora bien, ¿se sabría superar con éxito en 2012 una crisis de esa envergadura? Miguel Lluch confía en que sí, aunque advierte de que ahora, a diferencia de lo que ocurría hace medio siglo con los soviéticos y los americanos, Occidente se puede estar enfrentando a un enemigo al que ni siquiera conoce. “En el caso del terrorismo mundial no puedes dirigirte a ningún responsable para reclamar nada. Por el contrario, durante los años de la Guerra Fría, los presidentes de ambos países sí sabían a quién pedir cuentas”. 

    Ya no existen países enfrentados. Hoy los ataques provienen de alguien que no tiene cara, que con frecuencia es ilocalizable, que carece de instituciones, de uniformes o de banderas, que funciona en espacios y con identidades inciertas. “Cuando el enemigo cambia —añade Lluch—, tienes que adaptarte para defenderte de él: un país tiene que adquirir una capacidad defensiva”. 

    Ferrary considera que en la actualidad hay planteada una crisis cuyo futuro puede depender de los próximos meses, que serán decisivos para que se resuelva con o sin armas. Como hace medio siglo, una de las partes implicadas es Occidente, personalizado en los Estados Unidos. De todos modos, Norteamérica ya no es el país mitificado de los años cincuenta o sesenta del siglo xx: hoy Europa mira con cierto escepticismo su devenir y su política.

    Oscar Elía divide en tres grupos las potencias mundiales de la actualidad. En el primero —explica— se encuentran aquellas democracias occidentales que han renunciado expresamente al empleo de armas nucleares: Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Israel… Todas ellas son asimilables a la América de 1962. El segundo bloque lo forman aquellas democracias integradas en la comunidad internacional, que, aunque se muestran más agresivas, repiten en lo sustancial el esquema disuasorio de la Guerra Fría: China, Rusia, Pakistán o India. Manteniendo la analogía, a ellas les correspondería el papel de la Rusia de Kruschev. Pero —continúa Elía— hay un tercer grupo que trastoca cualquier paralelismo con el año 1962, y que encabeza Irán. “El gran problema nuclear es Irán”, asegura.

     

    La amenaza de Irán. Oscar Elía sostiene que el problema de Irán proviene en primer lugar del discurso apocalíptico de su régimen, de sus amenazas nucleares hacia Israel y de su tradición militar del “martirio”, ya puesto en práctica en la guerra con Irak. Esta actitud, añade, hace difícil un equilibrio nuclear “racional” como el de 1962. En segundo lugar, “Irán juega a la guerra asimétrica, con sus milicias en Irak, con Hamás o Hezbolah, lo que rompe con la personificación del Estado propia de la disuasión”. Por otro lado —explica Elía—hay una dispersión del poder internacional, con nuevas potencias regionales. En ese contexto, Irán buscará su propio bloque, pero no lo logrará más que con la fuerza, sacudiendo la región. “De hecho, provocará que Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, Turquía, Egipto y otros países se nuclearicen. Serán muchos países, dictatoriales e inestables, cada uno con sus propios objetivos, sin cadenas de mando fiables, en un mundo disperso y sin las reglas de 1962. Por tanto, no sólo con Irán no será posible algo parecido a 1962, sino que, si logra la bomba, el efecto dominó cambiará cualquier equilibrio predecible. Algo parecido ocurrirá si el islamismo se hace con Pakistán. No se podrá repetir un 1962, lo que significa que una guerra nuclear será más posible a partir de ahora que lo que lo fue en el siglo xx”.

    María Teresa Laporte, profesora de Comunicación Política Internacional en la Universidad de Navarra, confirma el peligro iraní: “La única situación relativamente semejante a la de 1962 —aunque solo relativamente, ya que las circunstancias actuales son muy distintas a las de la Guerra Fría— se podría dar en el caso de una amenaza por parte de Irán o de Siria”. Pero añade que hoy el mundo está en condiciones de evitar la crisis a través de la negociación política, si ésta se desarrolla entre gobiernos legítimos. “El riesgo real —señala— se plantearía en el caso de que las negociaciones hubiera que desarrollarlas con grupos terroristas que pudieran acceder al control de esas armas: el marco de diálogo desaparece y la potencial negociación se reduce. Si la negociación se desarrolla con los gobiernos de Irán o Siria, hay que contar con que su posición no sería muy fuerte, ya que ambos tienen una importante presión procedente de su entorno, como la Liga Árabe, o la de su propia población, la oposición disidente”.

    Ricard Estarriol añade a las anteriores una diferencia “esencial” entre el mundo de 2012 y el de hace medio siglo: una figura como la de Kennedy: “Hoy ya no quedan muchos líderes que actúen según unos principios políticos razonables y siguiendo la ley natural. Hay pocos políticos que se puedan comparar con él”.