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  • Antonio López, el buen momento de un genio

    Texto Sonsoles Gutiérrez [Com 04] Fotografía Manuel Castells [Com 87]

    Toda la historia del arte alienta de algún modo sus pinceles cuando se enfrenta a un lienzo en blanco. Por eso sus bodegones, sus cabezas de corte clásico o sus vistas de la Gran Vía madrileña son mucho más que una exhibición de destreza, de técnica o de paciencia. En sus obras late un deseo de verdad, seguramente porque él siente la responsabilidad de “rescatar” la belleza que va descubriendo a su alrededor.


    La exposición retrospectiva de Antonio López que se ha celebrado en el Thyssen este verano se abría con unas cabezas de corte clásico, al estilo griego, que el artista esculpió cuando era joven. Enseguida, en las siguientes salas, aparecen sus cuadros de interiores domésticos, con neveras o lavabos y, sobre todo, sus vistas de Madrid. Son tablas grandes, a veces de varias piezas, donde Antonio López ha pintado a escala, con minuciosidad fotográfica, la panorámica desde una terraza o a pie de calle, desde una mediana de la Gran Vía. 

    Algunos de esos cuadros están inacabados, e incluyen anotaciones a lápiz sobre el día y la hora de trabajo, o pequeñas reglas para ajustar la escala de los edificios. Dos visitantes con rasgos orientales se acercan más al cuadro para leer esas anotaciones, y muestran su asombro por la precisión de las figuras. Su asombro es en realidad el eco de otro asombro, muy anterior en el tiempo, que es el que experimentó el pintor cuando era un niño y su tío le puso a dibujar en la cocina de la casa familiar en Tomelloso (Ciudad Real). 

     

    Los inicios. Aquel tío, Antonio López Torres, fue su primer apoyo, “el fundamental”. Han pasado más de sesenta años, pero Antonio López –el sobrino– todavía se conmueve cuando habla de él: “Fue una persona creada por la naturaleza o por Dios para crear desde la pintura. De vez en cuando nace alguien así, alguien destinado para algo concreto, de una manera muy definida y muy... superdotada. Y él lo era para pintar. Le mirabas, y decías: esto es un pintor”. De esas miradas cargadas de admiración probablemente surgió el deseo de imitarle, de compartir el mismo mundo.

    Antonio López era el sobrino de mayor edad y hacia los doce años, según cuenta él mismo, empezó a dibujar unas reproducciones de pinturas del siglo xix que había encontrado en una revista. El resultado fue muy alabado por la familia, salvo por su tío, que lo veía dibujar, pero que no le decía nada. “Yo creo que me dejaba hacer, que esperaba”, recuerda. Su interés por el dibujo fue creciendo y en junio de 1949 su tío debió de considerar que había llegado el momento de ocuparse de aquel artista en ciernes: “Me dijo que esas copias que hacía y que tanto me gustaban no eran lo que tenía que hacer, que debía trabajar directamente del natural”. Y en la casa de los abuelos, en una cocinilla que daba a un gran corral, el tío colocó contra la pared un motivo parecido a los que él mismo pintaba por entonces: una pequeña mesa de madera sin barnizar, con patas de tijera y con el tablero semicubierto por un paño blanco. Puso encima un puchero de barro, una cebolla partida y un pan grande, redondo, rasgado con una cruz, al que le faltaba un trozo, le dio una hoja de papel de bloc y le pidió que lo dibujara. “Lo encajé en el papel con facilidad, y eso me sorprendió”. Aquella capacidad recién descubierta es la misma que sigue despertando el asombro de quienes admiran sus cuadros.

    Después de aquellos primeros pasos en el dibujo, su tío colocó un lienzo sobre un bastidor, le entregó unos pinceles y una paleta con los colores alineados –en el mismo orden que sigue utilizando hoy–, y le invitó a pintar, a trabajar ya con color.

    Antonio López se manejaba con destreza e interés, y en su casa se planteó la posibilidad de que fuera a Madrid a estudiar Bellas Artes. Fue un paso decisivo en su trayectoria. En la capital coincidió además con un grupo de artistas con los que acabó formando una suerte de generación: Julio López, Lucio Muñoz, Amalia Avia... Esos cinco años de formación le sirvieron para hacerse como artista, y para encontrar a María Moreno, Mari, la mujer, también pintora, con la que comparte su vida desde entonces. El matrimonio tiene dos hijas, María y Carmen, que aparecen de niñas en unas cuantas esculturas y pinturas de la exposición del Thyssen. Precisamente una de ellas, María, es la comisaria de la muestra.

    Antonio López no tardó en ser reconocido. A su talento se une una manera de ser y de estar que indudablemente facilitaba su conexión con la gente. Gracias a esa fama creciente, los encargos fueron ganando en cantidad e importancia. Uno de ellos fue un busto de Miguel Delibes. Los estudios previos les hicieron coincidir en algunas ocasiones. No muchas, pero suficientes para reconocerse, y para que el escritor vallisoletano pudiese admirar a la vez la persona y la obra de Antonio López, “su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía”.

     

    El taller. Puede decirse con toda propiedad que Antonio López es un maestro, pero ningún maestro lo es de verdad si no tiene alumnos y discípulos. Él los ha tenido en la Academia de Bellas Artes y todavía hoy, cumplidos los 75, reserva parte de su tiempo para participar en talleres donde un grupo de pintores, profesionales o aficionados, aprenden de su oficio. En Pamplona, desde hace seis años, es ya una tradición que imparta, junto con Juan José Aquerreta y José María Mezquita, un taller de pintura que se celebra en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra. Este año, el trabajo de la exposición de Madrid ha añadido más esfuerzo –y más cansancio– a Antonio y a Mari. La preocupación por reunir todas las obras, trasladarlas... pero ninguno de los dos ha renunciado a viajar a Pamplona. 

    Si la obra de Antonio López se disfruta a la vista, observarle orientando las inquietudes y los pinceles de un grupo de aprendices es un auténtico goce. El taller dura cinco días y empieza con una visita al mercado, donde Antonio, Juan José y José María recorren varios puestos para seleccionar las verduras, frutas o piezas de carne con las que después compondrán los bodegones. El aula se parece a un pequeño bosque de caballetes, y el aire huele a disolvente y pintura. Antonio y Mari se pasean por separado entre los lienzos. De vez en cuando se paran ante algún cuadro, comentan algo, y, si alguien les llama, aceleran el paso. El maestro da instrucciones a unos y otros con naturalidad y confianza. “Acércate más”, le sugiere a uno, y él mismo le mueve el caballete, preguntando antes si molesta a alguno de los de alrededor.

    En un momento dado, entabla con un tercero una conversación larga y sugerente, ambos sentados en la tarima, bajo el encerado. “Tú pregúntame lo que quieras –le dice al final–, no vaya a ser que lo que yo te diga no sea lo principal que tú necesitas. Y fíjate en ese tomate”.

    Con otro charla acerca del mundo del arte: “Hay que descontaminar, hay que descongestionar. Este mundo nuestro es excesivo por todas partes”.

    Antonio busca una silla para Mari: “Mira, ven. Si te cansas, siéntate aquí”. Y ella se sienta. Tiene los ojos verdes, la piel clara y las pupilas muy pequeñitas. Cerca de donde está sentada, hay una alumna con la que Mari comenta la dificultad de componer un cuadro, de adecuar las proporciones, la profundidad de las líneas: “Lo más importante es colocar las cosas, luego darles el volumen –resume– . El dibujo es fundamental, se puede rectificar, pero una vez que se introduce el color, si las formas no están bien hechas, no hay marcha atrás. El momento de dar el color es un misterio, hay que hacerlo en el momento preciso. Si se dibuja demasiado, no se puede dar el color después, y si no hay suficiente dibujo, tampoco”.

    El nivel, la formación y las capacidades de los 35 alumnos son muy diferentes, y es difícil aventurar qué puede aprender cada uno. Sin embargo, el planteamiento de Antonio López se aleja de las expectativas concretas: “Lo bueno que se lleve cada uno pueden ser cosas seguramente inesperadas. Un taller como este es un lugar donde pueden ocurrir cosas. Con generosidad, los promotores lo permiten, y después, cada uno de nosotros contribuimos de una determinada manera. Se supone que todos salimos incorporando algo positivo. No solamente ellos, también nosotros, pero nunca sabes muy bien qué es, si es un rostro que te ha gustado, unas palabras, unos gestos, o un cuadro que, a pesar de que lo ha hecho una persona no profesional, tiene un destello de algo verdadero... Son cosas que no puedes prever. Siempre pasan esas cosas. Eso sí es verdad. Siempre pasa algo”.

     

    Las incertidumbres. Esa última reflexión de Antonio López sobre el bagaje que se llevarán del taller de Pamplona los alumnos y los profesores –“siempre pasa algo”– confirma la característica que se atribuye a los buenos maestros: siempre están dispuestos a aprender algo. Él es un artista y por eso su vida transcurre frecuentemente así, entre incertidumbres y sorpresas. Cuando le concedieron el Premio Velázquez en 2006, Antonio López llevaba ya más de medio siglo pintando, y en el discurso aludió así al balance de esos años: “Entré en la pintura como en un jardín, y pronto percibí que el jardín era un bosque, prodigioso, arriesgado. He vivido este largo recorrido con entrega, a veces con zozobra. A esta aventura he dedicado con gusto mi tiempo, he encontrado a la mejor gente y he construido mi vida afectiva y profesional”.

    Así se mueve el artista, entre la sorpresa, lo inesperado… lo que se le escapa, lo que le supera. Con ese equipaje escaso de certezas, se lanza a explorar, a buscar respuestas para las inquietudes propias y ajenas. A falta de brújula, en el mejor de los casos dispone de una inclinación a la verdad, a lo bello, a lo bueno. No cabe hablar de algo más consistente ahora que las reglas han saltado por los aires: “No se sabe muy bien en qué reside –explica Antonio López–, cada uno de nosotros lo percibe, de una manera muy individual, muy personal. Sientes la sensación, como al mirar un rostro, de que ese rostro emana verdad. Es una percepción, a veces irracional, porque no reside en que el cuadro sea grande o pequeño, que esté más acabado o menos, ni que se parezca a esto o a lo otro. Surge. Es como algo muy inesperado, milagroso. De tal manera que, a veces, la persona que ha conseguido eso no tiene tampoco mucha conciencia y no lo podría repetir. No lo podría repetir porque no consiste tampoco en una fórmula, sino que es una disposición... preparar todo de manera que eso sea posible”.

    Son pocos los que logran adaptarse a la falta de seguridad, al miedo a no recibir los apoyos que desea, y a las dudas. En una ocasión, a Antonio López le aconsejaron –se resiste a decir quién– que no expusiera sus dudas, que eso le hacía vulnerable. “No he sido capaz de seguir ese consejo”. Defiende la necesidad de vencer el miedo a manifestar las propias dudas, y lo ilustra con un ejemplo: el médico que le atiende a él y a Mari se ha ganado su confianza por cómo les trata, porque cuando no sabe algo dice “no lo sé”, y por su cara, que es la de una persona mayor. 

    En la vida y en el arte se puede tener miedo a no recibir... pero también a no dar. A no responder a lo que esperan de uno. “Preferiría estar callado”, confiesa el pintor, que siente, sin embargo, la responsabilidad de hablar, de atender a lo que se le pide, de ayudar, de acompañar. Así que termina hablando donde y con quien le piden. Con paciencia benedictina, atiende el taller, una entrevista, una mesa redonda… No le gusta hablar, pero, una vez que lo hace, sus palabras suenan convencidas. Una chica, estudiante de Bellas Artes, le plantea en una mesa redonda la dificultad para exponer: “Primero busca una galería –le responde–. Los museos no son para los que están empezando. Y si en tu ciudad no hay una galería, para eso están los trenes: vete”.

     

    Acercarse al artista. No siempre resulta fácil entrar en ese espacio de creatividad, y acercarse a plantear preguntas, o sencillamente, mostrar admiración. A veces es el propio Antonio López el que acumula dudas o se plantea interrogantes. ¿Qué ocurre entonces?, ¿qué pasa cuando es el artista el que se siente en la necesidad de interpelar a otro artista al que admira? Él mismo lo describió en el obituario que publicó El País tras la muerte de Francis Bacon, en 1992. En él contaba su encuentro en Londres, en 1973, durante la inauguración de una exposición de pintores españoles: “Tenía (Bacon) la dignidad de quien se manifiesta tal como es sin arrogancia y sin temor. Yo pensaba: este hombre ha descendido a lo más infernal y lo tengo aquí delante. Tenía un sentido del humor y una vulnerabilidad desarmantes. Nadie en este siglo ha pintado el horror, la fascinación y la miseria de la carne con tanta intensidad, desprecio por el convencionalismo y crudeza”. Con un texto tan breve como aquel, Antonio López dejaba asomar un talento igual de auténtico y certero para la escritura, actividad, que, sin embargo, apenas cultiva: “Escribo poco, porque me cuesta mucho, y me da mucha pereza, pero si me pongo... sí, salen cosas. Tengo cosas que decir... Todo el mundo tiene cosas que decir, y si te pones a ello, siempre sale algo. Casi siempre son textos breves y por encargo. Y me gusta hacerlo. Bueno, no me gusta hacerlo, pero cuando lo hago, me gusta verlo hecho, y siempre pienso que tenía que hacerlo más. Eso se puede decir de muchísima gente. Todos estamos muy absortos en tareas que también nos absorben mucho, y parece que no lo puedes hacer todo. Es como ser alcalde. Hay gente que podía ser buen alcalde, pero nunca lo va a ser”.

    Él también podría dedicarse a escribir, pero el caso es que lo suyo es pintar. Pintar y esculpir. Admite que, en alguna ocasión se ha llegado a sentir “impuro” por no haber estado del todo centrado mientras trabajaba. Recuerda que su tío le dijo en una ocasión que él “no se acordaba de nadie” cuando se ponía a pintar. “A mí, sin embargo, me pasa toda la Historia del Arte por la cabeza”. Tampoco consigue pensar en otra cosa si está preocupado por algo. Pero lo que no hace nunca es abandonar la tarea: “Cuando llevo un tiempo sin pintar mi vida empeora”, confiesa.

     

    El arte antiguo y el arte actual. Antonio López no reniega del tiempo que le ha tocado en suerte, ni se muestra nostálgico de otras épocas, pero tiene claro qué cosas convendría recuperar: “Me encanta el arte antiguo porque convivía con la gente, estaba en mitad de sus calles, de sus vidas. En el siglo xx se perdió eso”.

    Es inevitable que, buscando unas cosas, se pierdan otras. El hombre moderno mejoró en conocimiento, en medios para desarrollarse a sí mismo y a su entorno, pero esos avances no fueron gratuitos. Para Antonio López, se perdió la cercanía con cosas “muy profundas”, “muy grandes”, “muy fascinadoras, como lo básico de la naturaleza: el sol, la luna, el aire, el agua... Y se perdió además un sentimiento trascendente de la vida. Los artistas creaban obras que les situaban entre los otros hombres, la sociedad lo pedía, y el artista obedecía a ese mandato”. 

    A la vez, se siente privilegiado de haber vivido eso “un poquito, al final de mi vida”, gracias a obras como la Mujer de Coslada, o las cabezas de bebé monumentales que reciben a los viajeros en la estación de Atocha (Noche y Día). Son dos representaciones, en bronce, de la cabeza de su nieta Carmen dormida y despierta. Está encantado con ellas, y de vez en cuando se pasea por allí para verlas: “Si tengo la suerte de que la sociedad me dé nuevas oportunidades, voy a disfrutar muchísimo. Si eso vuelve un poco, va a estar muy bien. Es bueno que la gente pueda disfrutar de esas obras en la calle. Les mejoraría la vida”. La pregunta es casi obligatoria: ¿en qué?, ¿qué pueden aportar las obras de arte a la sociedad, a la gente de la calle? Él lo explica de manera muy clara: “Si son buenas, mucho. Todo lo bueno aporta mucho a la sociedad. A lo mejor no a toda. Es como el aire limpio. Son cosas sanas, que como los buenos alimentos, aportan cosas buenas”.

     

    La conexión con el público. Esa percepción desigual que la sociedad tiene de las obras de arte remite a otro aspecto insoslayable: la conexión del artista con el público, un lazo que el arte contemporáneo parece haber deshecho en algunos momentos. Antonio López cree que la dificultad el arte contemporáneo no ha sido algo buscado. A su juicio, quizá resulte difícil de entender por la sencilla razón de que ha tratado de reflejar algo muy íntimo, opuesto al academicismo de épocas anteriores: “Había que purificar la morralla de los siglos xviii y xix, y en el deseo de purificar se ha hecho algo más cerrado. Crea trampas, incomprensiones e injusticias... pero tendrá que ser así. Ahí hemos llegado”. Él cree que el arte antiguo tiene más “puntos de penetración”, a diferencia del contemporáneo, en el que “hace falta conocimiento para disfrutarlo”.

    Es verdad que el arte de Antonio López es “fácil” de disfrutar. Pero sería demasiado simple, o peor que simple, injusto, creer que su conexión con el gran público se debe a su decidida apuesta por la figuración. Lo bueno –lo mejor– de sus obras no es que sean reconocibles, ni tampoco el efecto tan fuerte con el que consigue recrear un espacio. Lo realmente definitivo son su nobleza y su audacia creativas. Antonio Muñoz Molina lo resumió en una ocasión en unas pocas frases: “En una cultura obsesionada por la beatería de la modernidad, por la ortodoxia de lo nuevo y último, Antonio López García lleva muchos años soportando con ecuanimidad irónica el malentendido del realismo, del acabado artesanal, la condescendencia que en países muy provincianos se reserva para lo que es calificado de autóctono. Pero lo que hace original y grande a Antonio López no es su dominio formidable de las técnicas de la representación visual, sino su decisión y su capacidad de enfrentarse a cuerpo limpio al desafío del tiempo”.

    La profesora y crítica de arte contemporáneo Teresa Ortega Coca solía explicar a sus alumnos la pintura de Cézanne diciendo que lo que representaba el maestro francés en sus bodegones no era, por poner un ejemplo, una manzana, sino “la manzanez de la manzana”. De la misma manera, lo que Antonio López pinta, con un estilo diferente al de Cézanne, es algo más que una instantánea de la Gran Vía: es lo que permanece destilado desde hace cien años, y lo que permanecerá por otros tantos, el alma de la mítica avenida madrileña sin coches, sin peatones, sin referencias que pudieran entorpecer ese afán de eternidad. 

    Ni siquiera importa que Madrid no le guste demasiado; el rechazo personal a una realidad no la excluye de la mirada del artista, de hecho, no son pocas las ocasiones en que el arte cumple la misión de acercarse a lo que otros no quieren ver, de poner luz donde presiden las sombras: “La obligación mayor del arte es como la de un termómetro: se lo pones a alguien para ver cómo se encuentra. No hay que engañar. Ahora este mundo es muy negro, parece muy luminoso, pero es muy oscuro. A lo mejor siempre lo ha sido, pero parece que en otras épocas ha habido un deseo colectivo de expresar lo luminoso, o lo amable, por lo menos. Ahora no se quiere ser amable, nadie quiere ser amable, no tiene ningún prestigio y parece que al arte se le ha destinado desde hace ya cien años la tarea de describir, de diagnosticar la enfermedad, los fallos, las debilidades del hombre”.

    Con todo, Antonio López no cree que el arte deba detenerse únicamente en los aspectos agradables de la realidad. “El arte en general –insiste– busca la verdad”. “¿Y qué es la verdad?”, se pregunta él mismo, como Pilatos hace dos mil años. Y se atreve a ensayar una respuesta: “Cuando alguien está mintiendo, lo notas. Pero cuando alguien está diciendo la verdad, no siempre lo notas. Se trata de provocar esa situación, de invitar a despojarse de cosas, de maquillajes... Es una invitación a eso”.

    La exposición del Thyssen se abría con unas cabezas... y se cerraba con otras. Las cabezas griegas de la primera sala sirvieron a Antonio López para dar sus primeros pasos como artista. Y las cabezas que aparecían al final son las de sus nietos. En distintos formatos y tamaños, pintadas, talladas, con y sin color… son probablemente un canto al buen momento que vive el artista. Puede echar la vista atrás con satisfacción, ha hecho lo que sabía hacer, y lo ha hecho bien: “Hay cosas que se pueden salvar, hay cosas hermosas, inocentes, y limpias. Indudablemente es así. Si no, el mundo no duraba ni una semana. Yo trato de rescatarlas, porque yo quiero salvarme también”.


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    Categorías: Arte