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  • La antesala de la libertad

    Texto Ujué Lorente García [Com 12]

    La Ley General Penitenciaria establece que el objetivo de las prisiones es la reinserción social y la reeducación de los condenados. En Las cárceles españolas conviven actualmente unos 73.000 reclusos, pero es difícil precisar cuántos están en condiciones de rehacer su vida. En algunas prisiones se han creado los llamados “módulos de respeto”, que constituyen una apuesta decidida por la reintegración: en ellos se prepara a algunos internos para su regreso a la sociedad. Estas páginas son la crónica de dos días en el interior de uno de esos módulos.


    Miguel tiene 25 años y viste pantalón corto azul y camiseta negra. Está preso desde hace nueve meses, y hace unos días su abogado le comunicó que existe la posibilidad de que pueda salir en libertad bajo fianza dentro de unas pocas semanas. “Estoy en prisión preventiva y haber podido entrar aquí es todo un lujo”, explica este joven, a quien se le acusa de intento de homicidio.

    Cuando Miguel dice “aquí” se refiere al Módulo de Respeto (MdR), un programa penitenciario en el que los presos ingresan voluntariamente y en el que se comprometen a respetar unas normas que mejoran la convivencia. “Entré en la cárcel el 28 de diciembre de 2010 por un cúmulo de circunstancias desafortunadas. Una noche yo estaba de fiesta con mis amigos, en Burgos. Surgió una pelea con uno de mis amigos en la puerta del bar en el que estábamos y salí en su ayuda. Al intentar mediar recibí un puñetazo. Me levanté del suelo y, con la única intención de defenderme, empujé a mi agresor. Tuvo la mala fortuna de que se resbaló y se golpeó la cabeza. Como consecuencia del golpe, el chico permanece en coma, con secuelas probablemente irreversibles”, confiesa apesadumbrado Miguel. “Soy el vivo ejemplo de cómo una persona que no bebe, no se droga y trabaja de cocinero puede acabar en la cárcel”, añade, con la mirada perdida en las fotos que cubren las paredes de su celda y que le ayudan a no perder el contacto con la realidad. 

    “Cuando ingresé en el MdR —prosigue— se me cayeron todos los prejuicios sobre una prisión. En las películas el ambiente carcelario se muestra de una forma hostil e incluso sórdida y en parte puede parecerse a lo que ocurre realmente en las cárceles. Sin embargo, en el módulo la convivencia es distinta y está completamente normalizada. Me está permitiendo mantener hábitos deportivos saludables, vivir pacíficamente y no adquirir malas costumbres”.

    Según cuenta, lo que más angustia le producía era el momento en el que su madre fuese a verle a la cárcel: “Cada tres meses, pueden venir tres familiares a visitarnos al módulo, siempre y cuando hayamos respetado las normas de convivencia del contrato. Hace unas semanas vinieron mi madre, mi novia y mi hermana, con las que solo había hablado por teléfono desde que entré. Las tres se quedaron muy tranquilas al ver las condiciones en las que vivo”.

    “En otra ocasión hicimos un torneo de baloncesto en la cárcel y vinieron mis antiguos compañeros de equipo, entre ellos mi hermano, para jugar un partido”, comenta emocionado mientras observa el montón de cartas que hay sobre el escritorio de la celda, todas ellas de su familia y amigos. “El apoyo que estoy recibiendo es espectacular y fundamental. La comprensión es muy grande desde mis jefes y compañeros de trabajo hasta los más cercanos”, explica Miguel

    Para este cocinero, el momento más duro es la noche, cuando entra en su celda y escucha con dolor el sonido de los tres cerrojos que cierra el funcionario: “Pienso entonces en lo que ha sucedido, y recuerdo momentos con mis amigos, con mi novia o con la familia. También aprovecho para contestar a todas las cartas que recibo. Cuando me meto a la cama, ya no tengo nada con que distraerme. La oscuridad del futuro juicio intento combatirla pensando en que todavía me guardan el trabajo en el hotel”. “Casi siempre acabo llorando”, confiesa.

     

    Prepararse para la libertad. Miguel es uno de los 590 presos de la  cárcel de Burgos, todos hombres. Solo 82 disfrutan del MdR. El director del centro penitenciario señala que la inclusión del interno en el programa es voluntaria, aunque es la administración penitenciaria la que decide qué presos pueden incorporarse a él. El ingreso lleva implícita la aceptación de las normas de módulo. “Regulan desde el área personal hasta el área de actividades”, explica el director, que dirige la prisión desde hace tres años. Los reclusos firman un contrato por el que se comprometen a cumplir estas estrictas normas de convivencia a cambio de obtener unos privilegios con respecto al resto de internos. El contrato obliga también a participar en el trabajo de los talleres.

    La iniciativa de los módulos de respeto se puso en marcha en 2001 en la prisión de Mansilla de las Mulas, en León, con el objetivo de conseguir un clima de convivencia homologable en cuanto a normas, valores, hábitos y formas de interacción al de cualquier colectivo social normalizado. “Tras ocho años de funcionamiento del módulo, y teniendo en cuenta los resultados positivos, apostamos por el modelo en nuestro centro”, explica el subdirector de Seguridad de la prisión de Burgos. “La andadura de este MdR comenzó en 2009 con el propósito de servir para la reinserción y la reeducación de los internos”, afirma este miembro de dirección, que trabaja en el centro desde hace 26 años. “La Ley General Penitenciaria pretende que el penado no sea un ser eliminado de la sociedad sino una persona que continúa formando parte de la misma, incluso como miembro activo. Está sometido a un régimen jurídico, motivado por su comportamiento antisocial anterior y encaminado a preparar su vuelta a la vida libre en las mejores condiciones para ejercitar socialmente su libertad”, aclara  Alejandro, educador del centro desde hace 9 años. 

    El módulo funciona de forma completamente independiente respecto al resto de la prisión. Dispone de una galería, tiene su propio economato y cuenta con biblioteca, comedor y patio. “Los internos no tienen contacto con el resto de presos, aunque la normativa en cuanto a controles, cacheos y requisas es la misma para todos los reclusos de la cárcel”, explica Eva, la educadora del Módulo de Respeto de Burgos. “Quienes nos encargamos del programa somos profesionales, funcionarios del Ministerio del Interior. Pero los propios internos también son responsables del funcionamiento: todas las semanas celebran una asamblea para evaluar la marcha del módulo, sin nuestra presencia”, continúa explicando la educadora. De hecho, el MdR está dirigido por un presidente y un secretario, ambos internos del programa. El actual presidente es un recluso de 36 años: “Me encargo de hacer distintas instancias para solicitar salidas y actividades que me proponen en la asamblea. También adjudico las celdas a los compañeros en función de sus preferencias”, aclara sobre sus funciones. Fue elegido hace un año a propuesta de la Institución y avalado por el voto del resto de compañeros. También hay una comisión de bienvenida encargada de explicar a los nuevos integrantes del programa las condiciones y su funcionamiento.

    “Aquí es donde mejor se vive dentro de la cárcel —explica el presidente del MdR—.  Todos estamos muy contentos, el trato con los funcionarios es excelente y muy humano”.

     

    Un día normal La jornada comienza en el módulo a las 7.45 horas, cuando los reclusos se levantan. Quince minutos más tarde se realiza el primer recuento. Todavía permanecen en sus celdas hasta las 8.15, en que pueden abandonar el chabolo, dejándolo, eso sí, en perfecto estado de orden y limpieza. Bajan entonces a desayunar. Al terminar, los internos responsables del comedor lo limpian. “Después tenemos la reunión, que es uno de los momentos más importantes del día. Allí comentamos nuestros problemas con los educadores y programamos las actividades. Es muy importante que respetemos los turnos de palabra, todos tenemos que estar sentados y no podemos fumar”, explica el presidente, a quien le quedan seis años de una condena por tráfico de drogas. Confía en pasar ese tiempo en el MdR de Burgos. Tras la reunión comienzan su actividad: unos van al gimnasio, otros hacen manualidades con papel, con madera o con hilo. Algunos acuden a la biblioteca o a la escuela, o asisten a charlas, proyecciones o conferencias. “El libro más leído es el Código Penal aunque está excluido de préstamo”, apunta el interno responsable de la biblioteca, mientras coloca los libros sobre la balda. “Leemos sobre todo libros de historia, épicos y bélicos”. 

    Algunos reclusos prefieren trabajar para obtener un pequeño salario con el que pagar sus escasos gastos en la prisión o mandar dinero a sus familias. Es es el caso de Jon, un hombre de 55 años que está condenado por tráfico de drogas. En la cárcel de Burgos la corporación Mondragón suministra material eléctrico con el que los presos montan los circuitos de los electrodomésticos Fagor. También Seat elabora retrovisores en las mismas circunstancias laborales. “Ahora con la crisis se nota que la gente compra menos frigoríficos”, asegura Jon, que trabaja desde hace meses para el grupo vasco. “Antes había 54 trabajadores y ahora solo estamos 30”, añade este preso, al que le quedan muy pocos días para salir en libertad. 

    A las 11.oo horas tienen el descanso de la actividad: muchos de ellos toman café en el economato para reanudar media hora más tarde otra tarea que finaliza cuando llega el momento de comer. “En esta cárcel se come muy bien, aunque la comida no es como la de casa porque se hace para mucha más gente. Lo que siempre va a la basura es el pescado”, explica un recluso de 51 años, encargado del economato, mientras sirve un café por la ventanilla a otro compañero. “Tenemos que utilizar bien los cubiertos, vestir de manera adecuada y no podemos hacer bromas ni juegos con la comida”, cuenta este preso, al que le quedan seis meses de prisión.

    Antes de comer, todos los internos deben estar en las puerta de sus celdas para un nuevo recuento. Después disponen de una hora libre para tomar café, charlar con sus compañeros o echarse la siesta antes de hacer hora y media de deporte. Finalizado este, tienen una nueva actividad antes de cenar a las 19.30. A las  20.30 horas suben a las celdas hasta el día siguiente, con la excepción de los de la limpieza de sala y galerías.

    En la comisión de bienvenida del MdR está El Gallego, un narcotraficante de 50 años que lleva diez en prisión. “He pasado por nueve cárceles distintas y la de Burgos es la mejor. No solo porque está cerca de Galicia, sino por cómo se vive”, dice este hombre de pelo canoso y ojos azules. “Yo me encargo de explicar a los nuevos internos el funcionamiento del MdR y de presentarles al resto de compañeros”, añade, mientras pasea por la galería. El Gallego acaba de volver de permiso: ha estado seis días en Galicia junto con su familia, a la que echa mucho de menos. “Lo peor de estar aquí es no poder ver a mis seres queridos y la falta de libertad. Procuramos estar todo el día ocupados para no pensar. En los ratos sin actividad aprovechamos para leer en las celdas o charlar con otros compañeros”, explica este condenado a 21 años de prisión.

     

    Excursión a las huelgas. El Módulo de Respeto también permite que algunos presos, elegidos siempre por los funcionarios, realicen actividades fuera del recinto penitenciario, como premio a su buen comportamiento. Hace unas semanas, por ejemplo, siete presos visitaron el Monasterio de las Huelgas. A las 10.00 horas salieron andando de la prisión acompañados por dos educadores y el monitor deportivo. Todos ellos se mostraban entusiasmados por la visita, especialmente Mohamed, un marroquí de 25 años que salía por primera vez a la calle después de tres años en prisión. “A los quince años empecé a pasar droga. Estaba harto de vestir con ropa de la Cruz Roja y comer en Cáritas, y la droga me permitía conseguir dinero rápido y comprarme una ropa similar a la de mis amigos”, relata el joven, que ahora sí que calza unas zapatillas de marca. “Pasaba hachís y cocaína. Me he metido de todo menos miedo”, confiesa el recluso mientras observa asombrado el cambio que ha experimentado la ciudad de Burgos durante su condena. 

    “También estoy en la cárcel por intentar quemar vivo a mi tío. Fue un ajuste de cuentas el día de Nochebuena”, dice el interno, que está condenado por intento de homicidio y atentado contra la autoridad en el momento de la detención. “Comparto celda con El Primo, un gitanillo, e intento ser muy ordenado para evitar problemas de convivencia”, afirma. “Mis padres y hermanos viven en Miranda de Ebro y suelen venir a verme con frecuencia. Los amigos y hasta mi novia me han dado la espalda”, explica el preso, quien también apunta que en el mundo de la droga las amistades son muy efímeras. Mohamed aspira a casarse y tener hijos, “pero de los que van por el buen camino”. “Temo salir a la calle porque el trabajo al que puedo aspirar me proporcionará menos dinero que la droga, y eso es muy peligroso. Necesito aprender un oficio para así evitar la recaída”, explica el joven mientras un compañero le ofrece las últimas caladas de un cigarro. 

    “Aquí es donde me pinchaba yo”, señala el dueño del tabaco. Juan es un hombre de 51 años a quien todavía le quedan tres años, cuatro meses y dos días para salir en libertad condicional. Es la quinta vez que participa en una salida programada. “La semana pasada estuve en San Pedro de Cardeña y aprendí toda la historia de El Cid Campeador. A pesar de ser de Burgos la desconocía”, afirma mientras saca otro cigarro del bolsillo. “Cada vez que voy de excursión, aprendo muchas cosas que antes, aunque las tenía a mi alcance, no valoraba”, añade, a la vez que da la primera calada. “Tengo muchas ganas de obtener la libertad, quiero cuidar a mi madre y ayudar a mi hermana en el bar”, explica. “En abril se murió mi otra hermana y pude ir al funeral acompañado por la Guardia Civil. Vi a mi madre muy enferma, por lo que he pedido que me apliquen el artículo 100.2 y estoy esperando la respuesta de la juez para que me deje salir”, afirma. El artículo 100.2 del Código Penal regula que los presos puedan salir a realizar un trabajo de ocho horas y volver a la prisión. 

    Al llegar al monasterio los presos esperan a que Alejandro, el educador, avise a la guía que han llegado. Todos entran entusiasmados a la iglesia. Se quedan sorprendidos por la majestuosidad de los retablos, el relieve de las tumbas y el buen estado de conservación del suelo.  Lo que más les gusta es el pequeño claustro del monasterio. “Ya podíamos tener un patio así de bonito”, exclama un preso mientras contemplan Las Claustrillas, un pequeño deambulatorio de la transición del románico al gótico. Al comentar la guía la personalidad, el poder y el carácter de Ana María de Austria, abadesa del Monasterio, un recluso establece un paralelismo con la juez que le había condenado. El buen humor y las bromas son la tónica de la salida. 

    De regreso a la cárcel, al pasar por la Facultad de Derecho de la Universidad de Burgos, los internos proponen a los educadores tomar un vino y un pincho de tortilla en la cafetería universitaria. Los funcionarios acceden y los presos colocan rápidamente tres mesas con las sillas para sentarse. La mayoría pide vino y el resto una caña, pero todos tortilla de patata. Los reclusos charlan animadamente sobre sus condenas. Un preso madrileño de 29 años enumera las causas por las que está en la cárcel: una pelea, conducción temeraria, atentado contra la autoridad y robo con fuerza. Se llama Pablo y, con sus confesiones, se inicia una conversación sincera y espontánea sobre las habilidades para robar casas y coches que todos ellos comparten. “Con una botella de Coca-Cola te abro la puerta que quieras”, le dice Pablo al educador. “Los DNI de ahora son mucho más duros que los de antes, y en diez segundos soy capaz de abrir una puerta blindada”, confiesa este joven, a quien todavía le quedan tres años para salir en libertad, de los siete que tenía de condena. El tema de robos es recurrente en las conversaciones: todos conocen las técnicas más diversas para desvalijar en pocos segundos cualquier objetivo que se propongan.

    El semblante de los presos va cambiando conforme finaliza el almuerzo. El paso se ralentiza con el fin de disfrutar unos minutos más de la excursión. Said es un argelino de 55 años que se queda rezagado mientras comenta sus glorias deportivas, ya que en su país era futbolista. “Jugué en el MCO argelino, que es un equipo de Primera División, y una vez jugamos un partido amistoso contra el Hércules”, afirma este enamorado de la ciudad de Alicante. “Fue como un flechazo y en cuanto pude volví a esa ciudad, donde trabajé de albañil, pintor y electricista, pero todo me salió mal”, recuerda el argelino. “Maté a un hombre una noche de borrachera. Lloro al echar la vista atrás y ver lo que hice y no haber podido disfrutar de mis hijos”, asegura. “Todavía me faltan quince años para salir en libertad”, susurra, mirando con tristeza las verjas de la prisión. 

    El semblante de los presos a la entrada de la cárcel refleja mucha menos alegría que sus palabras: mientras los rostros expresan seriedad, el ambiente es muy distendido. Incluso se permiten hacer bromas sobre la oportunidad perdida para fugarse. “Jo, si lo sé, me largo”, afirma Pablo  mientras cruza la valla de la cárcel. “Hubiera sido una tontería, porque, para lo que te queda en el trullo, ya ni te merece la pena”, responde Said. “Sí, pero la verdad es que dan ganas”, concluye Pablo, quien ha obtenido buena evaluación este trimestre. El MdR tiene una forma de evaluación sencilla, y de fácil observación y registro: “El que se niegue a hacer las tareas asignadas, o a someterse a análisis para comprobar que no está consumiendo drogas, es expulsado. También tiene que abandonar el módulo el que tiene tres calificaciones desfavorables a lo largo de un trimestre”, lo explica Alejandro

    La eficacia queda demostrada por la consecución de los objetivos de la reinserción. En los internos se consigue potenciar conductas positivas y valores de respeto y convivencia. Los profesionales se sienten mucho más implicados y satisfechos en la realización de su trabajo, tanto por la mejora del clima laboral como por los resultados obtenidos. Alejandro, educador del centro, reflexiona: “Me encantaría que el respeto al que les obligamos haya echado raíces en cada uno de ellos. Espero que les hayamos dado las herramientas necesarias para su durísima reincorporación al mundo real”.