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  • Allá donde no cayó el muro

    Texto Teo Peñarroja [Com y Fil 19] / Fotografía Teo Peñarroja, Óscar Pau [Der y Fil 19] y EFE

    Desde 1991 existe en Letonia un grupo de apátridas de origen ruso al que se conoce como los «no ciudadanos». Se trata de una minoría sin derechos compuesta hoy por 250 000 personas. Su situación provoca tensiones con el gobierno de Vladímir Putin, en especial, desde que la OTAN destacó mil soldados en Letonia en 2016 para disuadirle de una hipotética invasión como la de Crimea dos años antes.

    —Extranjeros en su tierra. El documento que Letonia emite para sus «no ciudadanos» es un «pasaporte para extranjeros».

    A pesar del calor, el pequeño Aivars Kalnietis aprieta el paso por las calles de Riga. Estamos en julio de 1941, y Aivars se apresura para llegar a su casa. Su madre le dice que un niño de diez años no debería haber visto decenas de cadáveres tirados en la calle, pero tampoco husmeado en la Prisión Central de Riga, que los nazis acababan de abrir al público. En la memoria de Aivars quedarán grabados para siempre las celdas de la muerte y el amenazante retrato de Félix Dzerzhinsky —creador de la policía secreta soviética (entonces NKVD, precursora del KGB)— que presidía la sala de interrogatorios.

    En 1941, Letonia recibió a los alemanes como auténticos libertadores. El precedente «año del terror» comunista había terminado y el país volvía a ser libre. Al menos eso pensaron los letones, pero se equivocaban. La ocupación nazi se equiparó a la soviética en crueldad. Noventa mil personas —entre ellas sesenta mil judíos— murieron asesinadas durante 1941. La emblemática calle de la Libertad, en Riga, pasó a llamarse Adolf Hitler, y ninguna bandera letona podía izarse en el país. En su lugar, la esvástica nacionalsocialista recordaba al pueblo que su país seguía ocupado.

    Durante cinco años, los ejércitos de Hitler, Stalin y Churchill se batieron sin descanso en los campos de Europa. Finalizada la guerra, mientras las democracias occidentales honraban a sus muertos y reconstruían sus ciudades, el Telón de Acero cayó sobre el centro y este europeo. Letonia, como otros países invadidos por la URSS, aceptó su destino (medio siglo más de comunismo) pero no se resignó.

    El 7 de mayo de 1945 Alemania capituló, pero una pequeña sección de las Waffen-SS llamada Legión Letona siguió combatiendo en los países bálticos. Muchos jóvenes anticomunistas se sumaron a ella, bien porque huían de la deportación soviética, bien porque creían en una Letonia libre. Aquella amalgama de nazis reconvertidos, nacionalistas acérrimos, desertores del Ejército Rojo y prófugos del comunismo cambió de nombre y pasó a denominarse los Hermanos del Bosque.

    Vivían en búnkeres que ellos mismos construían, espiaban al poder ruso y se enfrentaban al Ejército Rojo en una guerra de guerrillas. Su intención, según afirma un partisano en el documental Forest Brothers (dirigido por Peter Grimm en 2014), era «que los comunistas no bajaran nunca la guardia, que supieran que la guerra no había terminado». Los Partisanos Nacionales, como también se conoce a los Hermanos del Bosque, contaban con el apoyo de la inteligencia británica (MI6), y funcionaban en pequeños grupos autónomos aislados entre sí.

    El 17 de marzo de 1949, un comando de los Hermanos del Bosque que se ocultaba en un búnker cayó en combate. Sus misiones se habían desarrollado en Īle, una recóndita región a treinta kilómetros de la frontera con Lituania. El régimen comunista letón dejó sus restos insepultos en el búnker durante cuarenta y tres años pero, en 1992 (primer aniversario de la independencia de Letonia) se celebró un funeral de Estado y entierro solemne de los quince Hermanos del Bosque asesinados en Īle.

    La resistencia en el bosque 

    En 1992 Gundars Freimanis trabajaba como guarda forestal en Īle, y sintió la necesidad de honrar la memoria de aquellos compatriotas que habían luchado contra la dictadura comunista. ¿Cómo? Reconstruyendo también el refugio subterráneo donde habían muerto.

    Con apenas cincuenta y cuatro metros cuadrados, el búnker de Īle fue el más grande con el que contaban los Hermanos del Bosque. Se trata de un único espacio que servía al mismo tiempo de dormitorio, cocina y sala de reuniones. A ambos lados de la estancia se abrían dos corredores que conducían a las trampillas de entrada. Una de ellas se mantuvo en secreto durante décadas y únicamente los veintisiete partisanos conocían su ubicación, ya que les facilitaba un camino de huida en caso de un ataque.

    Los guerrilleros recogían agua con un ingenioso sistema de cañerías y, aunque no tenían electricidad, utilizaban una especie de bicicleta estática para generar energía. Esto les permitía comunicarse por radio con otros rebeldes.

    Aquel fatídico 17 de marzo, un espía que había estado viviendo con ellos desveló al NKVD la ubicación del búnker, y varios centenares de soldados rodearon a los insurgentes letones que se escondían allí.

    Gundars, el guardabosques, se atusa el mostacho y mira hacia el techo de madera del refugio, pobremente iluminado con la luz de unas velas. Conoce tan bien los sucesos de 1949 que parece haberlos vivido en primera persona. «Aquella noche había tormenta. El comandante del grupo estaba fuera de la zona, y el espía había salido del búnker con otro partisano, al que asesinó. Cinco Hermanos del Bosque venían desde Lituania, pero encontraron dificultades para llegar a Īle debido a las patrullas rusas. Cuando por fin alcanzaron el búnker informaron a sus compañeros de que los soviéticos habían tomado la zona. El nerviosismo cundió entre los guerrilleros. Lo estratégicamente correcto hubiera sido abandonar el escondite de inmediato», asegura Gundars con aire de teniente coronel, «pero el comandante no estaba allí para tomar esa decisión».

    «Cuando el ataque empezó —continúa—, los partisanos sabían que su única oportunidad era resistir hasta la noche e intentar huir a través de la trampilla secreta. Hasta entonces, su única preocupación residía en defender el techo para que no colocaran allí una mina».

    Sin embargo, los comunistas consiguieron perforar el techo y rociar el interior con gasolina. Un cóctel molotov hizo el resto. Algunos partisanos lograron salir de aquella trampa de fuego, pero murieron ametrallados en el exterior. La mayor parte murió quemada viva. Unos pocos prefirieron quitarse la vida antes que rendirse, otros, agonizantes, pidieron a sus compañeros que los mataran. En total, murieron quince Hermanos, y otros nueve cayeron prisioneros y les deportaron al Gulag. Solo cuatro pudieron volver a Letonia. Hoy, tan solo uno sigue vivo. «Después de todo, vencimos», afirma sonriente Modris Zhimanis en el documental Forest Brothers.

    Aquello ocurrió una semana antes de la segunda gran deportación. El 25 de marzo de 1949, las autoridades soviéticas enviaron a cuarenta y cinco mil personas a Siberia. Los habitantes de Īle esperaban que los Hermanos del Bosque acudieran a rescatarlos, cosa que nunca sucedió.

    Uno tras otro, el Ejército Rojo localizó al resto de grupos de partisanos. Los últimos Hermanos cayeron en 1957. Desde aquel momento, todo el mundo en Letonia supo que no podrían librarse del yugo de la URSS. Sin embargo, Stalin murió en 1953, y en los años siguientes el comunismo abrió un poco su mano de hierro.

    Precisamente en esa época, el periodista e historiador polaco Rydzard Kapuscinski emprendió su primera estancia en el extranjero. En su libro Viajes con Heródoto cuenta su retorno a Polonia una vez cumplida su misión en la India: «Cuando el avión empezó a descender para aterrizar en Varsovia, mi vecino tembló, agarró los brazos del asiento y cerró los ojos. Tenía un rostro gris, demacrado y surcado por profundas arrugas. Un traje barato y gastado por años de almacenaje colgaba holgado sobre su enjuta y huesuda silueta. Lo escruté con una mirada discreta, de soslayo. Vi cómo por sus mejillas empezaban a deslizarse algunas lágrimas. Y al cabo de unos instantes oí un estallido de llanto, ahogado pero llanto más allá de toda duda.
    » —Lo siento —se disculpó ante mí—. Lo siento. Pero no creí que de verdad volvería.
    »Era diciembre de 1956. No cesaba el reguero de personas que regresaban de los gulags».

    También muchos letones deportados en la URSS volvieron a casa. En 1957, Sandra, una niña de siete años nacida en Siberia, vio por primera vez la tierra de su padre, Aivars Kalnietis, el pequeño horrorizado al visitar las cárceles nazis de Riga.

    Actualmente, Sandra Kalniete es una europarlamentaria letona. Los ojos le brillan con la seguridad de quien ha logrado aquello por lo que luchaba: su firma aparece en el tratado de acceso de Letonia a la Unión Europea. Se trata de una mujer que estudió Historia del Arte y, enamorada de Letonia, se comprometió con el movimiento independentista a finales de los años ochenta. «En aquel momento no tenía ni la menor idea de que se abría la puerta a una vida completamente diferente, con la que yo ni siquiera había soñado. Nosotros trabajábamos por el cambio, pero el cambio nos transformó a nosotros».

    A principios de los noventa, la Unión Soviética era un Estado moribundo. «Aquellos burócratas rusos no tenían una capacidad real de responder, pero nosotros —cuenta Kalniete— estábamos entusiasmados. La gente quería que volviera Letonia, una Letonia libre».

    Y volvió, después de lo que se conoce como la Revolución Cantada o Tercer Despertar Nacional. Una cadena humana atravesó Estonia, Letonia y Lituania pidiendo elecciones. En 1991, Letonia recuperó su independencia después de cinco décadas de ocupación militar comunista.

    Los hijos de los rusos 

    La democracia recién estrenada, sin embargo, también mostró un lado oscuro al excluir a más de setecientas mil personas de origen ruso en un país que entonces tenía unos dos millones y medio de habitantes. Es decir, casi el 30 por ciento de la población perdió sus derechos.

    Esta muchedumbre de apátridas recibe el nombre de los «no ciudadanos». En su mayoría se trata de hijos de los inmigrantes rusos que llegaron a Letonia durante la etapa soviética. Riga solo reconoce como ciudadanos a los rusos que vivían en el país antes del 17 de junio de 1940 y a sus descendientes.

    Los «no ciudadanos» son habitantes de segunda categoría. En efecto, el país les niega los derechos políticos. No pueden votar ni ser candidatos. No pueden ejercer cargos públicos, ni tampoco dedicarse a ciertas profesiones liberales. Según afirma el eurogrupo parlamentario Los Verdes / Alianza Libre Europea en su informe Citizens of a Non-Existent State existen hasta setenta diferencias reales entre los derechos políticos de los ciudadanos y los «no ciudadanos». El gobierno letón se defiende explicando que la impulsora de ese documento «parcial y exagerado» es una europarlamentaria comunista letona de origen ruso, Tatjana Zdanoka, que apoyó la anexión rusa de Crimea en 2014.

    Todo esto ocurre bajo la mirada complaciente de la Unión Europea, que parece considerar esta situación un «fallo del sistema». Las políticas en Letonia son especialmente poliédricas y no pueden interpretarse como de derechas e izquierdas: hay que mirarlas desde otros ángulos. Sobre todo, en clave de rusos y letones, distinguiendo nacionalidades, ciudadanías y etnias.

    ¿Por qué los letones de origen ruso sufren este trato? La exministra Kalniete regresa a los años de las negociaciones con la UE para explicarlo. «Mis homólogos de otros países me planteaban esa misma pregunta. Había una parte de la población que se encontraba en una situación política oscura. Con su voto podían cambiar la orientación de todo el país y acercarnos a Rusia». Una «situación política oscura» significa que se duda de la lealtad de estas personas a la nación. Y eso es algo inadmisible para los nacionalistas que gobiernan el país.

    Letonia es un país celoso de su identidad, quizá porque son una nación joven o por lo que sufrieron bajo la dictadura comunista. No obstante, Sandra Kalniete piensa que la integración del colectivo de los «no ciudadanos» es necesaria. Para ello, explica, existe un proceso de naturalización consistente en un examen de lengua letona y otro de historia nacional, en el que los solicitantes deben reconocer expresamente que Letonia sufrió una invasión soviética. «Queremos —manifiesta la exministra— un cambio gradual que favorezca la integración». Pero bajo unas condiciones.

    De aquellas setecientas mil personas de 1991 quedan, según el último registro oficial, alrededor de doscientas cincuenta mil, lo que representa el 12 por ciento de la población. Para el gobierno este dato demuestra que el sistema de nacionalización funciona; para otros, en cambio, significa una rendición. Los políticos prorrusos sostienen que esta práctica promueve una discriminación real hacia las personas de origen ruso.

    «Imagínate —invita Miroslav Mitrofanov— que una persona ha nacido en Letonia. Sus padres llegaron legalmente al país y gozaban de plenos derechos e, incluso, participaron en las primeras elecciones después de la independencia. De repente, se le arrebatan todas sus libertades políticas. ¿Qué debían hacer? Psicológicamente es complicado enfrentarte al Estado y pedirle que te devuelva lo que te pertenece. Vete a Rusia, les decían».

    Miroslav fue un niño «más feliz que los niños de ahora, a pesar de todo». Su familia, que procede de Rusia, se instaló en Daugavpils, la segunda ciudad más poblada de Letonia, a finales del siglo XIX. A sus cincuenta años ha dedicado su vida a la causa prorrusa. Diputado en el Congreso nacional durante dos legislaturas, hoy ejerce el cargo de vicepresidente de la Unión Ruso Letona, un partido minoritario de izquierdas que lucha por los derechos de los «no ciudadanos». Según él, el gobierno graba todas las conversaciones que se mantienen en su despacho. Mitrofanov afirma que no tiene nada que ocultar, pero se siente atacado. También por la prensa, que no deja de preguntarle por Putin y sobre cuándo invadirá Letonia.

    «El problema —argumenta— no es solamente el de los “no ciudadanos”, sino que esta realidad esconde una preocupación mayor: la discriminación étnica instaurada en este país desde hace veinticinco años. Letonia, como otras naciones jóvenes, se acerca de manera casi tribal a la cuestión de quién es el dueño del país mientras que se acusa a la minoría de falta de patriotismo».

    Una ley no escrita reserva a los letones los mejores puestos en la política, en los organismos públicos y hasta en la empresa privada. Ese es el verdadero conflicto, según Mitrofanov: Letonia quiere deshacerse de los prorrusos. «Algunos políticos nacionalistas son abiertamente nazis y estarían felices si todos los rusos se marcharan. Les importa poco que Letonia tenga un índice negativo de natalidad o una tasa elevada de emigración. Los jóvenes se marchan del país al día siguiente de su graduación universitaria. No parece haber futuro para ellos».

    Dmitry Prokopenko pide en ruso un café en un establecimiento del centro histórico de Riga. La capital tiene a sus habitantes divididos por la mitad, pero en otras zonas el porcentaje de rusos es casi absoluto. En Daugavpils alcanza el 90 por ciento de la población. «En el trabajo, en el negocio, en los estudios, estoy en contacto diario con letones, y todo funciona con normalidad. Me siento como cualquier otra persona viviendo aquí, ni mejor ni peor, como otro cualquiera».

    Dmitry es un «no ciudadano». Nació en Riga, igual que sus padres, pero la primera página de su pasaporte no deja lugar a dudas: documento para extranjeros. Medio en broma, medio en serio, explica que «ser un “no ciudadano” significa que no puedo votar ni ser votado, no puedo ejercer de abogado o policía... Y tampoco puedo viajar sin visado a los Estados Unidos, por supuesto».

    A pesar de todo, Prokopenko no quiere adquirir la ciudadanía letona. Eso supondría una traición a sí mismo, a su identidad rusa, a su familia… y no quiere un papel que acredite que pertenece a un país que le discrimina: «A los siete años me dieron un pasaporte que me calificaba como extranjero. Nosotros deseamos formar parte de Letonia pero… Aunque me consideren un alien, aquí está mi vida».

    En tono confidencial, Dmitry explica que Letonia nunca fue un país, sino una región del Imperio Ruso —muy próspera, además— que, por un error histórico, acabó convertida en país después de la Primera Guerra Mundial. El verano pasado visitó Crimea y estrechó la mano de Vladímir Putin, a quien admira. «Yo soy ruso, de Riga», sentencia.

    Una herida abierta 

    Parece complicado un acercamiento entre dos posturas tan opuestas. En 2012, la ONG Congreso de los No Ciudadanos de Letonia intentó crear una plataforma para el diálogo, pero la respuesta oficial no tardó en llegar: «Lo sentimos, pero no necesitamos ningún diálogo con los “no ciudadanos”. Les recomendamos que aprendan letón». Así lo recuerda Elizabete Kripkova, una de las dirigentes de esta organización, cuyas actividades permanecen suspendidas desde que se encarceló a varios de sus activistas por participar en manifestaciones ilegales.

    Sin embargo, Kripkova no se desanima. Cree en el proyecto europeo y en el multiculturalismo, y piensa que tarde o temprano las cosas se normalizarán. «Por supuesto, sé que volver a la buena y vieja Letonia, la de los veinte años entre las dos guerras mundiales, no es posible. Hay muchos retos para el futuro, pero no podemos pretender que todos los que vivimos aquí somos letones étnicos».

    Contra la opinión de muchos políticos, el problema de los «no ciudadanos» sigue vivo porque el proceso de naturalización no funciona: el número de «no ciudadanos» desciende año tras año, pero no se debe a la naturalización —que solo supone el 14 por ciento de los casos— sino a fallecimientos o a la obtención de la ciudadanía en otros países. La gente se acostumbra a ser un «no ciudadano» y naturalizarse no es una opción porque equivale a rendirse.

    El problema de los «no ciudadanos» ha sido durante años un conflicto olvidado. Sin embargo, Kripkova considera que la comunidad internacional puede ayudarles. En julio de 2016, la OTAN decidió desplazar un millar de soldados a Letonia como medida preventiva ante un posible ataque ruso. El temor a que se repita una invasión como la ordenada por Putin en Crimea en 2014 sobrevuela todo el proceso.

    Según Kripkova, ahora que el foco mediático se centra en la minoría rusa, es importante que los propios letones terminen de una vez con esta situación. De lo contrario, «Rusia podría instrumentalizar el problema». Nadie lo dice en voz alta, pero muchos letones temen que su país sea para Rusia el segundo asalto del combate. Si no fuera por la OTAN y la Unión Europea, que desde la guerra de Ucrania saben cómo se las gasta Rusia, Letonia podría sufrir una crisis similar a la de Ucrania.

    Sandra Kalniete sigue de cerca los movimientos rusos en Ucrania, y no vacila al señalar a sus vecinos como una auténtica amenaza. «Rusia no representa un peligro solo para Letonia y su modelo de sociedad sino para toda Europa. Rusia no cambiará su forma de entender el mundo y, por desgracia, su sombra siempre amenazará a mi país». Según ella, establecer tropas de la OTAN en Letonia es el único modo de frenar el expansionismo ruso, que se pensará dos veces actuar como lo hizo en Crimea.