25.12.1991 El hundimiento

Texto Jaime Aznar Azurmendi, doctor en Historia/ Fotografía EFE / Iustraciones Carlos Rivaherrera

Hace veinticinco años se desplomó una de las estructuras sociopolíticas más temidas de la Europa contemporánea. Marcada por la violencia y el despotismo, la Unión Soviética sufrió un proceso de descomposición en el que se combinaron factores morales y materiales. La falta de libertad del comunismo desembocó en un incontenible proceso de reflexión que acabaría con el propio sistema.


A pesar de la congoja inicial, la muerte de Stalin en 1953 supuso una liberación en todos los sentidos. Tras alcanzar el poder, Nikita Jruschov lideró un atrevido movimiento reformista, que reflejaba los deseos de cambio de la jerarquía soviética. Prueba de ello fue el famoso «discurso secreto» de 1956, pronunciado en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). En él denunció las atrocidades de Stalin  y su forma de gobierno. Por entonces un joven Mijaíl Gorbachov cursaba estudios de Derecho en la Universidad de Moscú, en la que ingresó en 1950. Tanto para él como para su generación, la desestalinización supuso el disfrute de pequeñas libertades individuales, desconocidas hasta entonces. El propio Gorbachov cuenta en sus memorias: «Las clases eran cada vez más interesantes, los seminarios se desarrollaban con más vivacidad, el trabajo en los círculos de estudiantes recibió un nuevo impulso».

Sin pretenderlo, las políticas de Jruschov estaban sentando las bases de la perestroika y la glasnost. En los países del Telón de Acero existía descontento por la privación de derechos fundamentales y el precario nivel de vida. La dura represión de 1956 en Hungría supuso un punto de inflexión. No obstante, lo que más impresionó a Mijaíl Gorbachov fue el final abrupto del mandatario soviético en 1964: «Para poder seguir avanzando, habría que haber desmontado, en cambio, el marco del régimen». 

La llegada de Leonid Brézhnev imprimió un giro conservador en las políticas del Kremlin, pero aun así la joven generación se resistía a abandonar sus sueños de libertad. Checoslovaquia tomó el relevo en 1968  bajo la batuta de Alexander Dubcek y su «socialismo con rostro humano». Moscú volvió a recurrir al uso de las armas, aunque en esta ocasión afectó a Gorbachov de un modo personal. Zdenek Mlynár, que formaba parte del Comité Central del Partido Comunista Checoslovaco (KSC), había coincidido con él en su etapa universitaria, d0nde trabaron cierta amistad. Años más tarde, Mlynár firmaría la famosa Carta 77 junto con el dramaturgo Václav Havel

La vorágine de la Guerra Fría fue intensificándose en escenarios tan dispares como África, Asia o América Latina, lo que obligó al Estado soviético a reorientar la política económica. La crisis del petróleo de los años setenta propició cierta bonanza, aunque sus beneficios fueron destinados a la carrera armamentística. 

La muerte de Leonid Brézhnev en 1982 dejó una complicada herencia a sus sucesores, pues todos los indicadores del país se encontraban en retroceso desde 1975. Había disminuido la renta nacional, la producción de bienes de consumo y de equipo, así como la producción agrícola, cuyas deficiencias se suplían mediante la importación. Ni el reformista Yuri Andropov ni el conservador Konstantín Chernenko tuvieron tiempo material de revertir esta situación. No es exagerado afirmar que, a mediados de la década de los ochenta, la Unión Soviética se encontraba en un momento crítico. La llegada de cambios profundos era algo tan inevitable como necesario, y requería de una personalidad innovadora para llevarlos a cabo. 

El reformador

Mijaíl Serguéyevich Gorbachov nació en 1931, en la localidad de Privolnoye, una población rural situada en el Cáucaso ruso. Bautizado en la aldea de Letnítskoye  gracias a su abuelo Andréi, su trayectoria vital estuvo marcada por una singular heterodoxia. Ingresa en la Unión de las Juventudes Comunistas en 1946, y entra en el PCUS durante su etapa universitaria, en 1952. A finales de los años sesenta completa sus estudios en el Instituto Agrícola de Strávopol. 

Su origen campesino y la destreza demostrada como agrónomo llaman pronto la atención de sus superiores, asegurando al joven reformador un ascenso tras otro. En 1971 comienza a formar parte del Comité Central del PCUS, y siete años más tarde es nombrado secretario de Agricultura. Es en 1978 cuando se intensifica su relación con Yuri Andropov, quien lo tanteó para más altas responsabilidades. En 1980 se convierte en el miembro de pleno derecho más joven del Politburó, máximo órgano de decisión de la URSS.

Las defunciones consecutivas de tres secretarios generales —Leonid Brézhnev (1982), Yuri Andropov (1984) y Konstantin Chernenko (1985)— colocaron a Gorbachov en la cúspide del poder. Ahora que las reformas se habían convertido en una necesidad de Estado, el viento parecía soplar a su favor. A pesar de ello la sombra de Nikita Jruschov perseguía al nuevo líder, consciente en todo momento de la fragilidad de su posición. Si los cambios no producían los resultados esperados o amenazaban con quebrar la ortodoxia imperante, acabaría destituido por aquellos que lo habían promocionado. Ante tal tesitura, solo la democratización del sistema aportaría los contrapesos necesarios para prevenir cualquier giro autoritario. En otras palabras, las instituciones elegidas mediante sufragio universal limitarían el poder del PCUS, lo que otorgaría mayor independencia a su secretario general. Por otro lado, la introducción de nuevos actores surgidos de las urnas, implementaría el ritmo de las reformas, pues consideraba que dando voz al pueblo se ganaba un valioso aliado. 

Esta estrategia, a mitad de camino entre el populismo y la desesperación, escondía un peligroso punto débil. Las últimas elecciones libres en territorio ruso se habían celebrado en noviembre en el lejano y revolucionario 1917, con motivo de la composición de la Asamblea Constituyente. Ninguno de los miembros del PCUS, reformadores o no, contaba con experiencia democrática, por lo que era imposible prever el curso de los acontecimientos. ¿Y qué ocurriría con los países del Telón de Acero, cuya estabilidad dependía en gran medida de la represión? Aunque los cambios fueran introducidos de manera gradual, existían demasiadas variables como para asegurar a priori el éxito de la experiencia. De todas formas la urgencia de aquel tiempo exigía premura.

La autocrítica

Comenzó entonces en la Unión Soviética una revolución desde arriba. En marzo de 1985 Gorbachov fue elegido secretario general del PCUS, un cargo político que otorgaba las riendas del país. Al mes siguiente compareció en una sesión plenaria del Comité Central, donde hizo públicas sus ideas de reestructuración (perestroika) y transparencia (glasnost). Poco después se sucedieron difentes viajes por las principales repúblicas del país, a fin de extender las bondades del nuevo gobierno. Entre el séquito de aquella expedición se encontraba Boris Yeltsin, graduado en Construcción por la Universidad Técnica Estatal de los Urales y miembro candidato del Politburó desde 1981. 

Este calendario institucional se había diseñado como fase previa al XXVII Congreso del PCUS de 1986, donde la perestroika se convirtió en la doctrina oficial del Estado. Como ya hiciera Jruschov en el XX Congreso, Gorbachov criticó el estancamiento de sus predecesores, haciendo especialmente responsable a Brézhnev. Habló de «la inercia, el anquilosamiento de las fórmulas y métodos de la gestión» y la consiguiente necesidad de «reformas».

El programa se iba cumpliendo con precisión, pero tan solo dos meses después la situación iba a cambiar de forma inesperada. El 29 de abril de 1986, el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil estalló. Esta pequeña localidad industrial, situada en el norte de Ucrania, puso a prueba la autenticidad de las promesas repetidas durante el último año. El accidente reveló dos cosas: que la Unión Soviética padecía graves deficiencias técnicas y que la glasnost era un espejismo. La premio Nobel Svetlana Alexievich recogió el elocuente testimonio de una víctima: «Un engaño increíble, semejante cantidad de mentiras asociadas a Chernóbil en nuestra conciencia solo había podido darse en el 41. En los tiempos de Stalin». Años más tarde el propio Gorbachov reconocía que «tuvo consecuencias desastrosas para las reformas emprendidas e hizo que nuestro país perdiera el rumbo». 

En el terreno económico la situación empeoraba: una mezcla de confusión y rechazo obstaculizaban el desarrollo de la perestroika. Introducir el libre mercado, estimular la iniciativa privada y conferir mayor independencia a fábricas y empresas no parecía encajar en un paisaje fuertemente centralizado. Las consecuencias no tardaron en surgir:  la productividad disminuyó, el rublo tuvo que depreciarse, subió la inflación y comenzaron los primeros síntomas de desabastecimiento. 

La tensión se agudizó durante el periodo comprendido entre 1987 y 1989. Los comunistas más recalcitrantes se oponían rotundamente a los cambios, mientras que los reformistas comenzaban a impacientarse. Uno de ellos era Boris Yeltsin, cuyas críticas habían ido en aumento desde 1987, por la lentitud con la que se implantaba la perestroika. Gorbachov perdió la paciencia y lo destituyó de su puesto en febrero de 1988. Solo el reconocimiento internacional parecía acompañar al mandatario soviético, si bien es cierto que atravesaba una delicada situación en Afganistán primero, y en Polonia después. Tampoco podía perder de vista los sentimientos nacionales que florecían, una vez más, en el seno de las repúblicas. Era demasiado tarde para dar marcha atrás, por lo que decidió acelerar sus políticas con la esperanza de recuperar el timón.

El final del pcus

Los años 1989 y 1990 resultaron decisivos para el desarrollo de las reformas, situando a la democracia en el corazón mismo de la perestroika. El discurso oficial de aquel momento afirmaba: «Una de las principales tareas políticas del esfuerzo reestructurador [...] es revivir y consolidar en el pueblo soviético un sentido de la responsabilidad respecto al destino de su país». Dicho principio quedó plasmado en la creación del Congreso de los Diputados del Pueblo de la URSS, una vez enmendada la Constitución soviética de 1977. Sus miembros fueron elegidos mediante elecciones (marzo de 1989), a las que concurrieron tanto candidatos oficiales como independientes. De este modo el peso político del PCUS quedaba diluido en favor de los reformadores, cuyas ideas compartía el pueblo soviético. 

Es aquí donde Yeltsin vuelve a entrar en escena. Expulsado el año anterior del Politburó, logró con facilidad un asiento en el Congreso, puesto que su determinación en favor de los cambios era bien conocida. Antes de 1985, la expulsión de un órgano tan importante hubiera supuesto el fin de su carrera, pero Yeltsin entendió perfectamente cuáles eran las posibilidades de la nueva democracia. Repitió la misma maniobra en 1990, durante las elecciones al Congreso de los Diputados del Pueblo de Rusia, del que fue elegido presidente. Se trataba de un gesto re-nacionalizador sin precedentes. Dado que las instituciones soviéticas tenían su sede en Rusia, esta nunca fue dotada de un poder ejecutivo propio. Gracias a esta decisión, la república adquirió un protagonismo de primer nivel. El de Gorbachov fue un movimiento temerario, pues proporcionó un altavoz a sus adversarios.

El espíritu nacionalista iba prendiendo en el exterior de Rusia, y a lo largo de 1990 todas las repúblicas soviéticas fueron declarándose soberanas. Sin llegar a la secesión, cada territorio era libre de decidir sobre el cumplimiento de las órdenes emitidas por Moscú. Naturalmente, el malestar dentro del PCUS iba en aumento, no solo se habían perdido los principales referentes ideológicos sino que además la integridad territorial corría serio peligro. 

A partir de 1988, el sindicato polaco Solidaridad volvió a movilizar a miles de trabajadores, al igual que en 1980 tras la visita de Juan Pablo II. La monolítica República Democrática Alemana empezó a perder el control de la calle gracias a marchas multitudinarias como la de Alexanderplatz en Berlín, mientras sus titubeos propiciaron la caída el Muro en noviembre de 1989. También la República Socialista de Checoslovaquia comenzaba a tambalearse con la creación de Foro Cívico, en el que abundaban artistas e intelectuales. 

Podemos afirmar que el llamamiento de la perestroika había sido escuchado en toda la Europa oriental, sojuzgada por la ocupación soviética desde 1945. El ciclo revolucionario de 1953, 1956 y 1968 reverdeció entre las masas, sabedoras de que en esta ocasión la URSS no haría uso de la fuerza. El curso de las negociaciones con los Estados Unidos dependía de ello. 

En efecto, la agenda internacional de Gorbachov se basaba en dos premisas: terminar con la carrera de armamentos y solicitar créditos a Occidente. El fin del conflicto en Afganistán era tan solo el prólogo. Con paciencia y sabiduría la Administración norteamericana fue domando a sus interlocutores soviéticos hasta lograr la liberación de los países satélite. A excepción de Rumanía, la llamada «Revolución de terciopelo» restituyó pacíficamente la libertad perdida. Nada de todo esto hubiera sido posible sin las cumbres de Reikiavik (1986), Washington (1987), Moscú (1988), Malta (1989) o París (1990), donde se puso punto final a la Guerra Fría. Fuera de la URSS Gorbachov era visto como un pacificador, incluso llegó a recibir el Premio Nobel de la Paz, pero nada de esto impresionaba al ciudadano soviético.

La última traición

El deterioro de las condiciones de vida era tan alarmante, que en el verano de 1990 se diseñó el llamado «Plan de los quinientos días», una apresurada transición al libre mercado para estimular la economía. Los comunistas ortodoxos no permanecerían impasibles durante mucho tiempo. La desaparición del Telón de Acero y la firma de los acuerdos de desarme Intermediate-Range Nuclear Forces (INF) habían supuesto un duro golpe, pero nada comparado con lo que estaba por llegar. 

Durante la celebración del anticipado XXVIII Congreso  del PCUS en julio de 1990, Gorbachov dio una vuelta de tuerca a  sus políticas descentralizadoras. Dado que las relaciones con las repúblicas se estaban desgastando, se hacía necesario establecer un nuevo marco de relación. Allí se gestó el Nuevo Tratado de la Unión, una profunda reforma que terminaba de facto con la URSS y daba paso a la Unión de Estados Soberanos, un nuevo proyecto federal que jamás vería la luz. En línea con este pensamiento Gorbachov había creado para sí el cargo de presidente de la Unión Soviética, a imagen del modelo norteamericano. 

Pero el cónclave deparó más novedades. Su gran rival y presidente del Congreso de los Diputados del Pueblo de Rusia, Boris Yeltsin, anunció el abandono del PCUS. La realidad era incontestable: en apenas cinco años Mijaíl Gorbachov había sido abandonado por los conservadores, por los reformadores y por la opinión pública.

Desde el verano de 1990 el premier soviético puso en marcha una peligrosa estrategia de equidistancia, a fin de asegurar su supervivencia política. Primero remodeló su Gabinete para acoger a la línea dura del PCUS, y más tarde, en marzo de 1991, celebró un referéndum sobre el Nuevo Tratado de la Unión, una evidente concesión a los reformistas. La victoria del sí por un abrumador 76 por ciento fue la única ocasión en la que el sufragio universal pareció darle la razón. 

Sin embargo, se trataba de un espejismo, ya que desde principios de año los mandatarios de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán estaban tejiendo una alianza paralela a sus espaldas. Por otro lado, la reestructuración territorial propuesta por Gorbachov contaba con el rechazo de territorios clave como Ucrania o las repúblicas bálticas. El episodio más dramático se vivió en Lituania. Allí, al calor de la glasnost, diferentes grupos nacionalistas convergieron en un movimiento político llamado Sajudis que el 4 de marzo de 1990 entró en las instituciones gracias a las primeras elecciones libres al Sóviet Supremo lituano. Tras los comicios se declaró la independencia, pero, debido a las tensiones internas con las minorías, quedó aplazada hasta finales de año. Al expirar la moratoria en enero de 1991, Moscú trató de retomar el control mediante una confusa operación militar que arrojó catorce víctimas mortales. 

También dentro de Rusia crecían los elementos disgregadores, con la creación de un nuevo cargo institucional: presidente de la República Socialista Federativa Soviética (RSFS) de Rusia. El 12 de junio de 1991 se celebraron las primeras elecciones presidenciales libres, donde la candidatura de Yeltsin y su Partido Democrático obtuvieron el 57,3 por ciento de los votos. Ahora Rusia emergía como sujeto político dotado de voz propia, desbordando el viejo orden comunista. Alarmados por la inminente desmembración, el ala conservadora del PCUS, el Ejército y la KGB dieron un golpe de Estado que se fraguaba desde diciembre de 1990. 

Una «cárcel» en Crimea

Dos días antes de la firma del Nuevo Tratado de la Unión, el 18 de agosto de 1991, representantes del Gobierno y funcionarios del partido se presentaron en la residencia veraniega de Gorbachov en Foros, Crimea. Pretendían que el presidente declarara el Estado de emergencia, o, en su defecto, que firmara su propia renuncia. Al negarse, Gorbachov quedó confinado mientras un «comité administrativo» se hacía con el control del país. El día 19 los tanques entraron en Moscú por orden del ministro de Defensa Dmitri Yázov, quien más tarde declaró: «Soy un viejo idiota a quien el diablo arrastró a hacer aquello». 

En un principio, los golpistas pensaban contar con la colaboración de Boris Yeltsin, habida cuenta de su enemistad con Gorbachov, pero su reacción fue justamente la contraria. Denunció la inconstitucionalidad del golpe, ya que solo el presidente de la URSS podía decretar el Estado de emergencia. Otras repúblicas, como Moldavia, se manifestaron en contra, sin embargo, el presidente ucraniano vaciló y mantuvo una posición ambigua. Para entonces cerca de cien mil moscovitas se habían ido congregando en torno al parlamento, en el que Boris Yeltsin iba a protagonizar uno de los momentos más célebres de la asonada. Subido a un tanque declaró que los conspiradores estaban fuera de la ley, y recordó que Gorbachov era la única autoridad legítima. 

El 20 de agosto la gente comenzó a formar barricadas mientras el presidente de la RSFS de Rusia permanecía en el interior del Parlamento. Sin apoyos sólidos, el golpe se desmoronaba, y esa misma noche se retiraban los primeros blindados. El 21 de agosto se levantó el Estado de emergencia. Los conspiradores intentaron una última maniobra regresando a Crimea para hablar con Gorbachov, pero este se negó a escucharles. Regresó a Moscú aquella misma noche, y se entrevistó con Yeltsin, al que agradeció su labor. Aquel a quien había repudiado en 1988 resultaba ser el salvador de la democracia y, lo que es más importante, la persona con más autoridad de toda la república. El 23 de agosto, aprovechando los réditos de su victoria, el presidente ruso declaró ilegal al PCUS en Rusia. Poco después el propio Gorbachov dimitió como secretario general del PCUS y disolvió el Comité Central. ¿Podría existir una Unión Soviética sin el Partido Comunista? 

El descabello

Nada parecía funcionar según lo establecido. La calidad de vida de los ciudadanos soviéticos había descendido hasta mínimos históricos y culpaban de ello al presidente de la URSS. Poco antes de la intentona golpista, Gorbachov fue a Londres para participar en una reunión del G7, donde pidió grandes cantidades de dinero. La ansiada integración de la Unión Soviética en la economía mundial quedaba nuevamente pospuesta, supeditada a exámenes y valoraciones que parecían no tener fin. Las potencias occidentales tenían ante sí la oportunidad histórica de acabar con un enemigo tradicional, por lo que no parecían dispuestas a inyectar fondos. Aunque les preocuparan cuestiones como el destino de las armas atómicas, estaban convencidos de que, en breve, habría un nuevo inquilino en el Kremlin con quien poder negociar. 

Boris Yeltsin decidió terminar con la agonía del régimen iniciando una ronda negociadora con los presidentes de Ucrania y Bielorrusia, que para entonces se habían declarado independientes. El objetivo era poner un fin ordenado y coherente a la URSS, evitando que las diferentes repúblicas se enfrentasen, como ocurría en Yugoslavia. Mijaíl Gorbachov carecía de la autoridad y la determinación para liderar un acuerdo de tal magnitud, así que el presidente ruso tomó una vez más la iniciativa. De este modo se firmó el Tratado de Belavezha el 8 de diciembre de 1991, donde se acordaba la creación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Allí se discutió el futuro marco de las relaciones económicas, la posesión de la península de Crimea y Sebastopol, así como el destino del arsenal nuclear. La visita del secretario de Estado estadounidense James Baker a Moscú, el 15 de diciembre, supuso el espaldarazo definitivo al acuerdo firmado en Bielorrusia. Aquellos principios se ampliaron posteriormente con el Protocolo de Almá-Atá del 21 de diciembre.

En consecuencia, Gorbachov había quedado reducido a una mera figura decorativa, y su única salida era la dimisión. Esta se había decidido el día 23, pero no fue hasta el 25 a las 19 h cuando pronunció su último discurso al pueblo soviético. Antes, había asegurado su futuro económico y el de los suyos en una negociación privada con Boris Yeltsin. Terminada su alocución, y en contra de lo inicialmente acordado, la bandera roja fue arriada del Kremlin. Mijaíl Gorbachov resumió su calvario personal, y el de su país, del siguiente modo: «Es el triunfo de los depredadores, no encuentro otra comparación»