Paco Sánchez

Vagón-bar

Ver y leer

Me dice alguien, sorprendido, que el grupo humano que más lee son los ciegos. Por otro lado, según un informe muy minucioso, resulta que la evaluación de los experimentos más avanzados sobre el uso de ordenadores en la escuela alcanza la unanimidad en un punto: las nuevas tecnologías no mejoran los resultados académicos en ningún caso.  Se trata de experiencias realizadas en varios países y con un despliegue de medios abrumador. Al mismo tiempo, y en el mismo informe, se afirma que el aprovechamiento académico de los niños depende muy directamente del número de libros que tengan en sus casas. Los cacharros tecnológicos en casa también ayudan, aunque sobre todo ayudan a jugar.

Me parecen datos interesantes para el tiempo en el que vivimos, de tantas brumas, de desconcierto, en los que resulta difícil dar con el camino. Los que no pueden ver leen para compensar la falta de visión. Tiene sentido. Este año, en uno de los cursos que di en Brasil, el  alumno más leído de la promoción era invidente. Se llama Lucas y disfruta, entre otros muchos dones, de una memoria prodigiosa. También visual: cuando comentábamos un texto, leyéndolo en voz alta primero, él era capaz de repetir casi literalmente la frase o el párrafo al que pretendía referirse, pero  además,  sabía situar el extracto en el lugar preciso en el que se encontraba, incluso, para mi atónita comprobación decía cosas como: “Esa metáfora de la segunda línea del tercer párrafo…”

Quizá responda a un sistema compensatorio: Lucas, probablemente, dedica menos tiempo que sus colegas a la televisión o a los videojuegos. Además, sentirá, imagino, la necesidad de suplir con lecturas lo que no puede experimentar con sus ojos. En un mundo tan visual como el nuestro,  supongo que Lucas no sabrá entendérselas con colores y apariencias, y por eso se pasa el día tocando las cosas, palpándolas, para hacerse cargo o para sentirse en medio de ellas. Lo que pierde en luces y brillos lo gana en penetración. Porque lee mucho. Y piensa.

Pero lo más difícil no es leer, sino reconocer que no vemos. La crisis económica brutal, que ha venido como una sirena horrísona a interrumpirnos el recreo, ayuda a esa humildad, al reconocimiento de que, por muy chulitos que nos pongamos, en el fondo no sabemos tanto, y a nada que nos dejan sin luces y sin brillos, sin refugios ni burladeros, nos descubrimos incapaces de encontrar salidas en cuatro píldoras ideológicas –a menudo simplificaciones en forma de “buenos”  y “malos”, “ellos” y “nosotros”–, recalentadas en titulares de prensa atrincherada. Esa desnudez repentina de quienes tanto confiábamos en el mero progreso científico y tecnológico y en el cómodo discurso de la mayoría hace palmario que ya no vemos, que no controlamos, que la imprevisibilidad se ha convertido en la nueva constante en cualquier ámbito y, en general, en la vida. Acostumbrados como estábamos a sentir más que a pensar, ahora nos sentimos sobre todo solos. Solos y desorientados. Ciegos. Nosotros, que nos creíamos tan listos y tan libres, tan visionarios.

Puede ser un buen momento para volver a la lectura que, en el fondo, consiste en ponernos los ojos de otro, a veces alguien mejor, más sabio, los ojos de alguien que supo mirar  o, simplemente, mirar de otra manera. Y con esos ojos puestos, intentar comprender, hacernos cargo.  O por lo menos, dialogar con el libro. Acaso la falta de diálogo, de buenas razones en el debate público, se deba en parte al abandono de la lectura. No sólo de libros, sino también de periódicos y revistas como esta. De modo que todo facilita el lánguido discurrir hacia la forma más sutil y cruel de la violencia: la simplificación.

Nota: mi padre leía libros y quería parecerme a él. Los tebeos también fueron importantes. Con el periódico sucedió lo mismo: rara vez iba más allá de los deportes y tardé en leerlo de verdad, pero lo hojeaba desde muy pequeño, porque mi padre lo traía todos los días.