Paco Sánchez

Vagón-bar

Vampirismo

A muy pocos profesores nos gusta corregir exámenes o ejercicios. Tampoco a mí.  Disfruto cuando son pocos o cuando puedo trabajarlos con calma y a ratos, sin pegarme un atracón. Pero sufro. Lo paso mal, porque esos ejercicios dan la medida exacta de cuánto he conseguido enseñar o, mejor dicho, de cuánto he conseguido que aprendan. Hoy he corregido todo el día, he suspendido a casi todos y, por tanto, a mí mismo. El caso es que había diseñado un examen más fácil que el anterior, que también suspendieron casi todos. Quizá lo puse más fácil para no suspender yo. 

Envidio la tranquilidad de conciencia de esos profesores que suspenden sin pausa y con alegría, despreocupadamente, como si no tuvieran algo que ver, como un padre o una madre que riñen por sistema, sin buscar modos de evitar que sus hijos repitan los mismos errores. También envidio a quienes aprueban con descaro a sus alumnos para quitárselos de encima, como un padre o una madre que prefieren pasar por alto las meteduras de pata de sus hijos y evitarse así el mal rato de tener que corregirlos, o por mera desidia, que significa siempre falta de afecto o de esperanza. 

En los exámenes, si están bien ideados, se ven muchas cosas. Los problemas que comparecen cambian de año en año. De un tiempo para aquí, por ejemplo, les da por juntar palabras que siempre estuvieron separadas. Empezaron a multiplicarse los «sobretodo» hace tres o cuatro años. Últimamente, además de los «sobretodo», han juntado también «esque». Inventan verbos como «transgiversar», y muchos otros los utilizan por aproximación fonética o gráfica, pero con desconocimiento de su significado preciso. Esto último ha ocurrido siempre: la confusión de «circuncidar» y «circundar» ha devenido en clásica. Lo verdaderamente nuevo, aparte de esa propensión a juntar palabras, es que ya no ven. En las correcciones individuales, si les mando leer su texto en voz alta, paso el rato repitiendo: «Ahí no pone eso, relee». Y releen mal otra vez, y otra más, hasta cinco o seis, hasta que se me acaba la paciencia y les mando ir palabra por palabra: entonces se dan cuenta de que falta una, o de que han bailado dos letras o de que pronuncian acentuado un término que no lo está en el texto. 

Leen lo que tienen en la cabeza, no lo que han escrito. Una chica muy lista me decía después de uno de esos ejercicios: «Es que no me creen, pero tengo problemas de atención». Le dije que no, que sus problemas de atención andan muy cerca de los míos y de los de sus compañeros, de los de todos. 

Atendemos a demasiadas cosas a la vez, muchas de ellas completamente innecesarias, de modo que nos cuesta mucho «estar en lo que estamos»,  como decían los viejos maestros. Entramos y salimos de no sé cuántas páginas de internet por día, los dispositivos móviles nos aturden con cientos de alarmas, somos incapaces de escuchar música sin hacer otra cosa o de hacer otra cosa sin escuchar música, nos reclaman de continuo mensajes de toda índole que nos impiden mirar y pensar por cuenta propia, de manera que, al tratar con la realidad, apenas somos capaces de leerla, de entender otra cosa que ese pequeño caos que llevamos dentro. Eso explica que nos angustiemos más por los «me gusta» de nuestro último comentario en Facebook que por el problema grave que atraviesa un familiar. Vamos perdiendo serenidad y perspectiva, dejamos de ver y escuchar realmente, de atender y entender, y nos hacemos más vulnerables cada día a cualquier género de manipulación. 

Supongo que a los alumnos les pasa lo mismo. A veces pienso que me habitan desconocidos –a los que contesto mensajes y llamadas telefónicas– y que, por su culpa, me voy quedando sin tiempo para ver y leer a los que realmente me importan y, sobre todo, para conversar con ellos. Una vida vampirizada controlada por no se sabe quién. 

Paco Sánchez [Com 81 PhD 87] es periodista

@pacosanchez

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