María Eugenia Tamblay

Presentación

Valorar lo bello

Recientemente visité Arles junto con una amiga que no conocía a Van Gogh ni a los impresionistas y no comprendía mi entusiasmo por visitar los rincones inmortalizados por el trágico artista holandés. La falta de conexión se repitió al día siguiente, en la Maison Carrée y el Anfiteatro de Nîmes. Mi acompañante ni manejaba las coordenadas básicas del imperio romano ni se dejaba conmover por la belleza y el valor histórico y arquitectónico de estas joyas de la Provenza. 

No sé si su experiencia se vería empobrecida por la falta de referentes culturales o si simplemente sería distinta, pero presiento que para valorar lo bello se requiere un acervo determinado. Y también una disposición: no cualquiera sucumbe al síndrome de Stendhal, porque no cualquiera se anima a esperar varias horas el turno para entrar en la Galería Uffizi. 

El tiempo dedicado a la lectura, al ocio o a la televisión va determinando nuestros gustos, nuestras afinidades y nuestras motivaciones. Así lo confirma Tomás Llorens en la entrevista que publicamos en esta edición, al afirmar que el arte lo llegamos a entender en la medida que lo tratemos, que nos familiaricemos con él. En su libro Historia de la BellezaUmberto Eco añade que para apreciar la belleza “también desempeñan un papel importante las cualidades del alma y del carácter”. 

Cuando se comprueba que la llamada telebasura cuenta con los mayores índices de audiencia, surgen el desánimo y el desconcierto. ¿Acaso no hay nada más que ver o hacer? ¿Por qué la oferta de opciones culturales y recreativas parece no calzar con la demanda de banalidades y enajenaciones? Y que no se argumente que la vulgaridad está supeditada a cuestiones sociales o económicas, porque conozco personas que con esfuerzo financian el viaje para asistir al arranque de la temporada operística en Milán, y también a autoridades de Gobierno que me han pedido acabar una entrevista pronto para no perderse la final de “Gran Hermano”. La vulgaridad —hermana mayor de la frivolidad— ya es un fenómeno transcultural y transnacional.