Cristina Abad

El periscopio

Uñas olímpicas

No se puede decir que los atletas participantes en los recientes Juegos Olímpicos de Londres no hayan peleado con uñas y dientes por superar récords mundiales y sumar oros, platas y bronces al medallero nacional. Los hemos visto correr a uña de caballo, enseñar las uñas al contrincante, dejárselas materialmente sobre el  terreno de juego y ser uña y carne con sus compañeros de equipo. Sobre todo “las” deportistas han materializado esas actitudes en la vistosidad de sus queratinas decoradas. Es una de las señas de identidad de esta edición y me juego una uña de la mano derecha a que dará mucho que hablar.

La costumbre del Nail Art se remonta nada menos que al 3.200 antes de Cristo, en Babilonia, muy próxima en el tiempo y en el espacio al invento que muchos califican como más importante de la Historia: la rueda. Su color era señal de distinción: las clases altas se las pintaban de negro y las bajas de verde. Después de las mujeres y hombres de Mesopotamia, se esculpieron las uñas los chinos y los egipcios; y de esta forma, con distintas motivaciones y tonalidades –más llamativas o más discretas– se ha ido transmitiendo hasta la fecha.

No abundaremos en la cuestión histórica, pero su presencia vistosa en las Olimpiadas de este año ha sido un valor añadido. Nunca antes se había producido tal eclosión entre el gremio deportista. Generalmente las atletas son gente seria, poco amiga de lo superfluo y de lo que reste concentración mental, así que ver las uñas de la nadadora española Erika Villaécija pobladas de aros olímpicos, mascotas y eslóganes, o las de la americana Missy Franklin y la británica Rebecca Adlington, con sus respectivas banderas, sorprende. Al parecer, debemos el éxito a un equipo de artistas capitaneadas por Sophy Rob-son, “la reina de las uñas”, que instaló su peculiar salón de belleza en el parque olímpico de Stratford y causó furor. Por sus manos pasaron deportistas de todos los países dispuestas a contagiar al mundo entero su alegría juvenil, su amor patrio y su confianza en el éxito, fruto de la constancia y del sacrificio de años. Y también su feminidad, que no está reñida con el deporte. Lo hemos visto en bañadores, maillots, peinados y maquillajes.

Las imágenes televisivas de las uñas de las atletas han funcionado como un código internacional, una especie de red social visual que no precisaba traductor. Coreanos, estadounidenses, ucranianos y españoles entendíamos sin dificultad estos mensajes “digitales” tan asequibles, tan al alcance de la mano, y nos sentíamos tentados a corresponder. Quizá la moda continúe y a partir de ahora luzcamos nuestras señas de identidad en el extremo de los dedos, como si fueran un muro físico de Facebook o de Twitter de donde colgar ideas y protestas; o como graffitis o tatuajes reveladores de nuestros amores, menos perdurables en la piel pero no por ello menos convencidos. No me extrañaría, dado el alcance global de la moda olímpica.

No es que el Nail Art revista especial importancia, pero estas pequeñas cosas aportan un suave y breve soplo de aire que refresca regímenes políticos, diferencias económicas y sociales, competitividad deportiva. Y en ocasiones son manifestación de algo más profundo: el amor a la diferencia y a la unidad, la sana rebeldía, la  libre expresión. Humanidad y libertad por encima de férreos reglamentos, como –salva sea la distancia– las demostradas por aquellos atletas que, a pesar de las prohibiciones, dedicaron su victoria a Dios persignándose, señalando el Cielo o postrándose en el suelo. Estos gestos –mínimos como una uña del dedo meñique– nos hacen soñar con que quizá un día no muy lejano todos seremos capaces de amar nuestra bandera y respetar la ajena, de sentirnos orgullosos de nuestra raza, lengua y religión y al mismo tiempo pertenecientes a una única raza, lengua y religión. Capaces de emplear nuestras manos para empuñar la pértiga y el remo, para disparar el balón o lanzar la jabalina, y no las metralletas ni las granadas.