Joseluís González

Dos veces cuento

Una línea

La locución latina Nulla dies sine linea recomienda no acabar una jornada sin una línea, sin haber leído o sin llegar a escribir una pizca, una hebra. Esa centenaria frase atribuida a Plinio el Viejo y a su cuantiosa obra Naturalis Historia —una especie de enciclopedia en que pretendió compilar los conocimientos alcanzados hasta aquel entonces— parece que se refería más bien a una costumbre de un pintor de la Grecia del siglo iv antes de Cristo, un célebre Apeles, que trabajaba todos los días, cuando menos pasando una sola vez las hebras de sus tenaces pinceles por lo que estuviera pintando. Queda claro que esas cuatro tajantes palabras latinas buscan inculcar la necesidad de hacer a diario ejercicio, de ejercitarse, para conquistar la perfección, para palpitar y poder seguir avanzando. En números redondos, Malcom Gladwell cifró en diez mil horas, hilo a hilo, minuto a minuto, el tiempo que se tarda en encaramarse a ser experto casi inexpugnable en cualquier tema. Casi tres años de jornadas de ocho horas sin vacaciones, me dicen. Bastantes párrafos de tiempo y constancia.

No ha caído en saco roto la tentación de que, con una sola puntada, pueda alguien entretejer en una única raya los ropajes de una historia. David Lagmanovich recogió en 2006 un muestrario  en su artículo “La extrema brevedad: microrrelatos de una y dos líneas”. Se me había ocurrido, para acabar, jugar con eso de “la línea de meta”, pero no le veo muchas salidas.

 

Una línea


“Justicia” 

Hoy los maté. Ya estaba harto de que me llamaran asesino.

JAIME MUÑOZ VARGAS

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“Fábula” 

Y los ratones hicieron una alianza y la serpiente de cascabel le puso el cascabel al gato.

JAIRO ANÍBAL NIÑO 

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 “Novela de terror”

Se despertó recién afeitado. 

ANDRÉS NEUMAN

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“El dinosaurio” 

Cuando despertó, suspiró aliviado: el dinosaurio ya no estaba allí.

PABLO URBANYI