Joseluís González

Dos veces cuento

Un italiano

La alquimia —al-khimia, “el suelo negro”, “tierra negra”, ojalá fuera ese su étimo, aunque tal vez entronque con la palabra griega khumeia, que significa “verter juntos”, “soldar”—, la alquimia que burbujea en el interior del padre y padrino de este cuento desmiente que en los microrrelatos no bulla algún estado de ánimo, un concentrado de psicología humana.
Angelina Lamelas Olaran creció feliz, con sus nueve hermanos, frente a la bahía de Santander. Cursó Magisterio, marchó a Madrid en 1957 para estudiar Periodismo, empezaron a aparecer sus primeras colaboraciones en el diario Ya y en la Agencia Logos, se casó con Francisco Fúster, han tenido dos hijos, es autora de libros de relatos, de poemas, de narraciones infantiles… Su reciente Cuentos de la vida casi entera (2009) ofrece una buena selección, donde está “Jonás”, premiado con el “Hucha de Oro” a comienzos de los años setenta. Merece la pena leer a esta escritora intimista, piadosa con el ser humano, de visión serena de las cosas y que encuentra con las palabras una dimensión de belleza que no nos aparta de la realidad, al revés: nos la acerca.
Sin embargo, este microrrelato inédito es un antes o tal vez un después de las fotos, si lo lee usted ahora. Depende del lector más que del narrador, ese padre que apadrina a su niña. Clásicamente “trémula y blanca”, a ella la ha conquistado quien acapara hasta la nobleza del título con un simple “Un italiano”, que parece puesto también por el padre. Renato le ha robado a la chica el corazón y la Medicina y algo más con cuatro canciones de esas romanticonas —esos tonasorrentos—, y habrá que suponer que la ha engatusado con algunas otras alquimias, comunes o no tanto. En ese tramo final del jardín con piedrecillas y guijos, invitados y septiembres, ni usted ni yo sabemos si ella va a dar respuesta a uno o a otro. Pero somos de los pocos que estamos en lo que pasa y podrá pasar. Los otros invitados no cuentan. Y dependerá de usted —esto es Literatura— si acaba la cosa nuestra en sí o en un rival no, en si entra en su foto Renato triunfante o el padre que apura hasta ese último momento que le dejan a usted para decidir. Así de simple: compuesto y sin… quién. Porque la novia al final parece lo de menos.

 

 

Un italiano

Carolina se casa en la ermita del pueblo. Lo vamos a celebrar en el jardín, bajo una carpa donde caben los setenta y ocho invitados. Es una mañana de septiembre dulce y cantarina, con lluvia asturiana que puede presagiar felicidad, aunque yo lo dudo.
Se casa mi niña. La veo bajar las escaleras como el lirio que es, trémula y blanca. Tenso mi brazo derecho, lo necesario para que ella apoye su nerviosismo en mi aparente entereza. Noto la fragilidad de sus tobillos al enfrentarse con el grijo del jardín y la emoción del momento. Nos miramos. Mi niña dice:
—¡Fuerza, papá…!
Dice “Fuerza, papá”, la condenada, y no dice “Valor, papá” o “Ánimo, papá”, porque ella se casa con Renato, ese italiano engañador y gondolero, y ya tiene hasta su manera de hablar. Cómo puede venir un hombre de otro país, mirar a los ojos a mi niña y decirle cuatro lugares comunes, cuatro tornasorrentos, y que ella, nuestra única hija, lo cambie todo sin condiciones… Porque Carolina, que se va a vivir a la Toscana, ha dejado su carrera de Medicina en cuarto curso y un novio español y bendecido por su madre y por mí.
¿Qué hago yo? ¿Qué hace un padre atormentado en tan adversas circunstancias? Aprovecho el cortísimo camino hasta la ermita para decirle, en el tono más convincente, que todavía está a tiempo, que no pasa nada si ella se arrepiente del paso que va a dar.

Angelina Lamelas
Inédito