José Luis Restán

Firma invitada

Sin magia ni fatalismo

Al desear a todos un buen 2014, el Papa Francisco advertía que su augurio no estaba en absoluto ligado a un sentido mágico, ni tampoco fatalista, de un supuesto nuevo ciclo que se iniciaría con las campanadas y fuegos artificiales del Año Nuevo. Esto podría parecer infantil, pero ¿acaso no son magia y fatalismo dos coordenadas habituales de nuestra humanidad posmoderna?

Nos gustaría que los problemas se arreglasen «como por arte de magia» (ya sea esta una disposición gubernamental, un cambio de humor de nuestro jefe o el golpe de suerte de la lotería), sin tener que atravesar la piel y la carne de los problemas, sin afrontar el desgaste que supone implicarnos en la trama dramática de la aventura cotidiana. Sigue siendo verdad lo que decía el genial T.S. Eliot: que siempre estamos buscando sistemas tan perfectos que nos hagan innecesario el esfuerzo de ser buenos.

Pero el fatalismo (la otra cara de la moneda de una cultura que hace como si Dios no existiese) también reclama su cuota en el nuevo año. Es esa pretendida sabiduría según la cual la desesperanza es el modo únicamente lúcido y propiamente humano de vivir. A fin de cuentas, lo que haya de suceder sucederá, como si nuestra razón y nuestra libertad no tocasen bola en eso que llamamos Historia. Ya que la magia tiene tan corto recorrido, cabe cambiar de camiseta recién empezada la carrera, para así justificar eso que el Cardenal Rouco ha llamado «el nuevo predominio social de la cultura de la tristeza». Aunque estemos brincando y entonando un karaoke, que es lo que se lleva.

Francisco advertía que sus buenos augurios para 2014 nacen de la experiencia centenaria de la Iglesia. Y mira que ella ha visto pasar agua (a veces ensangrentada) bajo los puentes. Su crédito para desear feliz año al mundo viene de saber que la Historia tiene un centro (Jesús muerto y resucitado), tiene un fin (el Reino de Dios, que lo es de paz, justicia y amor) y tiene una fuerza que lo mueve hacia ese fin (la del Espíritu Santo). Ahora que todos hablan de Francisco Superstar (perdón, ha sido la revista francesa Le Parisien la que ha acuñado con cariño y algo de frivolité esta imagen) esperemos que no sonrían al escuchar la contundente felicitación de Año Nuevo del obispo de Roma.

Así que la vida tiene un centro y una finalidad, y existe una fuerza para recorrer con éxito su camino. Esa es la sabiduría cristiana, y aunque ya sabemos que siempre será necedad para unos y escándalo para otros, todo el mundo estaría dispuesto a pagar para que la hipótesis cristiana fuese verdad. Se llame Nietzsche, Dawkins o Antonio Gala. Por eso Benedicto XVI (un Papa audaz donde los haya) desafiaba amistosamente a los ateos a vivir «como si Dios existiese», en la seguridad compartida de que eso haría la vida humana (la Historia) mucho mejor para todos.

Precisamente a Benedicto le preguntó Peter Seewald en Luz del mundo, si en una homilía pronunciada en 2010, en Fátima, había querido decir que esperaba en el inmediato futuro alguna forma de clamoroso triunfo de María, una suerte de acción contundente a la vista de todos, que consiguiera desarmar los poderes del mal y dibujar ante nuestros ojos, abiertos como platos, esa forma de victoria que secretamente los cristianos seguimos esperando tantas veces, a pesar de las severas advertencias del Evangelio y de la Tradición.

Con esa misteriosa retranca intelectual que le caracteriza, Ratzinger dijo que no, que era «demasiado racionalista» para esperar semejante giro de la Historia. Se trata más bien, explicó, de que «siempre de nuevo, el poder del mal sea detenido». La Iglesia, imitando la petición de Abraham, debe preocuparse «de que haya justos suficientes como para contener el mal y la destrucción». Sí, en este 2014 ya estrenado podemos esperar que crezcan nuevamente las fuerzas del bien, las mismas que tantas veces han impedido que este pobre y amado mundo se precipite al vacío. Y casi sin querer, me ha salido un ejemplo de la hermosa continuidad entre los dos Papas.

 

José Luis Restán [Com 92] es director y presentador de «La Linterna de la Iglesia» de COPE