Ignacio Uría

La primera

Servir es el verdadero poder

Benedicto XVI ya es Papa emérito y Francisco ha comenzado su pontificado. Vivimos un tiempo histórico para la Iglesia, donde la elección del nuevo Papa ha estado a la altura de la renuncia de Benedicto XVI.

El adiós de Joseph Ratzinger fue conmovedor: “Ya no tengo fuerzas”, cuatro palabras inauditas. Al reconocer su debilidad Benedicto XVI escribió su mejor encíclica. Desde ahora servirá a la Iglesia según su edad y fuerzas, dedicado al ora et labora benedictino. En silencio.

A la cátedra de Pedro llega un “hombre nuevo”, que reza en español y viene “casi del fin del mundo”. Francisco es latinoamericano y jesuita. Muchas novedades juntas. Sus primeros gestos, humildes, han calado en la opinión pública y también en la publicada. Por el viejo pectoral y sus zapatos gastados. Por sus maneras de párroco y su personalidad sencilla. Es diferente. Como Juan XXIII.

En Argentina conocen bien su austeridad, tan ignaciana. No le gusta llamar la atención, pero si debe levantar la voz, la levanta; si tiene que arrodillarse ante los enfermos, se arrodilla. Ha clamado contra explotación de las mujeres y los niños, de los obreros y los inmigrantes. Ha defendido a los que van a nacer y también a los que van a morir. Ha recorrido las calles de Buenos Aires y Roma; de Santiago de Chile o Alcalá. Solo y a pie. Con el Rosario en la mano. 

Sabe que la “nueva primavera de la fe” requiere un viaje a la semilla, si García Márquez nos permite la expresión. Un retorno a las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Aquel rabí sedicioso que predicó en las fronteras del Imperio. Entre cabreros e ignorantes. En medio de publicanos y pecadores. 

Ignacio de Loyola, santo grande, se enamoró de Dios leyendo la vida de Francisco de Asís. El Papa por su parte ha exclamado: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres!”. Franciscana. Una Iglesia entregada a los débiles, a los pequeños, al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado. Una Iglesia misericordiosa. Sin nostalgia del pasado ni miedo al futuro.

 El desafío es enorme, pero no nuevo. Francisco cuenta con la oración de toda la Iglesia. Si Deus pro nobis, quis contra nos.