Ignacio Uría

La primera

Un secreto romano

Reina de las fuentes de Roma, ya sean barrocas o no. En su camino a la eternidad supera de largo a la sofisticada de los Cuatro Ríos, en Piazza Navona, a la humilde de las Cuatro Fuentes, en el Quirinal, y a la casi perfecta del Tritón con sus delfines, que también son cuatro. 

La fontana de Trevi es la más soñada, la más buscada, la más recordada por las almas que hambrean belleza. Entre sus esculturas se esconde la mayor colección de deseos del mundo, quizá detrás del enérgico Neptuno, puede que a los pies de sus caballos marinos. En ella se desbordó Anita Ekberg mientras apuraba  la dolce vita. También la disfrutó esa inocencia con flequillo llamada Audrey Hepburn, ya para siempre de vacaciones en Roma con Gregory Peck del brazo. Un truhán americano que la llevó hasta allí para arrojar unas liras a sus aguas. 

Lanzar una moneda. Con ese ritual se compra el embrujo latino, y Roma te hechiza para que vuelvas algún día. Importa poco si el conjuro supone pasear de nuevo entre palacios por la Vía del Babuino, o esperar en las escaleras de la Plaza de España a que el sol huya camino de América. Lo esencial es el retorno, volver a Roma. Descubrirla de nuevo para perderse en la decadencia del Trastévere, o pasear por el Gianícolo y venerar a Bramante en su templete de media naranja. Lo imponente es gastar la tarde en las terrazas del Panteón sin hacer nada, mientras las vespas aturden a las piedras milenarias. O cruzar de noche la Plaza de San Pedro, y descubrir que hay luz en la habitación del Papa.

Todo eso puede ocurrir si se arroja una moneda a la fontana, y ella, majestuosa, te permite volver. Porque si se lanzan dos, el regalo cambia. Con dos monedas la fuente se desboca, y concede un amor romanaccio. Quizá conmovedor, quizá fugaz, pero siempre inolvidable. Un idilio inesperado que condense todas las pasiones de la Historia. Ahora bien, al temerario que arroje tres, las aguas de mármol le atan para siempre a la Ciudad Eterna. Según la leyenda, le enviará una esposa mediterránea, una mamma capaz de traer al mundo sin despeinarse un puñado de hijos. Una mujer para siempre. Eso sí, la fuente no admite quejas ni devoluciones, y hay que conformarse con lo que concede.

Ahora que la fontana de Trevi ha recuperado su esplendor,  la vieja Roma nos cuenta su secreto. Un secreto a voces, pero también a susurros para el que sepa escuchar: el mágico hechizo de una cultura, la nuestra, que aún puede alumbrar una nueva primavera.