Enrique García-Máiquez

Ahora bien

La sagacidad del ingenuo

Iba a titular este artículo «El elogio del ingenuo», pero el elogio ya lo hace la etimología sola. «Ingenuo» era, en la antigua Roma, el nacido libre. Pocas veces una etimología resultó tan narrativa. Es facilísimo imaginarse al esclavo resabiado, taciturno, esquinado, a la defensiva. Qué remedio, el pobre. En cambio, el hijo de familia, resguardado por el cariño, rodeado de una realidad que le colma de regalos, se regodeará y recostará en la rutina, y confiará en unos y en otros. Hay un cuentecillo cruel que lo ilustra por contraste. Un padre le dice a un hijo que se suba a un árbol, más alto, más, y luego que se tire, que él lo recoge. Cuando se lanza, el padre se aparta, dejando que el niño se estrelle. Y, encima, le reprende: «Eso…, para que no te fíes ni de tu padre». Desde luego, ese niño no será un ingenuo jamás, pero es que no tuvo suerte con su padre. Que la nobleza sea un concepto tan vinculado a la familia puede muy bien deberse, más que a la sangre, a los exquisitos cuidados que requiere una ingenuidad de pura cepa.

El verdadero problema de la ingenuidad no se encuentra, por lo tanto, en la teoría, sino en la práctica. ¿No es un impedimento para la vida cotidiana, una especie de handicap? Cualquiera diría que sí. Con un mínimo de experiencia, es difícil no estar de acuerdo con Ramón Eder cuando observa y sentencia: «A las personas muy inteligentes se les engaña como a niños». Sin embargo, basta un leve barniz de darwinismo social para sospechar que, si la ingenuidad fuese tan inadaptada como parece, se habría extinguido hace mucho tiempo. Si dura desde la Roma clásica (cuando menos), algo tendrá.

El gran don Diego de Saavedra Fajardo, con lo penetrante y casi maquiavélico que era, nos sorprende en una de sus empresas políticas con esta observación paradójica sobre el papagayo: «Esta ave es muy cándida, calidad de los grandes ingenios». Esto es, la candidez es una calidad y no de bobos, sino de todo lo contrario. En la misma línea, aunque vuelta al futuro, se manifiesta el poeta Odysseus Elytis: «Para informarse, ciertamente, existen mil métodos,/ mas para penetrar el porvenir/ se requiere candor».

El refranero enseguida protesta: «Piensa mal y acertarás», nos grita. Pero el refranero parece hecho por el niño al que invitaron, pobrecito, a tirarse del árbol. José María Pemán objetaba: «Piensa bien, aunque te equivoques», que es echar buena voluntad, pero sin terminar de fiarse del todo, resignándose. José Luis García Martín, el poeta y crítico, ni siquiera se resigna, aunque él pone a salvo, por si acaso, su bonhomía y su imagen: «Pienso casi siempre mal, pero me encanta no acertar». Mucho más cerca de la candidez de Saavedra, está Jorge Luis Borges cuando nos invita: «Piensa bien, y se te equivocas, el error no es tuyo». Creo que el perspicaz ciego argentino da en el blanco. La ingenuidad apuesta por la bondad. Y esa no es solo su gran ventaja moral, sino también su incomparable potencia competitiva.

Todavía hay más: el ingenuo apuesta por la realidad, a la que da crédito. Siendo la realidad la que nos sostiene, la ingenuidad evita mucho vértigo y mareo ontológico. Nos afirma en el suelo, sólidos. Y nos permite participar en las conversaciones confortable y educadamente, sin forzarnos a poner en duda a cada paso lo que nos cuenta el prójimo. A las evidentes ventajas psicológicas, hay que añadir una organizativa: el considerable ahorro de tiempo y energía. Nada más que hay que fijarse en los que el desconfiado gasta entre dudas, resquemores y búsquedas compulsivas de seguridad.

Por último, en un mundo donde prima el trabajo en equipo, el ingenuo puede decir, con un golpe de ironía, «Que malicien otros». Como hay tantos seguidores del refrán que piensan mal o sospechan de todo como método para el acierto, si uno va de bueno consigue ser, de camino, el más original. Dejar que otros hagan el trabajo sucio tiene un punto de sagacidad que no se corresponde con la imagen ilusa de la ingenuidad; pero es que, en verdad, el ingenuo sabe latín, como decíamos.

 

Enrique García-Máiquez [Der 92] es poeta y ensayista