Íñigo Noriega

Firma invitada

La regeneración era esto

Son numerosas las propuestas que los partidos españoles proponen para tratar de responder a las demandas que la sociedad les reclama, pero también muchas las dudas acerca de que los responsables de las organizaciones en torno a las que pivota la acción política están verdaderamente captando las señales que la ciudadanía les envía. 

La crisis ha hecho aflorar, además de las consecuencias puramente económicas, que no son pocas, ya que la devaluación interna ha empobrecido a amplísimas capas de la población y ha puesto de manifiesto el anquilosamiento de buena parte de nuestro sistema productivo, otras ineficiencias en campos como los de la política y la educación, y no pocas contradicciones. Véase el extendido desprecio de la Transición, de la que no se reconocen las virtudes que pudiera poseer ni el papel desempeñado en una etapa histórica concreta. O las paradojas respecto al rol que deben jugar las omnipresentes administraciones públicas, a las que no se quiere renunciar en cuanto proveedoras de servicios, pero tampoco encauzar y racionalizar su dimensión y funcionamiento para garantizar su supervivencia. Y también la permanente disputa que desangra el sistema educativo mientras la universidad pública, impertérrita, solo desempeña una mínima parte de la labor que se le reserva en cuanto núcleo del saber, del conocimiento y la investigación. 

Con el término «regeneración» en boca de todos como un mantra recurrente, unos y otros proponen medidas supuestamente encaminadas a abrir y limpiar los espacios públicos. Así, no hay Gobierno ni oposición que se precie que no hable encarecidamente de la transparencia, que se le encarga sobre todo a portales de internet específicos, como si la rendición de cuentas y el afán por comunicarse con la ciudadanía y explicar la gestión fuera algo parcial y no un principio que debería empapar en su conjunto la acción del Gobierno. Mientras, no se encara la reforma de la función pública para que asuma su cometido en pro de la democracia abierta, en sustitución de los códigos burocráticos con los que se autojustifica. Desde la contratación pública hasta las relaciones con los ciudadanos, pasando por la regulación de la actividad empresarial, la Administración no puede dejar que la era digital, que está revolucionando tantos sectores, pase de largo sin que sus posibilidades sean explotadas en su tarea de servicio público. 

Se inventa el mundo cada mañana, y la ola renovadora quiere arrollar lo existente por viejo aun a costa de que lo nuevo quede expuesto a las debilidades de la improvisación. Es más que un gesto eliminar los privilegios ostentosos, desde luego, más allá de las atribuciones y medios necesarios para ejercer la representación de una colectividad. La reducción salarial acercaría los emolumentos de los cargos a la retribución media, pero impediría que profesionales valiosos dedicaran una época de su vida laboral a hacerlo por el común, si no poseen otra fuente de ingresos y sólidas pretensiones altruistas. ¿Y por qué limitar los mandatos de un alcalde apreciado por sus convecinos? Se trataría de evitar que la política sea el refugio de quienes no poseen otro oficio, pero no estaría mal que también en la política pueda haber buenos profesionales. 

Anotemos también los sistemas electorales a la carta, en función de la situación de quien los propone, no de la justicia del procedimiento. O que las demandadas listas abiertas se estén experimentando entre nosotros desde la reinstauración de la democracia. 

Señalemos las dificultades, en fin, para fijar fronteras éticas, pero que corresponderían a cada uno, como los mismos partidos podrían establecer pautas alejadas de la habitual endogamia para exigírselas a sí mismos, si estuvieran dispuestos a cumplirlas. Y, en fin, la aspiración a que la sociedad civil encuentre vías de desarrollo y contrapeso, si es que en verdad pretende ejercerlo. 

 

Íñigo Noriega [Com 87] es director del periódico gijonés El Comercio.