Paco Sánchez

Vagón-bar

Puestos a reformar...

Al salir del aparcamiento por la noche tropecé con un escritor amigo que entraba. Yo iba para mi casa y él venía de dar una conferencia de la que apenas hablamos porque estaba interesado en otra cosa que le abrumaba: anda empeñado en rehabilitar una vivienda en el casco antiguo de una ciudad próxima. Me dijo que la crisis de la construcción se debería a muchos factores, pero también a que ya no se trabaja con el cuidado, el mimo y la calidad de otros tiempos. La afirmación podría provenir de alguien que supera los setenta años, pero mi amigo apenas llega a los cuarenta y fue albañil e hijo de albañil: “Mi padre trabajaba mucho y cobraba poco, pero tenía un sentido de responsabilidad y de orgullo sobre lo que hacía”. Así que cuando se queja de los gremios que ha contratado para rehabilitar la casa, sabe lo que dice.

Justo ese mediodía había ido a comprar unos remedios que me habían recetado para una afección menor. Me atendió una farmacéutica a la que  nunca había visto, quizá porque no voy mucho y menos a esas horas. Miró la receta y, con la mano todavía suspendida en el aire, me dijo: “O sea, que no saben lo que tiene”. Me quedé perplejo, no tanto por lo que dijo como por la cara de enfado que puso, aunque me di cuenta pronto de que, más que atacarme, quería defenderme. Contesté intimidado: “No sabían, pero ahora ya saben”. No la convencí. Permaneció un rato delante de mí, con la receta en la mano, sin ganas de servírmela y sin atreverse a decir, aunque su actitud resultaba inequívoca, que me fuera y pidiera una segunda opinión. Pero no supe reaccionar y, finalmente, de muy mala gana, rebuscó entre estanterías y cajoneras hasta completar mi pedido. Al pagar, comprobé que seguía muy enfadada.  Salí de allí y llamé a otro médico que, esa misma tarde, me confirmó en su consulta que el diagnóstico era bueno y la medicación, innecesariamente cara, equivocada e inconveniente.

Cuando mi amigo me contó la historia de su padre, me acordé de la farmacéutica, porque ambos tenían mucho en común. En estas horas de crisis económica se habla mucho de confianza, entendida como una percepción que facilita la buena marcha de los negocios, las inversiones, que proporciona seguridad a los actores económicos. La confianza tiene que ver con la seguridad jurídica, con la marcha general de la economía, con muchísimas cosas. Pero sobre todo, me parece, con una: con la confianza en el trabajo de los demás. Saber que el otro —proveedor o contratado— hará su parte con competencia y honradez, genera una confianza de hormigón armado, permite diseñar proyectos que cumplen plazos y presupuestos, que alcanzan los objetivos previstos y sirven al fin para el que han sido diseñados. Lo contrario genera inquietud, dispara los costes, propicia la corrupción y, por supuesto, alcanza tarde y mal los objetivos, si los alcanza.

Temo que la cultura de la chapuza, a la que somos tan propensos, haya revivido con fuerza en tiempos de dinero fácil y trabajo de sobra, donde el valor dominante, además, era la codicia: acumular sin tasa y cuanto antes. En esas condiciones y con semejante mentalidad, el trabajo bien hecho, acabado con orgullo profesional y sentido de servicio llevaba todas las de perder. Quizá sea esta la reforma estructural que, sobre cualquier otra, necesita nuestra economía. Una reforma difícil, porque supone remover obstáculos culturales de primer orden en un país donde siempre tiene la culpa otro, donde se ha dejado de pedir perdón y dar las gracias, donde pensamos que lo que nos interesa o conviene es un derecho absoluto en el que nada tienen que decir terceros, donde se mira la corrupción como algo inevitable y, por tanto, se consiente. Donde, por fin, exhibimos una capacidad insólita para la crítica, el menosprecio y la sospecha, algo imposible de compatibilizar con el espíritu de servicio.