Ignacio Uría

La primera

Pollock o el éxtasis

Han transcurrido seis décadas desde el fallecimiento del pintor norteamericano Jackson Pollock, uno de los maestros del expresionismo abstracto. Su arte, como el de Picasso o Klee, es una referencia ineludible en la evolución de la pintura del siglo xx. También por su legendario método de trabajo, ya que Pollock intentaba «ser parte física de la tela, caminando alrededor, en todas direcciones». La pintura goteaba sobre el lienzo, en el que incrustaba arena y cristales o utilizaba un tenedor como pincel. «En mi trabajo no soy consciente de lo que hago, ni temo hacer cambios o destruir las figuras. Solo así el cuadro tiene vida propia». Ese podría ser el resumen de la Action Painting («Pintura en acción»), una técnica que busca la belleza a través la desaparición de la imagen.

La difusión que alcanzó esta corriente se debió en parte al impulso que Estados Unidos dio el arte abstracto después de la Segunda Guerra Mundial. En especial, a través del Federal Art Project y del Congress for Cultural Freedom, iniciativas financiadas por la CIA para combatir la infiltración soviética en la cultura occidental. En esa guerra fría, Pollock resultó un poderoso ariete contra el comunismo europeo, en el que Jean-Paul Sartre fungía como gran maestre. Pollock se convirtió de este modo en la primera estrella norteamericana en el mundo del arte, símbolo de la victoria de Nueva York sobre París como capital del mundo.

Cuestión aparte es la imagen que él mismo daba a su proceso creativo, basada en el tópico romántico del arrebato, tan superado hoy. De hecho, Pollock se veía como un nuevo Van Gogh, obsesionado con dar un sentido a la existencia. En cierta medida, lo encontró en su familia —era el benjamín de seis varones— y en una fe cristiana intermitente, pero que nunca abandonó del todo. Así vivió Pollock, inmerso en una paradójica búsqueda de la armonía a través de la destrucción personal. En su caso debido al alcoholismo, adicción que lo mató en una carretera de Long Island en el verano del 56.

En el recién inaugurado Museo Universidad de Navarra —nueva parada en el circuito nacional de arte contemporáneo— nos encontramos con obras de Rothko, Picasso, Tàpies o Kandinsky. Además, exhibe un magnífico fondo fotográfico en el que brillan Ortiz-Echagüe, Capa o Cartier-Bresson. Grandes maestros a los que ojalá acompañe pronto el apasionante Jackson Pollock.