Paco Sánchez

Vagón-bar

Pobre indignación justa

La palabra ‘indignación’ y sus amigas culebrean por el diccionario hasta desembocar en la voz ‘indignidad’ y todo su parentesco. Parece que nada tienen que ver, salvo esa promiscuidad ortográfica, si bien al fondo de la ‘indignidad’ surge una última acepción que apunta al mismo significado que ‘indignación’: “Enojo, ira”. Quizá conecte con que la indignación, aunque el diccionario lo calle, funciona como una especie de respuesta a la indignidad o a los crímenes contra la dignidad.

Acaso por ese motivo, ‘justa’ es el adjetivo que con mayor frecuencia acompaña a la palabra ‘indignación’, hasta el punto de convertirse en una pareja que muchos incluirían en la lista de duplas de adjetivación incolora, es decir, de esa adjetivación que ya no significa nada. A la inmensa nómina de los ‘público y notorio’, ‘claro exponente’, ‘estrecha colaboración’ y demás grandilocuencias oxidadas, habría que añadir ‘justa indignación’, porque se supone que la indignación proviene, precisamente, de la agresión injusta. Así que, de saque, la indignación aparece siempre justificada –nunca mejor dicho– al menos en nuestra cultura. Y puestos a ver, sobran motivos en los noticiarios de estos tiempos para adoptar semejante actitud colérica. Resulta gracioso que ahora, según dicen incluso algunos de derechas, la indignación es de izquierdas.

A estas alturas del siglo xxi da bastante pereza debatir en términos del siglo xix, y las palabras ‘derecha’ e ‘izquierda’, pertenecen a esa época. Hoy están muy lejos de representar la vieja dicotomía capital-trabajo que las parió, pero siguen presentándose como un tajo en el tejido social, como una diferencia biológica de las de antes: macho y hembra, blanco y negro.  Ambas han tenido que reinventarse. La actual derecha, siempre menos atenta a estas cosas, apenas hizo esfuerzo alguno por definir claramente la silueta de su personalidad, y de ello se ocupó, lógicamente, la actual izquierda. Por varios motivos. Sobre todo porque, como todo el mundo sabe,  el aspirador cósmico de la Historia succionó de repente todas sus tripas ideológicas después de la estrepitosa derrota del marxismo, aunque algunos últimos roqueros sigan mirando de modo complaciente los errores y los horrores de Venezuela, Cuba, Corea del Norte o China sin indignarse ni un poco. Así las cosas, había que rellenar el muñeco con algo, mientras se abrazaban disimuladamente los sistemas económicos triunfantes. Recurrieron a la ‘ideología de género’ –versión extrema del razonable feminismo– y a otros ismos convenientes para convertir la derecha en machista, retrógada, autoritaria y un sinfín de lindezas más. Lakoff lo explica muy bien en su desvergonzado libro No pienses en un elefante: una lectura ni siquiera atenta permite comprobar cómo todo sirve, con tal de que quepa pegarle, incluso con saliva, el sello ‘progresista’. Con los “indignados”, se está procediendo al mismo etiquetado, como con tantas cosas.

Así que ya se sabe, el que no se sienta “de izquierdas”, que no se indigne, por muy justa que sea su demanda o por muy injusta que resulte la situación que padece. De modo que una causa que, por fin, podría ser común, se convierte por arte de birlibirloque en coto de caza exclusivo de una ideología. Qué pena. Había ahí una ocasión muy buena para repensar la política, tan decimonónica ella como los términos ‘derecha’ e ‘izquierda’, y los modos de la representación ciudadana, de la discusión social. Pero en cosa de pocos días, gracias a la necedad de algunos y al sectarismo de otros, hemos vuelto a donde solíamos: a esa cháchara confusa que un historiador británico atribuyó hace tiempo a la política española y de la que, por lo visto, se ha contagiado media humanidad.