Paco Sánchez

Vagón-bar

Piensan que no morirán

Mi madre lee el periódico con cuidado, con precaución casi extrema, como si las páginas estuvieran llenas de tramperos que anclan cepos entre las líneas y en los anuncios por ver si la pillan descuidada. Aprovecha cuando voy para contrastar. Casi siempre pregunta afirmando mientras rebusca en mis ojos una esperanza: “Xa están outra vez cos brotes verdes”, que quiere decir: “¿Es verdad?”. Lleva mal las noticias. A veces pienso que escribimos los periódicos para gente joven, que no nos lee, y olvidamos los ritmos, las pausas y las necesidades de los mayores, que sí nos leen. Con el periodismo televisivo ocurre lo mismo, pero a lo bestia. 

Mi madre ve, si puede, los dos telediarios más importantes: el del mediodía y el de la noche. Cuando estoy en su casa y da la hora, ella dice un minuto antes: “Pon a ver que din os mentireiros”. Aunque tenga que irme, en ese momento no la dejo sola. Enciendo el televisor, me siento a su lado en el sofá y confío en que las noticias nos sean propicias o que, al menos, la hagan sufrir poco. No puede dejar el telediario, pese a que no lo soporta la mayor parte de los días. Se lo impone no sé si como penitencia o como una manera de conjurar todo lo malo. El caso es que enseguida se revuelve, se agita, deja de mirar al televisor y dice: “Pero cómo pode...”. Hablan de una historia muy conocida que lleva varios meses en el noticiario: un hombre sospechoso de haber quemado a sus hijos. No aguanta que nadie pueda hacer el menor daño a sus hijos y necesita hablar de otra cosa mientras dura la noticia, pero no me pide que apague el televisor. Pasado el trance, entra en cámara un personaje habitual de nuestro escenario, un corrupto de diseño, paradigmático. Y ella se vuelve a enfadar mucho y dice en un tono muy alto, casi gritando, escandalizada, mirando para mí en busca de una explicación: “¡Esta xente pensa que non vai morrer!” 

Quizá sea un poco hipersensible (si se puede ser un poco), pero la frase me produjo un escalofrío que se demoró bastante columna vertebral arriba. Realmente, ahí había una clave. En el fondo, todo corrupto ignora la muerte o actúa como si la ignorara. No sólo por esos mil dichos sobre la inutilidad de acumular para el ataúd (“Nadie de aquí rico va, lo que tenga aquí lo dejará” o aquello de que el sudario no tiene bolsillos), sino también porque después nos juzgarán y habrá que dar cuentas. En el fondo, lo que viene a decir mi madre con su sabiduría de catecismo rural es que toda injusticia implica negación de la realidad. Alguien verdaderamente consciente de su condición humana, mortal, no haría esas cosas, salvo locura permanente o transitoria. Y en segundo lugar, si no existe nada que nos transcienda y juzgue, entonces todo esta permitido: cualquier robo, cualquier abuso, cualquier homicidio, cualquier vulneración de la dignidad ajena queda sometida, como mucho, a la venganza, porque nadie nos juzgará por ella, ni siquiera nuestra conciencia, que tiende a debilitarse o incluso a desaparecer en tales circunstancias. 

Por eso, para construir un mundo inhumano, lo primero que hay que hacer es ocultar la muerte en la vida personal y social, o difuminarla tanto como sea posible. Sin ella, todo se reduce a poder y dinero, incluso los sentimientos de ternura. Sin ella, todo tiende a lo inmoral, porque la moralidad consiste en respetar la naturaleza de las cosas y vivir según ella. Mi madre lo tiene muy claro: los corruptos actúan así porque no piensan en que van a morir.