Enrique García-Máiquez

Ahora bien

Pasado por venir

Fueron años felices, formativos, fecundos, formidables. Y se hacen fuertes en nuestra memoria. Sobre esa condición de baluarte del pasado escribió páginas conmovedoras Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. Más poéticas, pero idénticas en el fondo, son las de Evelyn Waugh en Retorno a Brideshead: «Estas memorias son mi vida, porque no poseemos nada con certeza, sino nuestro pasado». Las musita un Charles Ryder maduro, que ha perdido la juventud, el amor, la familia, la ilusión por el arte, el entusiasmo por el Ejército… También desde el desamor, como revancha contra el presente, esta soleá del poeta de la Generación del 50 José Luis Tejada: «Lo que una vez fue verdad, / lo sigue siendo por dentro / por toda la eternidad». Y ya en modo melancólico-paradójico suspira, invernal, el Soares de Pessoa: «El otoño que tengo es el que perdí».

Ahora bien, las cosas no son tan sencillas. El pasado no se petrifica. Lo explicó a la perfección Carlos Bousoño en su Teoría de la expresión poética y, aunque sea en un libro tan especializado, tiene una lectura que nos atañe a todos. Habla el profesor de «la plasticidad del pasado» y pone un ejemplo: dos jóvenes escriben dos poemarios primerizos, balbuceantes y defectuosos, prácticamente indiferenciables. Uno de ellos no pasa de ahí o hace una obra posterior sin interés; el otro, poco a poco, levanta el vuelo y se convierte en un gran poeta. Al cabo de los años, el libro primerizo de este se habrá colmado de valor. Se le verán las virtualidades latentes a la luz de sus plenas virtudes posteriores, y los defectos tendrán el mérito de tentaciones superadas. Antonio Machado cinceló la idea en pocas palabras inmortales: «No está el mañana —ni el ayer— escrito».

Los trágicos griegos lo vieron con la lucidez de la casa: «Nadie puede decirse feliz hasta el día de su muerte», constata Sófocles en Edipo Rey. En Las Traquineas lo repite, añadiendo: «El proverbio es viejo y simple». Viejo y universal, porque también en el Eclesiástico se afirma: «Melior est dies mortis die nativitatis». Simple, sin embargo, no tanto: hay que entenderlo. Si una vida se tuerce al final, lo bueno del principio no hace sino incrementar el dolor, como clavó Dante: «Nessun maggior dolore / che ricordarsi del tempo felice / nella miseria», esto es «No hay mayor dolor, que recordar el tiempo feliz en la miseria». Lo mismo, aunque en positivo, dándole la vuelta y dándonos ánimos, exultó Petrarca: «Un bel morir tutta la vita onora». Y con muchísima mayor alegría y radicalidad lo supieron los místicos españoles, que insistían en que, en el último momento, el que se salva sabe y el que no se salva ni supo ni disfrutó nada de nada. El pasado puede incluso ser una meta, una llamada a la fidelidad, como propone el poeta Antonio Praena: «Dedica el tiempo de tu vida / a ser lo que te aguarda en el pasado».

Tanta plasticidad queda patente en las cuestiones del corazón. Qué alegría aquella chica que no nos hizo ni caso o que dejó de hacérnoslo, ¡oh, gracias, gracias!, gracias a lo cual hemos acabado felizmente con nuestra mujer. Y al revés, qué pena aquellos matrimonios que se rompen y no guardan ni el recuerdo bueno de sus años felices, que los tuvieron, pero que ahora tan amargos les saben.

No nos queda más remedio, por tanto, que vivir peligrosamente. Encarando no solo el futuro, sino sabiendo que, además, en el porvenir nos jugamos el pasado. No es un pensamiento acomodaticio, desde luego, pero es apasionante. Un profesor de secundaria diría que en la vida rige la evaluación continua. Eso no quiere decir que el pasado no sea también, como decían Viktor Frankl y Evelyn Waugh, un espléndido baluarte en el que ampararnos de las inclemencias del tiempo. Vaya si lo es, y bien que nos da fuerzas. Pero es un baluarte que tenemos que honrar y defender.

 

Enrique García-Máiquez [Der 92] es poeta y ensayista

@EGMaiquez

egmaiquez.blogspot.com.es