Javier Marrodán

Presentación

Opciones televisivas

Cuando el pasado 13 de octubre Florencio Ávalos abrazó a su hijo después de haber permanecido 69 días enterrado en una mina, mil millones de espectadores de todo el mundo compartieron en directo su alegría, su emoción y hasta sus sollozos. Fue “uno de los momentos más emocionantes que nos ha brindado la televisión en los últimos tiempos”, en palabras del periodista chileno Ricardo Leiva, que ha formulado algunas conclusiones sugerentes a partir de lo ocurrido. A su juicio, el reencuentro de Florencio Ávalos con los suyos ponía fin a la tensión y a la incertidumbre de dos meses largos, pero también venía a confirmar “la certeza de que nuestro espíritu trascenderá el paso del tiempo y se hará inmortal en el recuerdo de quienes nos aman y nos esperan al otro lado de la reja, a la salida del túnel, en la boca seca de la mina en el desierto”. Podría parecer que son aspiraciones y realidades que superan la materialidad y las posibilidades de la pequeña pantalla, pero también es cierto que ha sido la televisión quien las ha activado –o  las ha refrescado– en miles de personas de todo el mundo.

Se dice de las buenas novelas que ayudan a conocer mejor el mundo y el interior del hombre, y también la televisión logra a veces ese efecto, aunque la programación esté colonizada con frecuencia por espacios que exploran los instintos más bajos y que ofrecen una visión superficial, interasada y casquivana de la condición humana. Hace un año, el crítico José Javier Esparza escribió en estas páginas el diario de siete días frente a la pequeña pantalla. Explicó entonces que hay tres formas de situarse ante la tele. La primera –decía– “consiste en verla como puro entretenimiento, sin dar mayor importancia a lo que aparece”. La segunda pasa por implicarse en lo que se está viendo, una actitud que produce “sudoraciones frías, tics incontrolables, insomnio y malestar general”. “Por fortuna para la salud pública –añadía–, no hay muchos espectadores así”. La tercera opción es la que él mismo bautizó como “ataraxia televisiva”: observar la pantalla “en actitud impertérrita, con la pétrea cualidad del mineral, que ni siente ni padece”. El episodio de los mineros revela que aún quedan otras posibilidades. Y no es el único: hay series, concursos, realities, docu-realities, informativos y reportajes que no sólo forman, informan y entretienen –las tres funciones que se exigen tradicionalmente a la televisión–, sino que además son rentables.