Juan Pablo Colmenarejo

Firma invitada

Un oficio en el océano

En mayo leí en la red de los ciento cuarente caracteres un mensaje de alerta convertido en lección gracias a la brillantez y conocimiento del profesor Ramón Salaverría. Decía así: “Un ciudadano entrevista con su móvil a un asesino con machete. Habrá quien lo llame «periodismo ciudadano». Error: Periodismo es explicarlo”. Fin de la cita “retuiteda” con entusiasmo por un servidor. No añadí nada. 

A pesar de ello, confieso que no me faltaron ganas de organizar un homenaje en honor de quien se había atrevido a defender con valentía el oficio. Me refiero al profesor que lo hizo en ese momento de la actualidad y en mitad del océano de internet, donde la navegación no tiene reglas y donde nos hemos adentrado a mar abierto dejando en el puerto algunos de los principios básicos aprendidos en facultades y redacciones. 

Las imágenes de aquel asesino las repitieron una y otra vez con naturalidad a través de la red. El rostro bañado en odio de aquel hombre en Londres, sus manos manchadas con sangre de la víctima y el rugido de su voz justificando la muerte formaban un cóctel demasiado suculento como para no ser materia de redifusión continua a través de páginas y soportes varios. 

¿Qué hicieron los profesionales de los medios de comunicación con semejante escena? ¿Hubo diferencia entre el tratamiento particular y el profesional? La respuesta es “no”. Había pasado y tenía que ser exhibido tal cual para no quedarse fuera del “tema del momento”. Ni siquiera la certeza de que ese tipo de asesinato tenía dos fines, como eran el hecho mismo y su difusión, detuvo la ola. Con miedo de llevar la contraria a las encuestas de mercado, hubo un encogimiento general de hombros y el habitual “Esto es lo que hay y no vamos a ser nosotros los que no demos esta noticia”. 

Los periodistas nos hemos metido en una competición con otras reglas y otros métodos. Como dice Ramón Salaverría, Periodismo es explicarlo. También en la red. Periodismo no es discutir con los lectores, oyentes y espectadores a todo trapo en ciento cuarenta caracteres. Una cosa es participar en una red social, y otra ejercer el oficio en ella. Se pueden hacer las dos. Pero no a la vez. Una noticia se cuenta y se explica. Y no es una cuestión de velocidad, porque también somos capaces como profesionales adiestrados para ser inmediatos y a la vez precisos. El problema no está en los medios a nuestro alcance para ejercer el oficio. Somos nosotros los que tenemos la obligación de adaptar a nuestros principios profesionales las nuevas herramientas que la tecnología ofrece como un manjar exquisito. 

Un ciudadano puede filmar una imagen y ponerla a disposición del mundo entero, como queda patente casi a diario. Nuestra labor es decidir si es noticia para nuestros lectores, oyentes y espectadores. Porque, si nos dejamos llevar por la marea, acabaremos siempre en un lugar imprevisto. Por ejemplo en una playa llamada “lugar común”. Aunque “todo el mundo esté hablando de ello” y las redes sociales “echen humo”, debemos mantener firme el rumbo de la información veraz y rigurosa. ¿Cualquiera puede contar una noticia? A la vista está. Otra cosa es el rigor y la credibilidad y la veracidad. El hecho diferencial del oficio de periodista en el océano de internet debe hacerse valer. Trabajamos para el público, no a sus órdenes. El problema no es el soporte sino el uso. Contar, explicar y en definitiva informar no son conceptos para un determinado y reducido número de caracteres. Si no conseguimos marcar las diferencias, correremos el riesgo convertirnos en un oficio prescindible. 

La crisis ha destruido miles de trabajos en los medios de comunicación. Sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia. Defender el derecho a la información y la libertad de informar, sea cual sea el soporte, contribuyen a no perder el rumbo y a mantener el barco a flote.