Ignacio Uría

La primera

Un nuevo Halloween

Halloween llegó y se fue. Como un fantasma. Esta fiesta anglosajona se celebra especialmente en los Estados Unidos, donde los padres compran calabazas y dedican la tarde a decorar la casa con los más pequeños. Celebran así la noche de los muertos, que es un modo un poco bruto de llamar a los difuntos.

En España cada vez más personas se apuntan a Halloween, que no deja de ser un carnaval en pleno otoño. Una mascarada donde los niños se disfrazan de brujas y esqueletos y pasan algo de miedo. Unos cuantos piden caramelos de casa en casa y otros, muchas veces los mismos, van a misa al día siguiente para recordar a los santos. 

Un año más han circulado por la red advertencias -bienintencionadas sin duda- sobre una fiesta que, dicen, es ajena a nuestra tradición cultural. No lo será tanto cuando “Halloween” deriva de la expresión “All Hallows’ Evening”, es decir “Víspera de todos los santos”. ¿Igual de ajena que el nórdico y pagano Árbol de Navidad, que brilla cada diciembre en millones de hogares? ¿O  más bien como los fuegos de la Noche de San Juan, vieja celebración politeísta de purificación estival?

El cristianismo tuvo desde su origen un enorme poder de absorción de las fiestas paganas, renovadas después para explicar las verdades de la fe. Con el paso del tiempo esas costumbres se aceptaron de un modo tan natural que nadie recuerda su origen. Incluso los escolásticos se “arriesgaron” a buscar las semillas de verdad que había en filósofos precristianos (Platón, Aristóteles) a través de las obras de un musulmán (Averroes).

Lo que de veras se aleja de la tradición católica es la actitud defensiva ante el mundo. Por eso los obispos norteamericanos animan a aprovechar Halloween para hablar del sentido de vida y de la muerte y también de lo que viene después (¡ah! olvidadas postrimerías). De la resurrección o de las enseñanzas de la Iglesia. 

Vivir un nuevo Halloween es posible si se emplea, por ejemplo, para conocer la vida de los santos, rezar por los difuntos o recordar que la muerte no es el final. Con espíritu burlón y el alma recién planchada. Igual que los niños.

Si nuestro coche es alemán y nuestra gasolina árabe, si nuestra ropa viene de China y nuestro móvil de Corea (del Sur)… ¿Por qué rechazar “nuevas tradiciones” si pueden ayudar a difundir la verdad? 

Como dice el papa Francisco, “mente abierta, corazón creyente”.