Ekaterina Di Santo

El invitado

Nostalgias de Gorbachov

Los veinte años que separan a Mijaíl Gorbachov del poder permiten valorar la magnitud de su figura y reconocer el papel de un hombre que ha cosechado adjetivos muy diferentes dentro y fuera de su país.

La mayoría de los rusos valoran negativamente a Gorbachov, y lo acusan del “colapso de la URSS”. Estas personas siguen creyendo ingenuamente que la aventura comunista era inmortal... Quizá sea un problema de la edad: la generación de los mayores recuerda con nostalgia su juventud soviética y no quiere o no puede evaluar críticamente ese segmento complejo de la historia del país que ya no existe más. Por cierto, esta discrepancia entre el no tan lejano ayer soviético y el duro presente capitalista le da un toque muy particular al desarrollo de la Rusia moderna... De alguna manera, la nueva historia la están escribiendo principalmente los representantes de las estructuras macabras de la exUnión Soviética. Occidente, por el contrario, tiende a apreciar los aspectos claramente positivos en la biografía política de Gorby. Incluso la aparición de este apodo amistoso y simpático en el extranjero sea seguramente un signo elocuente.

Cuando en 1985 Gorbachov fue elegido secretario general del PC de la URSS, alcanzando así el primer escalafón de la jerarquía soviética, ninguno de nosotros podía imaginar que el “eterno” sistema soviético desaparecería tan rápidamente. Me acuerdo muy bien de mis amigos y de mí misma en aquella época. El soviético común y corriente vivía tranquilo, riéndose de las añoranzas de los ancianos líderes comunistas. Nuestras vidas no se cruzaban nunca. No sospechábamos que un Gorbachov relativamente joven y con la formación irreprochable de un funcionario comunista podría encabezar cambios tan dramáticos. Me temo que ni él se lo imaginaba. Y pienso que no lo quería.

El agregado de prensa de Gorbachov contaba que el jefe de la KGB Kriuchkov, en una conversación privada en los años noventa, decía: “El mayor fracaso de la KGB es haber pasado por alto a Gorbachov”. ¿Qué encierran los seis años de Gorbachov? Hay algunas palabras que resumen esa etapa. Por ejemplo, perestroika y glasnost. Luchó contra el alcoholismo –algo que le valió el apodo de “secretario mineral”–, hizo volver del exilio al académico Sájarov, abolió la censura, inició un diálogo positivo con Estados Unidos, asistió a la unificación de Alemania y vio cómo terminaba la guerra en Afganistán.

Sin embargo, el debilitamiento del Partido Comunista propició el separatismo, que a su vez dio lugar a graves conflictos nacionales. En 1991 se independizaron las repúblicas del Báltico, y su ejemplo cundió pronto por la geografía soviética. Hubo mucho sufrimiento y mucha sangre. La vida cotidiana se convirtió para bastantes personas en una cuestión de supervivencia. ¿Hubo en todo esto culpa de Gorbachov? ¡Por supuesto que sí!

Probablemente, ningún proceso de transición puede romper sin errores y dolor los viejos esquemas. Gorbachov trató de evitar la violencia, y es un hecho que el colapso de la Unión Soviética no creó un escenario tan trágico como el de la antigua Yugoslavia. Lo que hizo Gorbachov durante sus seis años en el poder fue muchísimo. Alcanzaría para varias vidas. Y hubo además algo importante: no robó y se fue solo, demostrando a todos que los principios morales están por encima del futuro político personal. Después recibió el Premio Nobel, y escribió libros y artículos, y grabó un CD con canciones para Raísa, y participó en proyectos artísticos y hasta comerciales, algo extraño en un político de su rango... Y todo lo ha hecho siempre acompañado por sus mujeres queridas: su amor, Raísa Maxímovna, su hija, sus nietas, su bisnieta... ¡La vida sigue!

Frente a la figura de Gorbachov, Medvédev aparece como un personaje tragicómico e insignificante de la actual vida política rusa. Un eterno niño, a quien le basta Twitter para comunicarse con su país (140 caracteres), y cuyo paso más valiente ha sido la suspensión del horario de invierno. ¡Bravo! Su discurso es un conjunto de trivialidades. A veces frunce el ceño, imparte alguna que otra orden y... nada. No pasa nada, porque todos sabemos quién lleva la batuta.