Joseluís González

Dos veces cuento

N III

Conocerá usted esa esperanzadora frase que se le atribuye al poeta vanguardista francés Paul Éluard: “Hay otros mundos pero están en este”. Tal vez ese reto para exploradores inquietos no lo hubiera firmado Albert Einstein en sus últimos años vegetarianos, ni tampoco quienes levantan poco la vista del suelo, y no por usar microscopios, precisamente. Quizá sí le den vueltas a la imagen cuantos creen en los agujeros de gusano o en recónditos agujeros negros.

Sea lo que sea, aquellas palabras de Éluard levantan el vuelo en esta muestra de 2004 del magistral Medardo Fraile (Madrid, 1925), un microrrelato esplendoroso donde se enhebran los mundos y los misterios de las almas, que atraviesan vidrios, espacios, aires, puertas y corazones y memorias, y son tan puramente transparentes como el interior del cristal.

Habrá quien pretenda desentrañar ese misterio vertical del acabarse de “N III” apelando a que se trata de un salto, de una especie de silogismo, el entimema, por mal nombre. Una premisa que se suprime —¿pero qué habrá pasado en medio?—y que se queda flotando encerrada en la mente. Por poner un ejemplo claro: “El sol alumbra, luego es de día”. ¡Cómo se llegará, sin saltarse pasos ni viajes, hasta dar con los nudillos y las ataduras del alma a esa puerta tan querida que se abre sublime en este microrrelato, todo luz!

Desde luego, “N III”, más que el nombre de esa inquieta autovía peninsular que enlaza Madrid con Valencia y su Mediterráneo, parece una manera de adelantar las almas aceleradas por llegar a las áreas de descanso eterno. Las áreas de servicio del amor. Lo que un escritor irrepetible como Medardo Fraile hace descubrir. “A las aladas almas” que hacen compañía a los almendros.

 

N III

El accidente ocurrió cuando el conductor del coche, que iba solo, se distrajo observando el vuelo maestro de una gaviota. Apenas le dio tiempo a pensar “es como un poema”. Su alma se liberó por los cristales rotos y fue elevándose vertical, en ángulo recto con el horizonte. La gaviota intentó hacer lo mismo pero no pudo y fue rodeándola en espiral hasta que la perdió en lo alto. Cuando se oyeron las sirenas de la ambulancia y de la policía, ni el cielo azul ni el aire parecían darse por aludidos y animaban a todos a disfrutar del buen tiempo. En una casa, lejos, llamaron a la puerta. La abrió una señora, pero no había nadie.

Medardo Fraile

(Ficciones, números 10-11, 2003-2004)