Joseluís González

Dos veces cuento

Miel

Eso del “efecto mariposa” de Edward Lorenz —ya saben: moviendo las membranas de sus alas, en un rincón tranquilo de Toledo, se desata un tsunami que desmorona la otra pared del mundo, allá en Nueva Zelanda— tuvo antes de las teorías del caos una formulación poética. Un Nobel español lo expresó a su modo: “Sé bien que cuando el hacha de la muerte me tale, se vendrá abajo el firmamento”. No es megalomanía enaltecida ni soberbia subida a un pedestal, sino más bien, como Carlos Llano Cifuentes desentrañó, acabar por reconocer que, según esos versos de Juan Ramón Jiménez, la muerte de alguien significa casi la muerte de todo.

La concatenación inesperada de acontecimientos y de desgracias y vicisitudes, la carambola de los efectos, abierta por las frágiles alas de un insecto hasta cerrarse quién sabe si con la devastación, puede también girar con gracia, como en aquel poema bailarín, de arriba abajo, de don Antonio Machado: “La plaza tiene una torre,/ la torre tiene un balcón,/ el balcón tiene una dama,/la dama una blanca flor./ Ha pasado un caballero/, quién sabe por qué pasó…”.

Por pasar, puede ocurrir cualquier suceso, sobre todo cuando no se prevén las consecuencias de los actos, y una pizca de miel puede desencadenar una irresponsable matanza, como se ve en esta muestra temprana castellana incluida en un libro extraordinario, el Sendebar, con madrastras, silencios y lecciones. El Prof. Díez de Revenga evocó aquellos tiempos medievales de nuestra lengua y sus manifestaciones narrativas: “Los cuentos empiezan a hacerse presentes en la literatura castellana de la época a mediados del siglo xiii. Es de suponer que en las largas noches del invierno, en las tertulias de las grandes casas, de los campamentos militares, en las reuniones en las plazas de los pueblos, en los viajes, en los descansos en las posadas, se contasen cuentos. Y por ello, no es de extrañar que Alfonso X el Sabio mandase traducir la primera colección importante de cuentos que se conoce en castellano, el libro del Calila e Dimna, ejemplo que fue seguido por su levantisco hermano el infante don Fadrique, que mandó traducir, como ya sabemos, el Libro de los engaños e assayamientos de las mujeres o Sendebar. Tanto el Calila e Dimna como el Sendebar se caracterizan por contener relatos con estructura repetitiva”. Pero maravillosamente exagerada, con esas gotas nada desapacibles del humor.

 

MIEL

Oí decir que un cazador que andaba cazando por el monte halló en un árbol un enjambre, y tomolo y metiolo en un odre que tenía para traer su agua; y este cazador tenía un perro, y traíalo consigo; y trajo la miel a un mercader de una aldea que era cerca de aquel monte para la vender. Y cuando el cazador abrió el odre para lo mostrar al tendero, cayó de él una gota y posose en ella una abeja; y aquel tendero tenía un gato, y dio un salto en la abeja y matola; el perro del cazador dio un salto sobre el gato y lo mató; y vino el dueño del gato y mató al perro; y entonces levantose el dueño del perro y mató al tendero, porque le matara el perro; y entonces vinieron los de la aldea del tendero y mataron al cazador dueño del perro y vinieron los de la aldea del cazador a los del tendero, y tomáronse unos con otros y matáronse todos, que no quedó allí ninguno; y se mataron unos con otros por una gota de miel.

Anónimo

Libro del Sendebar. Edición de José Fradejas Lebrero, Editora Nacional, Madrid, 1981, p. 91.