Paco Sánchez

Vagón-bar

Miedo al miedo

Asociaba la imagen de los disidentes, opositores y revolucionarios con rostros dolientes, por no decir crispados, en blanco y negro o sepia, algo tristes, de barba despeinada o harapientos, con la única excepción de Valclav Havel. Por eso me resultó tan rara la fotografía de aquella mujer, Aung San Suu Kyi , una especie de madona oriental, que tenía algo de estático y de extático, una serenidad perturbadora que remataba en la sonrisa discreta, apenas dibujada, y en una flor blanca en el lado derecho de su tocado, justo detrás de la oreja. Luego la vi mil veces en otras fotografías. Exagero, quizá fueron apenas unas decenas, porque Aung San Suu Kyi  tardó en ganarse la atención de los medios occidentales, pero mantenía en todas aquella aura, alejada de los harapos o del uniforme militar a los que son tan propensos los revolucionarios y mantenía, sobre todo, la flor. Supe también que la llaman “The Lady”, la señora, y me pareció un nombre muy apropiado para aquel rostro.

Mucho después, leí la transcripción de una conferencia retransmitida por radio en la BBC y del diálogo posterior con ella vía telefónica, porque acababa de ser liberada de un larguísimo arresto domiciliario, pero aún no podía salir de Birmania. Sus razonamientos y las palabras que escogía se adecuaban de manera admirable a la madurez serena y elegante de su rostro. Habló mucho, por ejemplo, del valor del sufrimiento y de la importancia de no tener miedo, hasta el punto de cifrar la libertad exactamente en eso: en vivir sin miedo.

Supongo que tener miedo alguna vez resulta inevitable. Sobre todo cuando el miedo se refiere a lo que pueda pasar a quienes amamos: miedo a perder el amor. Pero fuera de este caso, el miedo esclaviza. Especialmente, cuando nos retrae de librar grandes batallas por temor a sufrir. Ella y su gente han sufrido mucho: años larguísimos de cárcel, detenciones innumerables, interrogatorios y la amenaza constante de asesinato, que despacha riéndose. Claro que somos conscientes, viene a decir, de que nos pueden matar en cualquier momento, pero también nos puede atropellar un autobús al atravesar una calle. Y se ríe.

Es importante esa risa. Cuando le preguntan qué tipo de películas prefiere, responde inmediatamente que prefiere las comedias, que le gusta reírse. De hecho, su discurso entero, pese a tantas referencias al miedo y al sufrimiento, chisporrotea siempre esperanza que, por momentos, se convierte en broma abierta. Cuando un experto, ya en el diálogo posterior, comenta que hay pocas posibilidades de cambio a corto plazo en Birmania, le responde inmediatamente: recuerde que en una publicación suya de 1988 dijo lo mismo sobre la Europa del Este, que se vino abajo el año siguiente. Sonrojó al experto —al que, por otra parte, había citado con admiración en su conferencia— e hizo reír a la presentadora y al público del estudio. Pero, sobre todo, menos de un año después de aquel programa de radio (la BBC lo difundió el 28 de junio del 2011), ha ganado las elecciones parciales en Birmania.

La lucidez de “la señora” impresiona en un tiempo como el nuestro, donde nos zambullimos en los miedos como en una droga paralizante, que sigue siendo, significativamente, la principal pasión evocada en las argumentaciones de los políticos. Y por si no tenemos suficiente, los  cineastas se recrean en el género y nos aprovisionan, con frecuencia progresiva y alarmante, de innúmeras historias para que nos asustemos sin riesgos, de forma virtual y vicaria. Un tiempo en el que huimos como ratas del más pequeño dolor o lo esquivamos, un tiempo en el que escasea la risa inteligente y esperanzada. Señales todas de que tendremos que reaprender a amar con verdadera pasión: la otra palabra preferida de Aung San Suu Kyi.