Cristina Abad

El periscopio

Metaopinión

Ahora que vamos deprisa, cuesta abajo y sin frenos, ahora que estamos tan indignados con el sistema, el gobierno o la mismísima indignación, ahora que todo nos importa un pepino de Almería –lo que significa muchísimo–, vamos a no contar mentiras ni tópicos.

Una columna bimestral no se debe escribir sobre lo recurrente ni sobre lo anecdótico; sobre la política concreta ni sobre la ética universal; sobre lo contingente ni sobre lo necesario, sobre las memorias personales ni sobre las desmemorias colectivas. Si, además, se publica en una revista universitaria y cultural y sus destinatarios no se limitan a vivir en España sino que se esparcen por todo el mundo, la cosa se complica. Tanto que un columnista poco avezado puede pasarse días con el síndrome de la hoja en blanco, o peor, con el síndrome de la mente en blanco. Intenta escribir sobre la política pero descubre que no tiene nada nuevo que criticar o no es oportuno hacerlo; sobre las catástrofes naturales y no tiene nada que resolver; sobre alguna anécdota personal y no tiene nada que aportar. Y así, en medio del pánico escriturístico, acaba por dedicar su columna a la columna de opinión, convenciéndose de que es un tema.

Para escribir una columna de opinión, hay que saber escoger una materia prima lo suficientemente fresca que no caduque cuando llegue al último suscriptor, pero no tanto que no madure y resulte insípida o indigesta. Se trata de buscar una cuestión que despierte, por su familiaridad, la empatía del destinatario, pero a la que una buena cocina de autor le otorgue un sabor original que avive su interés. Para ahondar en la incoherencia, añadiré que puede escogerse un acontecimiento que perdure en el tiempo lo suficiente para crear un estado de opinión, o una temática de opinión que tenga su pulso vital, de manera que el resultado sea un trasunto de la vida misma o parte de ella. El columnismo es un arte que convierte su lectura en un descubrimiento o una anticipación gozosa de lo que el lector hubiera dicho si hubiera tenido virtuosismo y un espacio donde mostrarlo. Esta circunstancia hace que el firmante se convierta en alguien cercano con el que buscar periódicamente la ratificación de lo intuido. Luego está el tono. La columna puede versar sobre política, sociedad, cultura, pero tiene que ser necesariamente breve, estética y práctica. Están proscritas la obviedad, el teoricismo, la vacuidad, la pesadez, la pedantería, el narcisismo y la sensiblería. Exactamente lo contrario de este ejercicio de pseudocolumnismo.

Común a todas las columnas cualquiera que sea el medio, es el humor, la huída de enfoques agoreros y apocalípticos. Para eso ya están las últimas hojas de los periódicos. El trazo curvilíneo de una buena columna permanece en el aire como la sonrisa del gato de Alicia, y se expande en un boca a boca, bit a bit, o tuit a tuit, que resume la pregunta de siglos de escritura, lectura y difusión: ¿Has leído lo que dice hoy fulano?

No hay arma más letal contra la rutina, el cansancio, el apoltronamiento y el aprovechamiento de los poderosos. El humor, en cualquiera de sus variantes, derriba muros con más eficacia que el mortero. Las buenas columnas de opinión, lo más leído de la prensa después de la portada, la contraportada y las esquelas, despiertan, al menos, alguna de las manifestaciones del humor: la sonrisa, la ironía, la carcajada, la mordacidad no demasiado mordiente o el sarcasmo no demasiado corrosivo. Por eso hay gente que empieza a leer los periódicos por detrás. Para quedarse con buen sabor de boca, para vivir su vida al revés, de manera que empiece por el rigor de la muerte y acabe por la risa que da ese “jaimitismo” un poco desvergonzado y travieso de los chistes y las columnas de opinión. Me temo que esto tiene poca base científica pero apunto la hipótesis para los estudiosos.

Hasta aquí la metacolumna. Si no vale para representar al género, quizá sea útil a los alumnos como material de redacción periodística y como ejemplo práctico de lo que no se debe hacer.