Nicholas Bray

El invitado

El mensaje del arte contemporáneo

El arte contemporáneo no deja de sorprender. Es su función, se me contestará. El objetivo del arte contemporáneo es hacernos ver el mundo de otra manera. Nos obliga a plantearnos preguntas que tal vez preferiríamos evitar. Eso, sí. Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué va a ser del arte contemporáneo cuando ya no sea contemporáneo? ¿Cómo sobrevivirán estas instalaciones efímeras? ¿Quién se ocupará de reproducir esas performances? Cuando la tecnología nos haya traído nuevos sistemas de presentación audiovisual, ¿cómo se visionarán aquellos vídeos herméticamente sellados en sus dvd de una época pasada? Son preguntas que me vienen a la mente, no por menospreciar el arte contemporáneo, sino todo lo contrario. Me ocupo, como miembro de una asociación cultural, de promover el arte contemporáneo en una zona rural del País Vasco francés. Últimamente, hemos lanzado un concurso para un premio de “creación joven –arte contemporáneo”. Ahora estamos a la espera de ver qué saldrá.

Digámoslo con contundencia: el arte es una cosa seria. Dejemos a un lado a fantasmas como Napoleón, ese caballo de Cataluña del cual sabemos que pinta con la boca (con la ayuda de su dueño) y cuyas divagaciones se venden en una galería de arte de Barcelona a más de 3.000 euros cada una. En París, a principios del siglo pasado, hubo un burro al que se hacía pintar un cuadro con la cola con el objetivo de ridiculizar a los pintores “modernos”. Tales experiencias, aunque entren a formar parte de la historia del arte, como el caso del burro pintor Lolo, no son representativas del genio artístico humano.

¿Pero qué decir, por ejemplo, del caso de My Bed, la cama deshecha de Tracey Emin, expuesta en la Tate Gallery de Londres en 1999 y ahora propiedad del coleccionista Charles Saatchi? Este ensamblaje de sábanas, almohadas, ropa interior sucia, colillas, preservativos usados y otras cosas ha recibido muchas críticas hostiles. A pesar de su crudeza, sin embargo, ha sido una de las obras artísticas más llamativas de los últimos veinte años. Vilipendiada por los hombres, Tracey Emin ha liberado a una generación de mujeres de la vergüenza de hablar de temas de sexo, violencia y exclusión social. Ser el propietario de una obra semejante no debe de ser fácil. Asegurar su conservación y su integridad representa un desafío casi tan grande como ser el dueño de un velázquez. De ahí, justamente, nace mi preocupación. ¿Quién querrá asumir la responsabilidad de ser dueño de muchas de las obras de arte contemporáneo, por importantes que sean, que se nos proponen? ¿Cómo asegurar su transmisión a generaciones futuras?

El arte contemporáneo nos interpela con el mensaje que nos transmite. Generalmente son mensajes intelectuales, más que estéticos. Un ejemplo es la serie de fotografías que el artista navarro Carlos Irijalba ha expuesto últimamente en una exposición organizada por el Ayuntamiento de Bayona. Las fotografías nos presentan una iniciativa reciente suya: el desplazamiento de la torre de luz del campo de fútbol de Santander hacia la selva de Irati para iluminarla durante diez noches con proyectores de 11.000 kw. Más que visual, la importancia de la obra es intelectual. Su tema es la manera en que el hombre despoja la naturaleza para sus propios fines sin tener en cuenta el impacto de sus acciones. Frente a un tema tan importante, puede parecer irrelevante preocuparse por el futuro de los soportes intelectuales que nos transmite esta reflexión. Pero dado que nosotros podemos disfrutar hoy del gozo estético que nos producen las obras de artistas de otras épocas, ¿no tenemos el deber de permitir a nuestros descendientes comprender el choque intelectual provocado por las obras de los artistas de hoy? Cuando se trata de instalaciones, vídeos y performances: ¿qué pasará con estas obras? ¿Quién desembolsará el dinero para adquirirlas y conservarlas? A pesar del mecenazgo de algunos, son cuestiones pendientes. El carácter de las obras no permite ninguna respuesta fácil.

 

Nicholas Bray es periodista. Ha trabajado de corresponsal de The Wall Street Journal en varios países europeos.