Javier Marrodán

Presentación

Mártires

Sebastián fue un soldado que antepuso sus convicciones a las órdenes del emperador Maximino. Corría el año 288 y ser cristiano dentro de las inmensas fronteras de Roma aún era un riesgo mortal. Sebastián había formado parte de la primera cohorte de la guardia pretoriana, pero cuando le dieron a elegir entre Cristo o la milicia, lo tuvo muy claro. Maximino se enfureció y ordenó que lo ataran a un poste y lo cosieran a flechazos. Los verdugos cumplieron sus órdenes –o eso creyeron– y abandonaron satisfechos el estadio cuando ya la multitud enardecida regresaba hacia sus casas. Sin embargo, los amigos de Sebastián descubrieron que aún vivía: lo llevaron furtivamente a un domicilio particular, y allí se repuso poco a poco de sus heridas. Pero de nuevo lo arrestaron y de nuevo fue condenado a la pena capital. Los azotes acabaron con él en esta segunda ocasión y el cadáver fue arrojado a un lodazal. Los cristianos lo recogieron y lo enterraron en la Vía Apia, en la catacumba que desde entonces lleva su nombre.

Salman Taaser también trabajó al servicio de su país. Incluso fue nombrado gobernador de una provincia fronteriza y conflictiva. Allí se interesó por el caso de una mujer que había sido condenada a muerte por un supuesto delito de blasfemia. Al parecer, lo único que había dicho  mientras conversaba con un grupo de comadres fue que “Jesús murió en la cruz por los pecados de la Humanidad”.  La mujer se llamaba Asia, tenía 45 años, y era madre de cinco hijos. Salman Taaser pidió su indulto y propuso revisar la ley contra la blasfemia. Su actitud enfureció a Malik Mumtaz Hussein, un miembro del cuerpo de élite del ejército pakistaní. Y el 4 de enero de 2011, Malik acribilló a tiros a Salman con su pistola reglamentaria. “Era un blasfemo y este es el castigo para los blasfemos”, fue toda su explicación.

Más de 1.700 años separan los dos episodios, pero uno y otro revelan que la persecución religiosa es una realidad que viene de muy lejos y que todavía se mantiene vigente. Con motivo de la última Jornada Mundial de la Juventud, Benedicto XVI denunció “con dolor” que los cristianos son en la actualidad el colectivo que sufre el mayor número de persecuciones debido a su fe. Como se verá en estas páginas, ser mártir es una posibilidad muy real en buena parte del mapamundi.