Cristina Abad

El periscopio

Plaza Tahrir

La imagen de los cristianos actuando como escudos humanos para proteger el rezo de un grupo de musulmanes, o la de un mahometano y un copto, ambos a hombros de manifestantes, mostrando el corán y la cruz, han quedado fijas en nuestras retinas por insólitas, bellas y emocionantes. 

Las aguas se han abierto y el pueblo del Magreb cruza a pie enjuto la senda de la libertad mientras ve cómo a su espalda la marea ahoga sin piedad la avaricia de los tiranos. Todavía no sabemos adónde nos conducirá esta travesía; si las olas cubrirán a los dictadores desde el Mar Rojo al Atlántico o si acabarán por arrebatar la esperanza de miles de almas que aguardan la liberación. Todavía casi todo puede ocurrir, pero hay algo seguro: nada volverá a ser como antes. Y no es preciso ser Obama para afirmarlo. Los jóvenes tunecinos y egipcios han destapado la corrupción de los sarcófagos. Wikileaks, primero, y luego Facebook, los blogs y Twitter se han convertido en algo más que catalizadores del cambio: son las armas inocuas con las que la juventud árabe rechaza convertirse en otra generación perdida. Conocen lo que hay más allá de sus fronteras, en lugares donde la palmera ya no se inclina al paso del faraón, donde las civilizaciones se han construido sobre conceptos más humanos como justicia y libertad. Se sienten protagonistas de su futuro y no están dispuestos a cederlo a dinastías que debieron extinguirse hace muchos siglos. Ha bastado encender la pólvora de décadas con el chispazo de la desesperación para que miles de protestas hayan surcado el ciberespacio en la dirección de la rosa de los vientos.

Lo sucedido no es producto de las redes sociales sino de la represión, la pobreza y el hambre, pero las dictaduras se apoyan en el control de los medios de comunicación y en la indiferencia del resto del mundo, y la web social ataca precisamente estos dos principios: es incontrolable y global.

El escenario ha cambiado radicalmente. La actitud del faraón ha quedado patente ante los ojos del mundo, y a veces basta la verdad desnuda y sencilla para que regímenes “tutancamónicos” se deshagan como las momias al contacto con el oxígeno. Para los jóvenes occidentales, el uso de las redes sociales es un pasatiempo, una moda, incluso un modo de vida, pero para los jóvenes de Egipto, Túnez o Jordania se ha convertido en un sistema de defensa y de supervivencia.

La plaza Tahrir es ya el paradigma de una generación abierta, tolerante, ávida de paz, de libertad y de entendimiento. Cuando la sociedad occidental trata a Dios como el enemigo del hombre, estos jóvenes manifiestan con su conducta que las religiones pueden unirse para ofrecer un mensaje de paz y de concordia. El testimonio empapado en sangre de musulmanes y cristianos que se consideran hermanos, unido a la difusión de todo lo que estaba sucediendo a través de medios no convencionales ni manipulables, ha golpeado los pies de barro de la estatua gigante. Antes o después la efigie caerá y se harán añicos el oro, la plata y el bronce. La democratización de la información, el acceso a fuentes fidedignas a través de la red, los nuevos soportes están poniendo al mal entre la espada y la pared. Pasó la etapa del Agitprop, de la censura y los secuestros de la prensa. Aunque los poderosos controlen los medios, aunque impidan el uso del teléfono, Internet o el fax, la verdad siempre encontrará nuevos canales por los que abrirse paso y llegar a todos los rincones. Es uno de los aspectos positivos de la globalización y del progreso.

Tiempos difíciles para las dictaduras al uso. Podrán venir otras más sofisticadas y manipuladoras, basadas en el control de nuestros datos y en el  uso de la misma tecnología que nos liberaba, pero hoy estamos ante una revolución similar a la que hace veinte años hizo caer la dominación comunista como fichas de un dominó gigante. Ahora toca construir.